Julio de 1936

El día 17 de julio de 1936, procedentes de Vinaròs con cargamento de algarrobas, bodega llena, cubertada hasta las faroleras, llegamos al puerto de Barcelona.

El muelle de Máquinas, punto asignado para la descarga situado entre el de España y el de Barcelona, era la zona donde operaban todos los veleros de tipo mediano, conocido como el moll de les garrofes.

Desde el "María Rosa" observamos una gran agitación, un ambiente inhabitual en el inmenso puerto barcelonés. Después de varios días incomunicados en alta mar, desconocíamos los graves acontecimientos que se preparaban en nuestro país.

El día 18 de julio no tenía lugar ninguna actividad portuaria. Varios pailebotes estábamos a la espera de descarga y carga, así como grandes buques atracados en los muelles colindantes. Desde el día anterior se sabía ya que las fuerzas del ejército español en Marruecos se habían alzado en armas contra la legalidad republicana y que iba a extenderse a toda la geografía española.

Ya Barcelona, todavía no sublevada, comenzó con exultante rapidez a levantar barricadas en el sector del puerto en que nos hallábamos dada la proximidad de la Capitanía General donde estaba situado el mando del general Goded y un poco más lejos, el cuartel de Atarazanas, circunstancias que hacía presagiar próximos combates.

Éramos testigos y a la vez partícipes en levantar barricadas con todo el material disponible. El buque mixto -carga y pasaje- "Ciudad de Barcelona" amarrado muy cerca de nosotros, vació su cargamento de madera y pesadas bobinas de papel que, en unión de los adoquines alzados y hasta sacos llenos de algarrobas, eran los elementos fundamentales de los parapetos de defensa.

El día 19 de julio un nutrido tiroteo nos despertó a las cinco de la madrugada. ¡La sublevación era una realidad! Las guarniciones de otros cuarteles de Barcelona levantados se rindieron rápidamente y piezas de artillería recuperadas fuenron emplazadas cerca del muelle apuntando a la Capitanía General, último foco de resistencia. En aquellos momentos, guardias de asalto y milicianos nos advirtieron de que debíamos permanecer en el barco.

El general Goded y todos sus acompañantes, resistieron durante muchas horas al asedio a que estaban sometidos, pero el eficaz fuego de la artillería acabó con su intento. El día 20 de julio, rendido el último reducto, Barcelona quedó en manos de las fuerzas republicanas.

Dominada la rebelión, quedaron en la Ciudad Condal focos aislados de resistencia en edificios estratégicos y durante una semana fue aventurado adentrarse en algunas calles por los disparos aislados, los "pacos", desde las ventanas, obra de los emboscados.

A bordo nos arreglamos según la situación, siendo nuestra única actividad la limpieza de la nave. Nuestro cargamento podía esperar a ser librado, no así para otros buques que transportaban frutas y hortalizas, especialmente un ferry procedente de Canarias con carga completa de plátanos. Cercanos a él no nos faltó el aprovisionamiento de tan suculenta fruta.

La situación, todo el proceso revolucionario de aquellos momentos era ciertamente preocupante y plagada de peligros. Al problema de abastecimiento se unían los deseos de aligerar el buque y zarpar de nuevo. Hasta tres semanas después, carentes de noticias de nuestras familias, no nos hicimos a la mar en lastre rumbo a Vinaròs.

Todo parecía irreal; los servicios oficiales dejaron de existir, empresas, trabajos portuarios, toda la actividad fue colectivizada y dirigida por los comités revolucionarios, mayormente por gente que desconocían la materia. Barcelona entera se guió, a partir de entonces, por este sistema y hasta el propio gobierno de la Generalitat se vio impotente para controlar la situación quedando sometida a las fuerzas de la C.N.T. y la F.A.I.

Se establerion comedores públicos y cocinas callejeras para el reparto de alimentos que escaseaban. El dinero en circulación perdió todo su valor y para el avituallamiento del barco teníamos que conseguir vales o bonos de diferentes colectividades después de un severo control sobre su destino.

Para mí, ayudado por mi padre y el resto de la tripulación, todo ello resultaba un problema al tener que aprovisionarnos en una gran cooperativa instalada en el parque de Montjuïch bastante lejana de nuestro punto de atraque. El paso obligado por la ya sumisa Capitanía General no ofrecía peligro, asi como por las Atarazanas, pero sí estábamos expuestos a los disparos aislados de algún francotirador de los alrededores del Paralelo.

En el sector marítimo había gran agitación y se requisaba todo buque apto para transportar milicianos hacia un sanguinario y fallido desembarco a la conquista de Mallorca en poder de los insurrectos. El "Ciudad de Barcelona" y un buen número de buques de menor porte fueron los encargados de conducir hasta las playas mallorquinas a los miles de voluntarios bajo el mando del capitán Bayo. Todos los veleros quedamos exentos de tal evento con la prohibición taxativa de salir del puerto.

