Los kapos, en su cobardía, necesitaban la colaboración de sus trabajadores para introducir clandestinamente lo robado al campo o bajarlo a la cantera, sabiendo que con frecuencia, al regreso de los kommandos, los SS. registraban inopinadamente a algunos grupos según su procedencia. Aunque algunas sustracciones se hacían con la complicidad de los portadores de la calavera, los deportados sabíamos que si era detenido, éste jamás denunciaría al destinatario. De hacerlo, el castigo que le sería aplicado por el mando nazi variaría de los 25 tradicionales golpes de schlage (latigazos) a la horca, según el valor de lo robado. Eliminada esta última posibilidad, ya dentro del campo serían apaleados hasta la muerte por los otros kapos.
Con los productos del robo, ya en el interior de las barracas y en su imperio de la cantera, se podían confeccionar "suculentas" comidas y recompensar a sus "vasallos" con una gamella de repugnantes nabos. Otro acto despreciable se daba llegada la hora de la cena que siempre consistía en lo mismo: un pan repartido entre cuatro, unos gramos de margarina, una cucharadita de mermelada y un trozo de salchichón el cual jamás supimos de qué estaba compuesto, acompañado todo ello de un caldo caliente que sabía a avena hervida.
Ración manifiestamente mínima y que, de ninguna manera podía calmar nuestra tenaz hambre, pero quizás más consistente en calorías. Al consumirla rápidamente nos dejaba la misma sensacion de hambrientos. Era cuando los kapos, sin ninguna conciencia humana, fijandose en los más famélicos, los que eran ya cadáveres ambulantes, les proponían el intercambio de la ración de salchichón y minúscula porción de margarina por dos, a veces tres litros de caldo y nabos hervidos, complaciendo a quienes, llenando sus estómagos de bazofia no se daban cuenta de que aceleraban el paso hacia el agotamiento físico.
Narrar con exactitud el comportamiento en general de los criminales que disponían de nuestras vidas sería explicar un sinfín de atrocidades cometidas por ellos difíciles de imaginar y que podían variar según los grupos de trabajo que la "suerte" te deparaba, unos peores que los otros. Me es posible hacer una excepción en su comportamiento de uno de ellos destinado al pequeño grupo Steinmetz (picapedreiros) de la cantera de Mauthausen, quien nos dijo llamarse Emil. Este bondadoso austríaco llevaba, al igual que sus congéneres, cosido en el uniforme el triángulo verde de los criminales de derecho común y jamás dio a los integrantes de nuestro grupo un latigazo, simulando su cólera repartiendo gorrazos o amago de patadas. Su humana conducta hizo que a la liberación se librase del justo pago consecuente del criminal proceder de otros que sí fueron ajusticiados.
Recién llegados al campo de Mauthausen nos encontramos con un mundo que se nos antojó diferente. Aparte de nuestros guardianes SS, fuimos recibidos por unos seres vestidos con una especie de pijama a rayas azules y blancas. Muchos de ellos manifestaban una afabilidad en la que se percibía cierta dosis de compasión. Estábamos ante deportados al gran campo, entrados antes que nosotros, los "veteranos". Otros, vestidos como ellos pero físicamente fuertes, llevaban cosido en una manga de la chaqueta un distintivo con la palabra kapo, armados de una vara reforzada por un cable metálico y estaban a las órdenes de los SS.

Los oficiales SS., siempre acompañados por feroces perros, nos insultaban vomitando sin cesar palabras en su idioma que, con el transcurso del tiempo, llegamos a comprender en todo su significado. Las más usuales eran: terroristas, comunistas y, sobremanera, ¡krematorium!, primer nombre que por su protagonismo comprendimos del alemán.
Dada la orden de desnudarnos completamente, se nos despojó de nuestra documentación, objetos de valor y de lo más traumático, de las fotografías de nuestros seres amados, precipitándonos seguidamente por una escalera que conducía a una gran sala bien iluminada en la que hombres vestidos de blanco nos esperaban tras unas mesas. Eran médicos SS., que con algún especialista deportado, nos sometían a un severo interrogatorio sobre nuestros antecedentes sanitarios, incidiendo sobre secuelas de enfermedades contagiosas en cuyo caso, el portador era "seleccionado" para pasar directamente a la cámara de gas.
Tras el interrogatorio, a empujones pasamos a otra sala de paredes revestidas de blanco mosaico; estábamos ante las duchas. Allí, afeitados de la cabeza a los pies, fuimos desinfectados por medio de un gran pincel impregnado de una especie de petróleo y colocados bajo las duchas recibiendo el agua con una temperatura alternante, bien casi glacial o demasiado caliente, aprovechando la ocasión, un momento, para apagar la sed acumulada durante el infernal viaje.
Limpios ya, despojados de todo, recibimos lo que iba s ser nuestro traje hasta la llegada de las liberadoras fuerzas del III ejército americano del general George S. Patton, vestimenta a la que se agregaron unas chancletas de madera como único calzado. A partir de este momento dejábamos de ser considerados seres humanos. Anulada nuestra personalidad, en lo sucesivo íbamos a ser identificados por el triángulo -azul para los españoles- y el número de entrada en el campo grabado en él, al que por necesidad recurríamos ante SS. y kapos pronunciando en alemán el Häftling -4124 por mi parte- y pedir lo que se deseaba, tarea no fácil al principio.
