La entrada en Mauthausen

Finalizado el recorrido del tren de la muerte, quienes habíamos ocupado los abigarrados vagones, unos mil, íntegramente españoles, desconocíamos lo que era un campo de exterminio sin imaginar siquiera que sería la tumba de la mayoría de nuestros compatriotas.

Mauthausen, el propio campo situado en lo alto de una colina a unos seis kilómetros de la población del mismo nombre, precisó para su acceso, cruzar el poblado en absoluto silencio para no turbar el sueño de sus habitantes. La subida se hizo por un tortuoso y estrecho sendero cubierto de nieve endurecida por el paso de un anterior transporte.

A ambos lados de la columna éramos flanqueados por una nutrida guarnición sujetando feroces perros. Fanáticos jóvenes de la SS. se encargaban de levantarnos del suelo resbaladizo a culatazos en caso de caída, pisándonos las manos al intentar coger un puñado de nieve que apagara nuestra tenaz sed, pese al intenso frío reinante. Cerrando la marcha del triste cortejo iban dos camiones que no dudaban en atropellarte si, imposibilitado de seguir, te cruzabas en su camino.

A pesar de la corta distancia desde la estación al campo, su recorrido se nos hizo interminable pese a ser obligados a mantener una marcha forzada acuciados por la prisa de nuestros guardianes en llegar a su acantonamiento.

Inesperadamente, después de un último viraje, aparecen a nuestra vista unos altos muros de piedra gris y una enorme puerta, fijándose nuestros asombrados ojos en una grandiosa águila que la corona sujetando con sus garras la cruz gamada. Una verdadera fortaleza que iba a ser nuestra morada hasta la liberación. Tras el aluciiiante y mortífero viaje, traspasado el umbral, contemplando el siniestro recinto con sus miradores de centinelas armados de ametralladoras y reflectores alumbrando toda su amplitud, no pudimos evitar una comparación con los que ya habíamos conocido en territorio francés y la Alemania nazi. A simple vista, la diferencia negativa resultaba evidente.

Pese a estar en plena guerra nos llamó la atención su luminosidad, comprensible, hasta cierto punto puesto que no habían comenzado todavía las masificadas incursiones aéreas de los aliados urgía terminar el campo en obras que había de recibir a miles y miles de internados.

Vista su amplia superficie, se apreciaban en su parte izquierda cinco barracones de madera perfectamente alineados que, con otras cuatro filas de igual número, componían los 25 destinados a nuestro "albergue", y que se triplicarían con la llegada masiva de esclavos.

A la derecha se hallaban tres grandes edificios de piedra gris idéntica a los muros del campo. Ignorábamos a que debían estar destinados puesto que el aposento de los SS., todos de madera, estaban fuera del campo y, los altos mandos, entre ellos los sanguinarios comandantes Ziereis y Bachmayer, residían en lujosos chalets.


Guarnición del Campo (Foto SS).

Prontamente pudimos enterarnos de la finalidad de las sólidas construcciones. La primera contenía en su sótano las iniciales duchas a las que más tarde se añadió una cámara de gas. En otro, las calderas para la desinfección de las ropas. El tercero, el más tétrico, contenía dos hornos crematorios -en ellos fueron incinerados los desgraciados fallecidos en su último viaje- provistos de una alta chimenea que vomitaba humo, llamas y un olor nauseabundo. Imaginando que tales instalaciones estaban destinadas a la calefacción de los barracones, jamás hubiéramos supuesto que las llamas surgentes eran provocadas por la combustión de cuerpos humanos asesinados en el campo exterminador.

Ya instalados en su recinto, en una explanada de unos doscientos metros de largo y unos cincuenta de ancho (La Appel Platz) sobre una espesa capa de nieve, en formación de cinco para facilitar el recuento, con los camaradas muertos a nuestro lado, la operación se eternizaba a la vez que la brutalidad aumentaba, no únicamente por parte del comité de "recepción", los mandos SS., sino también y con mayor saña, por obra de otros hombres que con uniforme de rayado vertical -rayas azul y blanco y cabeza rapada- , los kapos, iban a ser nuestros más encarnizados verdugos.

Entrando en acción, vara de buey en sus manos, repartiendo patadas y puñetazos a mansalva, su bestialidad superó, con creces, a la de los SS. Sus vociferaciones, la amenaza de que la única salida del campo era convertido en humo, infundió en todos nosotros un miedo que sería ilógico negar.

La toma del poder en Alemania del canciller Adolf Hitler y su régimen de represión hizo que no se tardase en construir campos de concentración que, en un principio, se llamaron de reeducacion, como los de Dachau, Oranienbourg o Sachenhausen.

Los primeros internados en ellos, los propios alemanes políticos antinazis, sindicalistas, judíos y gitanos, disminuidos físicos y mentales, pero también presos de derecho común, destacando entre éstos grandes criminales que en aquellos momentos purgaban largas condenas.

Durante la Segunda Guerra Mundial, con la llegada masiva de deportados, fue precisa la construcción de otros campos para acogerlos, emplazados en Alemania y la recientemente ocupada Polonia. Con la anexión de Austria en 1938, el Tercer Reich inició, entre Linz y Salzburgo, cerca de la población de Mauthausen, un enorme campo que tomó este nombre, en un principio para detenidos austriacos.