Cuanto acontecía, contemplar la formación de las columnas de milicianos destinadas a combatir en el frente de Aragón, leer la prensa, los partes de guerra, la incesante propaganda y los primeros bombardeos de la aviación fascista sobre Barcelona dejaron huella en mi juvenil mente, ignorante de lo que la contienda iba a influir en mi destino una vez finalizada ésta.

España estaba ardiendo, se combatía en muchas provincias, pero no imaginábamos que esta sublevación militar tendería a internacionalizarse y serviría de preparación de la Segunda Guerra Mundial para Alemania e Italia.


Recogida de armas a los milicianos españoles en la frontera francesa.

Habiendo descargado por fin el barco, nos hicimos a la mar en lastre. El "María Rosa", con viento favorable hizo que llegásemos al puerto más ansiado, ¡Vinaròs! A partir de entonces comenzaban los problemas para nosotros. Ignorábamos si sería posible efectuar el tipo de navegación propio de todo velero, sabedores de que estaríamos sujetos a la acción de la flota enemiga.

Los viajes durante los primeros meses de la guerra transcurrieron con normalidad por llevarse a cabo entre Barcelona, Valencia y puertos intermedios, costa leal al gobierno republicano. El mayor peligro para nuestros mercantes entre los que los veleros eran las presas más fáciles y los pesqueros faenando alejados de la costa, procedía de los buques de guerra surtos en la base de Mallorca en poder de los sublevados.

Los novísimos cruceros "Baleares" y "Canarias", veloces y dotados de cuadros profesionales, aparecían como fantasmas para bombardear con su potente artillería las poblaciones peninsulares, apoyados en alguna ocasión, según se supo, por unidades germanas e italianas, encargadas por el Comité Internacional de no Intervención de supervisar el transporte marítimo de la zona leal al gobierno.

Señores de la mar, pese a que la casi totalidad de la armada permanecía anclada en Cartagena, eran una pesadilla para los navegantes, sobremanera de los embarcados en buques con dependencia de los vientos que, en ocasiones, nos obligaban a separarnos de la costa, dificultando el abandono del buque en caso de ser necesario.

Recuerdo perfectamente que durante los viajes que realizamos hasta mediados de 1937, fecha en que dejamos de hacernos a la mar, fuimos testigos de tres sucesos que afectaron nuestra moral. Expresar que no teníamos miedo sería mentir, pero sí puedo decir que éramos algo inconscientes al no apreciar los peligros que podían acecharnos a cada momento.

Una noche, cargados de finas planchas de madera para embalaje con destino a Burriana, luna llena y suave viento en liza, a la altura de cabo Oropesa se nos aparece un submarino que se aproxima a nosotros. Navegábamos con las luces reglamentarias encendidas, sobresaliendo de nuestra borda la cubertada que era muy visible. Nos enfocó con un potente reflector durante unos cinco minutos, desapareciendo seguidamente. Aunque desconocíamos a que bando pertenecía,dimos por bueno que se trataba de una unidad republicana dada su maniobra. El susto de la tripulación fue tremendo.

En otro viaje, viento en popa, arrumbados a Barcelona, frente a Tarragona se nos encalmó el tiempo. Varios veleros a la vista estábamos esperando la aparición del deseado viento. Manolo "el Burxó" y Pepet estaban de guardia -timón y serviola-, Agustín "Golondro", mi padre y yo durmiendo tranquilamente. De repente, dos fuertes cañonazos nos despertaron; a unas dos millas de distancia estaba ardiendo un velero. Se trataba de la goleta de tres palos "Granada" que había seguido nuestro rumbo y que mi padre, buen conocedor a distancia de la silueta de todos los veleros había identificado. Llegados a Barcelona nos confirmaron que, efectivamente, se trataba del velero de trescientas toneladas nominado. Fue un suceso que nos impresionó enormemente.

Los buques mercantes a máquina eran presas fáciles para la aviación y la flota denominada "nacional". Muchos capitanes preferían embarrancar sus naves en la costa para librarse de la agilidad maniobrera de los cruceros gemelos "Baleares" y "Canarias".

En el que creo fue mi último viaje a bordo del "María Rosa", cargados de cemento de Vallcarca para Castellón, navegando con el duro mistral que caracteriza al golfo de San Jorge, ya anochecido, antes de doblar cabo Salou, mi padre optó por arribar a Tarragona. Detrás nuestro, pegado a la costa cuanto le permitía su calado, un mercante cargado de material de guerra fue torpedeado por un submarino enemigo. Tras la tremenda explosíon que percibimos desde a bordo, no se produjo su hundimiento. Su capitán tuvo tiempo de embarrancarlo en la costa, permitiendo la recuperación de su carga y frustrando, en parte, el objetivo del sumergible.

