¿Cómo resguardarse durante dos interminables meses de la durísima inclemencia que se abatía sobre nosotros? Cada cual se las tenía que ingeniar a su manera, bien en plan individual, u organizándose en grupos familiares, o de afinidades políticas para mitigar el invierno en el que nos veíamos atrapados.
Con lo que teníamos a mano, nuestras mantas de campaña, trapos y cañas que los guardias senegaleses nos pasaban a traves de las alambradas, montamos unos "albergues" que nos iban a cobijar durante bastante tiempo.
¡Una inmensa ciudad de chabolas había nacido vertiginosamente! Dos kilómetros de playa de fina arena rodeada al norte, este y oeste por alambradas y el inmenso Mediterráneo como salida, vigilados por gendarmes, senegaleses y soldados spahis a caballo que nos anunciaban haber llegado a nuestro "centro de albergue" nos daba a entender la realidad de nuestra situación.
Cruzando la apacible y bonita población rosellonesa de Argelés sur Mer de unos cinco o seis mil habitantes por entonces, sus moradores contemplaban nuestro paso, lejos de imaginar, pese a su asombro, que su hermosa playa iba a convertirse en una gran ciudad fantasma, cosmopolita, compuesta de más de 90.000 "nómadas".
Incapaz de aglutinar la inmensa diáspora del derrotado ejército republicano y fugitivos de la guerra, el gobierno galo se vio precisado a instalar dos nuevos grandes campos, Le Barcarés y Saint Cyprién, ambos al lado del mar a los que más tarde acompañaron otros de menor envergadura como los de Agde, Gours-Le Vernet y Setfonds. Todos ellos, además del fin al que estaban destinados, durante la ocupación de Francia por los alemanes y por gestiones del colaboracionista gobierno del mariscal Petain, daban acogida a judíos, antifascistas y oponentes que se hallaban en la Francia libre. Argelés sur Mer era el primer eslabón de la cadena que, ya iniciada la gran conflagración, iba a arrastrarnos a miles de nosotros hasta los campos de exterminio nazis.

Para nuestro "alojamiento" en el Mediodía francés dimos manos a la obra, tras algunas disputas por elegir el lugar idóneo para excavar lo más alejado del linde marítimo, rehuyendo la humedad, una zanja de 60 o 70 centímetros para montar improvisadas chabolas que, a tenor del clásico humor de los españoles, siempre perenne sea cual sea la situación, las denominamos "conejeras" aunque más semejaban guaridas de topos.
La situación alimenticia, cubierta en un principio por los abarrotados camiones de la intendencia republicana cargados de lentejas, garbanzos, conservas y carne vacuna, repartido de forma equitativa por nuestros oficiales, se agravó progresivamente unido al serio problema de la escasez de agua potable, deficiencia ésta que intentamos superar cavando pozos a distancia de la costa para conseguir el elemento líquido, acción fallida al aflorar agua totalmente salitrosa. Hacer el café con ella equivalía, en ocasiones, a tener diarreas de consideración.
El caos era tremendo, eliminar los diversos parásitos que nos invadían era, dadas las circunstancias imperantes, tarea imposible. Los característicos piojos de las trincheras campaban a la sazón a sus anchas. Heridos por doquier, enfermos y el cercano Canigó, coronado por la nieve y la omnipresente tramontana invernal constituían un cuadro realmente apocalíptico que precisaría de muchas páginas para describirlo en toda su crudeza.
Para las perentorias necesidades fisiológicas nos valíamos de unas zanjas y hoyos receptores cavados próximos a la orilla y que la mar agitada del golfo de León se encargaba de limpiar. Al lugar accedían todos los "huéspedes" del campo, no permitiendo en algunos casos llegar a tiempo al lugar de alivio a los atacados de disentería.
A pesar de estar ansiosos del sol que mitigase nuestro frío, en ocasiones deseábamos un temporal de levante que eliminase los excrementos. Según dirección del viento reinante, las chabolas más próximas estaban, sobradamente, perfumadas día y noche.
Se daban escenas grotescas y jocosas a la vez. Algún que otro trasero al descubierto, papeles higiénicos al uso que una vez cumplida su mision y por efecto del viento volaban al lugar de los cocineros circunstanciales que se ufanaban en impedir su intromisión en el guiso de legumbres, arroz o patatas. A tal fin, tomándolo con buen humor, se montaba una guardia en el entorno del fuego.
Durante el inhóspito invierno de 1939, resultando insuficiente el calor de los hogares con el aporte de leña llevado a cabo por los senegaleses a cambio de billetes del gobierno republicano, en su mayoría carentes de valor finalizada nuestra incivil contienda, corríamos dando vueltas a un recinto al que denominamos como "Hipódromo" o "Picadero" todo cuanto nos permitía nuestro estado físico.
