Con la derrota del Ejército Popular Republicano del frente del Este, comienza un nuevo capítulo de la historia para miles de combatientes, ciudadanos, mujeres y niños que, huyendo de los horrores de la guerra y la muerte cotidiana se dirigen hacia la frontera francesa. Yo, con mi bala todavía en el muslo, emprendí la marcha hacia un destino ignorado, añadiendo al sufrimiento físico la necesidad de hacerlo siguiendo la línea del ferrocarril y por carreteras y caminos abarrotados de fugitivos, muchos de ellos cargados de objetos personales, viéndome en ocasiones precisado a dormir sobre el durísimo y helado suelo o bajo la copa de algún árbol. Las interminables marchas hacia el exilio, con el peso de la derrota sobre las espaldas, fortalecieron, si cabe, mi baja moral a pesar de dejar lo que más amaba en este mundo, mi familia y el país que tanto quería.
En nuestra diáspora pude comprobar que el mundo es un pañuelo. Un vinarocense, Sebastián Tosca, "Cañón", al volante de un camión militar me reconoció en pleno camino y subiéndome en él me condujo hasta el punto de su destino.
Todos los sufrimientos que soportábamos los miles de soldados en fuga, no era nada comparados con el dolor de numerosas familias que habían perdido a uno de los suyos en la fratricida lucha auspiciada por el levantamiento militar contra el gobierno legalmente constituido.
Para nosotros, todos los fugitivos, otro drama, una guerra más larga y cruenta, ya embrionada, iba a comenzar traspasada la frontera de un país que se decía "democrático y amigo". Para mí, cruzar la línea que separa España de Francia fue uno de los momentos mas amargos de mi vida. Era injusto lo que le ocurría al pueblo español después de tres años de lucha por una causa que estimaba justa y ser conducido a campos de concentración, justamente en una nacion que tenía como lema "Liberté, Egalité, Fraternité". Pese a comprender la adopción de medidas especiales no esperábamos una acogida tan poco solidaria según pudimos comprobar tras meses de estancia entre alambradas.
La irregular correspondencia mantenida con mi familia no traslucía la realidad de mi situación, aunque mi hermana Rosita, lectora habitual desde mi paso por los frentes de combate, receló, a través de alguna frase nuestra nueva faceta que ocultó, especialmente a mi madre, eterna sufridora, desde que yo y mi hermano Agustín salimos de nuestro pueblo.
Estos relatos de mi juventud primera, inmerso en una incivil contienda, me hicieron comprender la realidad política. Internado en los primeros campos de concentración me di cuenta de la falsedad e hipocresía de los hombres que nos gobernaban, sabedores más tarde de que el precio pagado, medio millón de víctimas, podía haberse evitado.
Lejos de mi patria jamás me arrepentí de haber luchado por una causa justa pese a los desengaños sufridos. En esa situación acudían a mi mente escenas de lo vivido hasta entonces. Los incesantes bombardeos de Vinarós, los combates en los frentes, hombres heridos, compañeros muertos en una lucha entre hermanos, la visión de un mural de propaganda pegado en las paredes de nuestra población en el que se representaba a una escuadrilla de aviones con el distintivo de la cruz gamada y a una joven madre con su pequeño hijo muerto en brazos. Un texto alusivo decía: "Hoy España, mañana será el mundo". Esta profecía de la propaganda "roja" se convirtió en realidad tan sólo un año más tarde.
El enfrentamiento de las dos Españas, dos banderas de diferente color como enseña, la diferencia de organización y mandos, el comportamiento de las fuerzas navales del Comité de no Intervención aplicando raseros diférentes, tolerantes en el bando nacional y taxativo en el republicano, presagiaban una victoria lenta, pero inevitable de los sublevados.
El enrarecido ambiente a finales de 1938, después de la anexión de Austria por Alemania, hizo que los plenipotenciarios de naciones democráticas cediesen en cada reunión internacional a las exigencias expansionistas de Hitler dando a entender que la amenaza que se cernía sobre la humanidad estaba superada. ¡Hemos salvado la paz! manifestaban Francia y Gran Bretaña tras la entrevista de Munich.
¡Estaban en un error! En España se combatía, se moría en desigual lucha contra una causa que, por afinidades políticas, recibía la formidable ayuda de quienes durante unos años serían los amos de Europa. Las democracias se dieron cuenta demasiado tarde de que la tragedia española era el preludio del infierno que iban a sufrir en su propia carne.
El 1º de Abril de 1939 el cuartel general del Generalísimo emitía el parte del fin de la guerra. Poco después, Francia e Inglaterra, entre otras naciones, reconocían al gobierno de Burgos aduciendo haber obtenido de Franco la garantía de que no habría represalia política.