Afortunadamente, estos actos en los que fuimos testigos presenciales sólo afectaron nuestro ánimo e influyeron en gran medida llegada la hora de tomar la decisión de continuar navegando o amarrar definitivamente a puerto, prevaleciendo esta última opción que colmó de felicidad y sosiego a mi querida madre. Había terminado para ella la pesadilla de sabernos en la mar, expuestos a un ataque o a ser aprehendidos por cualquier unidad de los sublevados, tal como sucedió con los tripulantes de algunos pesqueros vinarocenses con el crucero "Baleares".

Ya amarrados permanecí poco tiempo inactivo. De dar bandazos y cabezadas pasé a trabajar en una fábrica local de espumosos como repartidor de sifones y gaseosas para bares y particulares. Se podía decir que estaba en mi "elemento". Permuté el transporte marítimo por el terrestre a "bordo" de una "tartaneta" tirada por un dócil caballo.

Siendo inscrito marítimo pertenecía a la Sociedad Marítima el Progreso con sede en la plaza Primero de Mayo, pudiendo participar en el tráfico mercante portuario. Como quiera que el jornal en este quehacer estaba bien remunerado, llegado el día en que por riguroso turno me tocaba carga o descarga, mi nuevo patrón me daba su autorización.

Por entonces nuestro pueblo estaba sufriendo los efectos de la guerra. La aviación germano-italiana y los cruceros "Baleares" y "Canarias" campaban a sus anchas. Los trimotores y el solitario hidroavión, asiduo visitante, dejaban caer su carga causando varias víctimas. Los cruceros acompañados de algún destructor, con su potente artillería atacaron más de una vez nuestra población que, huyendo del terror se diseminó en casetas de campo o buscó refugio en poblaciones colindantes del interior. Todos los míos, aparte de mi hermano Agustín que se encontraba en el frente de Teruel y yo que permanecía en el pueblo, hallaron acomodo en Valencia.

Siendo joven no estaba iniciado en política, además de no comprender los avatares y mentiras de la sociedad en la que estábamos viviendo. No obstante, los primeros días de la revolución en Barcelona me hicieron discernir de que lado estaba la legalidad.

En el mes de marzo de 1938, rotas las líneas en los frentes de Aragón y Catalunya, pese a los sangrientos contraataques de los republicanos en el Ebro, las fuerzas franquistas avanzan rápidamente hacia el Mediterráneo.

En el pueblo, siguiendo los acontecimientos con angustia o esperanza, según afinidades políticas, se conocía el incontenible empuje de las divisiones victoriosas que iba a conducirles hasta el mar.

Los más jóvenes estábamos día y noche en la cima del campanario. Durante unos días pudimos oír con claridad los disparos de la artillería que, con el tiempo, sonaba con más fuerza y la víspera nocturna de su llegada a Vinarós, los fuegos de combates sostenidos en los montes más cercanos.

Qué hacer, con qué medio y hacia donde huir, era una incógnita. Escapar a pie o con algún vehículo en dirección a San Carlos de la Rápita o Benicarló era exponerse a caer en manos del enemigo. Ante la duda, varias personas decidimos hacerlo por mar.

En la madrugada del 15 de abril de 1938 y a tal efecto, nos dirigimos al puerto tomando cada uno su propia responsabilidad. Allí reinaba una agitación indescriptible. Encontrar una barca con carburante no era tarea fácil. Con un amigo y vecino de la calle San José, Vicente Beltrán "Taí", marinero y motorista y yo como patrón circunstancial, conocedor de la ruta a seguir, organizamos el embarque a bordo del pesquero que, con el transcurso de más de 61 años no me es posible recordar su nombre.

Familias enteras accedieron en el propio puerto; a otras fuimos a buscarlas, manteniéndonos al pairo en la primera "llevatera", recogiéndolas con el bote, labor que nos facilitó una espléndida noche y una mar encalmada. Entre los embarcados de esta forma se encontraba la familia Sospedra cuya hija, Consuelo, se casó con mi hermano Agustín.

Debían ser las dos de la madrugada cuando fuimos los primeros en hacernos a la mar. Desoyendo las indicaciones de los carabineros para que fuéramos hacia Valencia, decidimos arrumbarnos a Barcelona, ruta que ya conocía por haberla llevado a cabo durante el tiempo que, junto a mi padre navegué en el "María Rosa". Jamás hubiese podido imaginar que al perder de vista a mi amado pueblo, se iniciaba para mí un exilio que duraría 28 años.