La primera noche en el campo fue alucinante para los republicanos españoles recién llegados. La visión dantesca del grandísimo complejo concentracionario, los potentes reflectores oteando sin cesar el campo y en lo alto de las torretas de las murallas los guardianes, apuntando sus ametralladoras sobre los deportados, fueron la causa de ello.
Con la brutalidad característica de los kapos fuimos dirigidos a las barracas, rodeadas de alambradas electrificadas. Era el preámbulo de nuestro pase a la cuarentena.
Cuanto antecede era el prólogo de cinco años de degradación, tortura y asesinatos en el terrorífico Mauthausen, emplazado en la confluencia de los ríos Enns y Danubio, construido antes del inicio la Segunda Guerra Mundial, en concreto, el año 1938 y que pasó a ser conocido con el nombre del bello y tranquilo pueblo, casi ignorado ha entonces en la historia de Austria, situado a 170 kms. de Viena y unos 22 de la importante ciudad de Linz.
Creados los kommandos de trabajo, cada deportado ya en su grupo, al mando del kapo que le correspondía, fuese el Bizco, el Negus, el Tatuado o el Gitano, bajo la autoridad del SS. de servicio nominado Otto, Fritz o Walter, en impecable formación de cinco en cinco para efectuar un nuevo recuento, salíamos por la puerta grande camino de la cantera o destinados a otros trabajos exteriores sin olvidar el ¡Mützen ab! para saludar a toda la cúpula nazi presente.
Los trabajos de la cantera, con razón los más temidos, realizados en su mayoría por simples peones, eran quienes ponían a prueba su resistencia física cargando vagonetas de pesados bloques de granito y tirando de ellas cual bueyes de labor hasta el "Molino".
Otros grupos especializados, mineros, herreros y trabajador de la piedra, estaban en el infierno de la cantera más favorecidos pudiendo resistir en ella los largos años de la deportación. Al evocar la trágica etapa mi recuerdo va dirigido a mis amigos y compañeros de tortura Payet, Lliso y Sanz -catalanes- el último de Tortosa, el canario Mata, el astur Cruz, el valenciano Gascón, así como a nuestro paisano y benefactor Juan Serralta, todos ellos supervivientes del holocausto, fallecidos en libertad.
La amistad es un preciado don que se manifiesta en situaciones extremas. La misma fue un factor primordial en Mauthausen aunque desgraciadamente, pudo valerse de ella en contadas ocasiones por ser contraria a la doctrina impuesta.
Aparte de la "Wiener-Graben", firma industrial que explotaba las canteras de Mauthausen y Gusen, otros 67 kommandos -si la memoria no me es infiel- salían cada día del campo central, los unos para trabajos en industrias de pueblos cercanos, otros a muchos kilómetros de distancia, siendo la estructuración de todos ellos semejante a una tela de araña que cubría todo el territorio austríaco anexionado por el Tercer Reich.
Analizar los asesinatos tras largas torturas es una tarea imposible. Se estima, según consta en los archivos de Mauthausen, que en toda la geografía austríaca superaron los 180.000. Más mortíferos unos que los otros como el de Gusen, así como los de Melk y Ebensee, que construyeron sus propios hornos para incineración de las víctimas. Los cuerpos de los masacrados en otros campos "regresaban" a Mauthausen donde los dos potentes hornos crematorios estaban funcionando sin pausa.
Nuestros deportados "enchufados" en los servicios administrativos, clandestinamente, sabiendo el peligro al que se exponían, nos advertían que a ser posible, evitásemos o no fuéramos voluntarios a los campos donde el holocausto era más manifiesto como los de Steyr compuesto únicamente por españoles y el de Loibl Pass, éste situado en la frontera austro-yugoeslava. Los camiones cargados de camaradas muertos, accidentados o disminuidos físicos por agotamiento que llegaban al campo central constantemente eran, tras pasar a los vivos por la cámara de gas, convertidos en humo y cenizas.
Al kommando de Loibl Pass le estaba asignada la construcción de un túnel en los montes de Karawanken para facilitar el paso de la frontera austro-yugoslava, proyecto de medio siglo atrás y que Hitler durante la Segunda Guerra Mundial hizo suyo para sus planes estratégicos.
En 1943 un importante grupo compuesto en su mayoría por franceses, algunos españoles y de otras nacionalidades tomó rumbo hacia el objetivo trazado ubicado en una zona donde los montes cercanos eran la guarida de los maquis de Tito, lo que facilitó durante las obras, la evasión de algunos deportados hacia Yugoslavia.
Loibl Pass se liberó por la acción de sus propios componentes. El proyecto del criminal comandante, visto más tarde el desarrollo negativo de la contienda, era introducirlos a todos dentro del túnel y proceder a la voladura de su boca dejando en su interior a las víctimas de su diabólica idea. La rebelión, alentada por la proximidad de los guerrilleros desbarató la "genialidad" del teutón.
Hoy, el túnel es moderno paso entre los dos países, muy usado para acceder a las estaciones de esquí de los montes Karawanken. En el mismo emplazamiento de los sucios barracones del campo para "alojar" a los deportados, se hospedan turistas dispuestos a disfrutar de las nevadas pistas y lujosos hoteles.
Centenares de familias del trágico kommando peregrinan al lugar para perpetuar la memoria de sus seres queridos asesinados. En la entrada del túnel una placa perpetúa su memoria.