De 1936 a 1939 transcurrieron los años más dramáticos de nuestra historia contemporánea. Aun hoy, en mi vejez, después de haberlos vivido intensamente me hago la misma pregunta repetida, día a día, durante mi dramático exilio, ¿Por qué?
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| Argeles sur Mer - Abril de 1939. |
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Pasado tanto tiempo trato de poner en orden mi pensamiento evocando el éxodo, el tropel de mujeres y niños, una masa hambrienta caminando sobre la nieve y la fría lluvia de la Cerdaña.
Por el paso fronterizo del Perthus, junto al amasijo de los no combatientes, cruzaban soldados enfermos, heridos de guerra y, entre estos observé horrorizado a un joven de unos diecisiete años con las dos piernas amputadas transportado en camilla, todo un miserable espectáculo que, para los mejor librados, culminó con el hacinamiento en los campos de concentración entre el desprecio y la compasión de la población gala.
Autorizado en principio el paso de mujeres, niños y ancianos, el 5 de febrero de 1939 se levantan las barreras permitiendo el acceso al ejército vencido. Era el día en el que se alzaba el telón para dar comienzo,a un trágico periplo en la vida de muchos de los 500.000 componentes del mayor exilio de nuestra historia.
Soldados sucios, barbudos, abatidos por la derrota, civiles que deciden seguir el mismo camino, forman una interminable riada, desconocedores todos de lo que les iba a deparar el destino. En sus ojos, con la mirada vuelta hacia atrás un triste destello patentizaba su estado de ánimo. No sabían cuando volverían a cruzar en su retorno los montes Pirineos que dejaban a sus espaldas.
Desposeídos de sus armas, amontonadas en los puestos de aduanas, junto a ellos entra en Francia un contingente de prisioneros franquistas que no son internados sino devueltos a la Cataluña ya ocupada.
Privado más de una semana nuestro paso, los heridos, excepto los más graves, no recibimos atención médica alguna, viéndome en mi caso, obligado a marchar penosamente, ayudado por compañeros solidarios hasta el campo de concentracion asignado en las playas del Mediterráneo sitas en el departamento de los Pirineos Orientales. Argelés sur Mer, Saint Cyprien y Le Barcarés formaban el conjunto de los campos franceses de la Vergüenza, distantes entre sí unos treinta kilómetros, hoy convertidos en excelentes complejos turísticos y reputados balnearios.
Escoltados por gendarmes y senegaleses, sin conmiseración por su parte visto el estado de los heridos, ingresamos en Argelés, "albergue" obligado hasta que debido a mi herida preciso ser trasladado en ambulancia al paquebote de la compañía de navegación Paquet "Marechal Lyautey" que, junto al "Asni", anclados a una milla fuera de bocas del puerto de Port-Vendres, se habían convertido en hospitales flotantes.
El servicio sanitario en ambos buques es mantenido por médicos y cirujanos jóvenes, muchos de ellos estudiantes, futuros especialistas que encuentran a mano campo abonado para comprobar los destrozos sobre el cuerpo humano por las diferentes armas de guerra.
La acuciante necesidad de admitir más heridos hizo que se me diese el alta sin siquiera haberme extraído la bala alojada en mi muslo a la espera de mejor ocasion, que no llegó a producirse. El cambio de campos franceses y el infierno de Mauthausen durante cinco años, han permitido que hoy siga siendo un aditivo más de mi anatomía.
Sin haber deteriorado ningún punto vital, ante la carencia de la más mínima molestia decidí mantenerla como un "trofeo de guerra".
Tras pasar semanas de hambre y miserias, los guisos a bordo basados principalmente en lentejas, me parecían un auténtico festín.
Tras las calamidades sufridas en los frentes de combate y tumbados sobre la arena de las playas, dormir en una cama, exentos de nieves, lluvias, fríos y vientos, fue para todos casi una salvación, no exclusivamente física sino también moral.
Las relaciones con la tripulación fueron cordiales desde el primer momento. Rudos trabajadores de la mar, estaban más sensibilizados por nuestra lucha mantenida durante casi tres años. Ellos, a escondidas, nos daban algún alimento de más y golosinas que, dado el tiempo transcurrido, habían quedado en el olvido.
Consolidada la herida ya nos esperaban de nuevo sobre el muelle los gendarmes que, esta vez, con camiones nos retornarían al campo de Argelés sur Mer.
A partir de entonces se iniciaba una vida sobre una playa poco común, contaminada y carente de barracas donde cobijarse. Durante dos interminables meses, privados de ellas tuvimos que defendernos con nuestros propios medios para vencer y sobrevivir al duro y glacial invierno pirenaico, puesta la mirada en los montes que nos separaban de nuestro amado país, obligados para mantener una mínima higiene a remojarnos en las gélidas aguas del Mediterráneo. Era un detalle más de la etapa apocalíptica del universo de los campos franceses.