Sujetos a vigilancia militar constante y severa, correspondencia censurada y registro de toda persona autorizada a visitarnos, la conducta del gobierno del frente popular francés fue repugnante e indigna. Unida al trato conferido tras las alambradas, al desprecio verbal de una buena parte de la población gala, se unía la campaña orquestada por la prensa de derechas francesa en la que se consideraba a los "rojos" españoles poco menos que auténticos diablos. No pasábamos de ser unos indeseables merecedores de una vigilancia extrema.

Spahis árabes de los campos de concentración franceses.
La presencia de tropas coloniales sin conmiseración hacia nosotros aumentaba considerablemente nuestro malestar. Encargar mayormente la vigilancia a los senegaleses evidenciaba la pérfida intención de los gobernantes galos. Muchos de nuestros guardianes veían llegada la ocasión de demostrar su odio hacia los blancos, de resarcirse del complejo de inferioridad adquirido durante el período de colonización. Se les presentaba el bello momento para imponer sus dictados a una raza que se creía superior; de ahí los numerosos actos de violencia entre buen número de ellos y nosotros.
Los campos de concentración que durante casi tres meses no podían considerarse más que playas-basureros, se van convirtiendo en campos naturales. El desorden, la desorganización imperante hasta entonces se va transformando radicalmente. El mando francés no tuvo problemas para hallar entre el ingente colectivo personal capacitado para construir barracas, sustitutas de las precarias chabolas en las que, hasta entonces y de cualquier manera nos habíamos protegido de la cruda meteorología, aunque es cierto que muchos de ellos se negaron a colaborar en el montaje de su propia prisión.
El coraje, buen humor y la moral de los refugiados aumento con tal medida, así como su resistencia física. Semejando el campo una gran ciudad, en ella se abren tiendas, barberías, zapaterías, centros culturales y de enseñanza, artísticos y se ofrecen conciertos musicales en festivos por formidables bandas, hasta entonces militares, entre cuyo repertorio destacan nuestros pasodobles para gozo nuestro y que despiertan la admiración de los oyentes franceses.
Sería injusto ocultar que entre la inmensa y variopinta población de Argelés sur Mer también convivían gentes indeseables y sin escrupulos, sin ideología y que, teniendo como bandera su propio interés, fomentaron, desde los bajos fondos de Barcelona y otras grandes ciudades el que el éxodo fuese una realidad con tal de seguir explotando la miseria de los demás.
Bautizamos calles, definimos zonas en las que no podía faltar un recinto especial, ¡el barrio chino! Idéntico al de las grandes urbes españolas, en él se montan lugares de distracción, juegos y vicios en el que aparecen de forma súbita los "estraperlistas", definición aplicada más tarde en nuestro pais, haciendo su propio negocio, cobrando con nuestros billetes republicanos que, salvo algunas series, perderían posteriormente su valor.
En este especial mercado no faltaban objetos personales, joyas, relojes, prendas de vestir o tabaco, producto escasísimo éste y obsesión entre fumadores empedernidos, entre los que no me contaba.
Transcurrido un tiempo fueron autorizadas las visitas de familiares y amigos, así como la intervención de organizaciones caritativas del pueblo francés que, además de atenuar el hambre y la miseria propiciaba, lejos de su intención, que la desigualdad y el favoritismo beneficiasen al indigno negocio de los estraperlistas.
Salir del campo durante los primeros meses de internamiento no era tarea fácil. Algunos refugiados con familiares residentes en Francia podían obtener un contrato de trabajo. Por parte de las autoridades galas, bien secundadas por la propaganda franquista, se emitía por los altavoces el eslogan de: ¡España os necesita!, seguramente con la intención de vaciar los campos de parte española, de convertirnos en "huéspedes" de alguno de los campos instalados en la posguerra a lo amplio de la geografía hispana.
Entre la propuesta francesa de retornar a nuestra Patria o ingresar en la Legión Extranjera, las pésimas condiciones imperantes influyeron decisivamente para que miles de nuestros compatriotas regresaran al amado país que se habían visto obligados a abandonar, aunque es bien cierto que muchos de ellos, vislumbrando la cercana gran conflagración armada, deseosos de seguir su lucha antifascista, pasaron a engrosar las filas de la Legión repartida entre Indochina y el norte de África.
¿Emigrar a otra nación? Hacerlo hacia la América Latina, objetivo deseado, era muy difícil dada la escasez de los contingentes admitidos. Méjico, el país más solidario abrió las puertas a quienes perdieron la guerra y hacia allá, desde Marsella y Burdeos, partieron, entre otros, científicos, médicos, escritores, intelectuales, en suma, la élite de la República Española que decidió no quedarse en Francia. La próspera Argentina dio preferencia a los vascos aunque también a ella arribaron muchos de los grandes hombres de los que la República era pródiga.
La Unión Soviética seleccionó, finiquita la contienda, a políticos y mandos militares que fueron principales protagonistas de nuestro fratricida enfrentamiento.
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