Con la llegada de los deportados españoles el mes de agosto de 1940, procedentes de los Stalags, el alto mando SS. no tardó en darse cuenta de que dentro del colectivo había una inmensa riqueza basada en mano de obra especializada para todo tipo de actividades, sobremanera, para la explotación de canteras de granito existentes en el propio campo.

Para encuadrar esta inmensa masa de trabajadores se precisaron centenares de "capataces". No fue tarea difícil; el alto mando nazi tenía entre los detenidos de derecho común a destacados criminales que se convertirían en sus lacayos para llevar a cabo la función que se les iba a asignar. Así afluyeron a Mauthausen un gran grupo de ellos formados en los iniciales campos. De esta forma nacieron los kapos, los mayores asesinos del régimen concentracionario nazi.

Su organización, casi idéntica a la de los SS., les daba derecho de vida y muerte sobre los deportados, permitiendo a los más sanguinarios un grado superior y ser nombrados "Oberkapo" (cabo superior), "Blockältester" (jefes de b1ok) y en el más alto rango "Lagerältester> (jefe de campo). Todos ellos obedecían ciegamente las órdenes de los "Blockfürer" SS. Eran los kapos que cada madrugada se encargaban de despertarnos a latigazos al sonar una campana a la hora que le placía al "Lagerkommandant" SS., dando inicio, de esta forma, a la jornada.

Bien en verano o durante el invierno, sobre un manto de nieve, intenso frío o bajo la lluvia, la obligada formación correspondiente a cada barraca, a la espera de los responsables SS., los kapos nos hacían descubrir la rapada cabeza cubierta con el "Mützen" (gorra) tantas veces como se les antojaba, haciéndola repetir si estimaban que no resultaba rápida y conjuntada. El saludo "Mützen ab" era obligatorio al paso de cualquier oficial o miembro de la SS. Llegados los "Blockführer" empezaba el recuento de los deportados de cada barraca, incluyendo el número de nuestros camaradas muertos durante la noche a los que colocábamos en el suelo, a nuestro lado.

Las formaciones diarias no tenían una duración concreta; a veces se eternizaban, viéndonos precisados a sostener en pie a nuestros compañeros desfallecidos. Un derrumbe, una caída al suelo desencadenaba el furor de los verdugos que intentaban levantarlos a latigazos. De ser considerados ineptos para el trabajo, incapaces de formar parte de un kommando, su destino, invariablemente, siempre era el mismo, la cámara de gas.

Entre los kapos, los SS. seleccionaban a los más fornidos para vigilar los duros trabajos de la cantera donde el término de resistencia física entre los peones se estimaba de seis a doce meses.

Evitar a los más crueles, a los que no disimulaban su odio hacia los Roten Spanier, era nuestra mayor preocupación. Desconocíamos su verdadero nombre, pero los españoles, siempre imaginativos, deseosos de no formar parte de los kommandos bajo mando de los más brutales los bautizamos con nombres que los identificaban. "El Bizco", "El Negus", "El Cerdo", "El Cojo", "Manos de Hierro", "El Gitano". Todos nosotros, sin excepción, procurábamos evitar a quienes más gozaban con sus torturas y, en la cantera, al mayor criminal de ellos, el "Oberkapo" que apodamos "Charimba" y al "Lagerältester" al que por su corpulencia designábamos como "King Kong".

Una vez dado el parte al oficial SS. con el nombre de vivos y muertos, se procedía a la formación de los kommandos de la cantera y grupos exteriores. Según simpatía hacia los internados de distintas nacionalidades, a muchos de ellos se les destinaba a los considerados más mortíferos por cuya razón, más de 3.000 republicanos españoles fueron asesinados en menos de un año en el terrorífico y sangrien Gusen.

Al anochecer, finalizado nuestro trabajo, nueva formación y recuento de muertos a descontar de los efectivos para el día siguiente. Las interminable formaciones, después de la extenuante labor de la cantera, era una constante más para rebajar nuestra moral y resistencia física.

El conjunto de kapos y jefes del blok del campo vivia en completa armonía como no podía ser de otra forma al tratarse de grandes criminales. En toda su extensión y la cantera tenían establecido su imperio y en los barracones, un Stube (habitación) particular con estufa, camas con sábanas y sus Stubedienst (servidores para todos los usos, siempre escogidos entre los más jóvenes). No resistirse a sus exigencias era librarles periódicamente de los mortales trabajos de los kommandos. La homosexualidad de los Kapos precisaba cambios. En un Stube aparte, aglutinados más de un centenar de deportados, combatíamos la promiscuidad ...

Los barracones, además de los dos grandes "dormitorios" y la sala especial para el kapo, jefe de barraca y el Schreiber (secretario) comprendían el "aseo", unos cuantos W.C. y conjunto de tubos horizontales alimentados con agua corriente y una docena de grifos sobre los llamados "lavabos". Jamás vimos jabón alguno, lavándonos exclusivamente con agua que no nos permitía eliminar nuestra suciedad ni evitar las incursiones de los parásitos, pero lo más cruel era la escasez de las "toallas" y sólo los primeros podían secar parte de su cuerpo.