Página negativa destacada en el conjunto de la deportación fue que, en Mauthausen y Gusen, algunos de nuestros compatriotas, renegando de su pasado, no tuvieron escrúpulos para convertirse en artífices de las prácticas nazis, aceptando ser kapos. El denominado "Kommando César" fue el más "ilustre" y conocido por nuestros deportados. César Orquín, cabeza visible de los kapos, creó una siniestra leyenda a su alrededor. Yo, al haber convivido con él en el campo de concentración francés de Agde y en la misma Compañía de Trabajadores Españoles creada al inicio de la Segunda Guerra Mundial, tuve ocasión de conocerle personalmente. Natural de Valencia, joven, elegante y cuidadoso de su persona, aunque aparentaba ser un aristócrata decía ser libertario. Confesaba ser descendiente de músicos compositores; mitómano en grado sumo, le gustaba el halago y le placía el ser escuchado. Pese a sus contradicciones plasmadas en considerarse poeta en un momento dado para pasar después a ser autor dramático, doctor o ingeniero, podíamos definirle como un sujeto muy inteligente. César intentó sacar el mayor provecho posible de la situación tan irreal en la que estábamos inmersos los españoles. Hablando casi correctamente el alemán, no tardó en poner su capacidad intelectual al servicio de los SS. Alcanzada la confianza absoluta del capitan Bachmayer y del Legerkommandant (jefe supremo) Zereis, se le concedió el grado de Oberkapo (cabo superior) con la responsabilidad de organizar un colectivo formado exclusivamente de excelentes trabajadores españoles. Así nació el que simbólicamente conocimos como el Kommando César". No le resultó difícil agrupar a unos cuatrocientos de nuestros camaradas, imaginando todos ellos que, abandonar el terrorífico trabajo de la cantera de la muerte y estar bajo el mando de un Superkapo español les depararía un trato más humano y ampliaría sus Posibilidades, por tanto, de sobrevivir al infierno de Mauthausen. ¡Vana ilusión! Tanto Cesar como sus ayudantes nombrados por él para "tratar" a sus trabajadores, eran, ante todo, lacayos de los SS., y el comportamiento de alguno de ellos para con sus compatriotas superaba, con creces, el instinto sanguinario de los kapos triángulos verdes alemanes. Empleados en la industria de armamento en la ciudad de Ternberg, cercana a Linz, el ritmo de trabajo era infernal. Uno de mis amigos, el también valenciano Manuel Ginestar, veterano, junto a otros testimonios, pese a alguna divergencia, llegan a la conclusión de que la conducta de César resultó despiadada, sobresaliendo entre sus ayudantes hispanos su "preferido", un tal Flor de Lis, un joven muchacho de apenas veinte años lleno de instintos criminales que contribuyó enormemente a que el "Kommando César" fuese uno de los que, a ser posible, teníamos que evitar. Al igual que todos los oberkapos, César Orquín tenía a sus preferidos. Estos, una minoría, llegado el día de la liberación defendieron su actuación fundamentándola en que bajo su mando murieron únicamente cuatro españoles, por agotamiento físico y que bajo la dirección de kapos alemanes el porcentaje hubiese superado el 50%. La realidad fue otra más diabólica, Centenas de nuestros camaradas, debilitadas sus fuerzas que les imposibilitaban ya ser productivos, no debían morir allí, siendo trasladados a Mauthausen y Gusen donde eran eliminados definitivamente. El regreso desde Ternberg de numerosos camiones con su triste cargamento y la elección de nuevas víctimas, nos hacía imaginar lo que ocurría en el grupo mandado por el inteligente y a la vez despreciable compatriota. El cinismo de César Orquín llegaba al extremo de elegir entre los desgraciados deportados a cuantos no eran partícipes de sus ideas. La desaparición de miles de víctimas durante el mayor holocausto de la historia de la humanidad, nos privaron de importantes testimonios esclarecedores y a la vez terroríficos, favoreciendo con ello a los verdugos en los juicios celebrados después de la liberación. Entre los kommandos que causaron más víctimas de deportados españoles figura el de Steyr. Los supervivientes de los centenares de compatriotas que lo integraron, jamás olvidarán los nombres de los que bautizamos como "Al Capone", "La Puta", "El Bizco", "La Cigüeña" y "El Gitano", todos ellos integrantes del grupo de nueve alemanes que lo componían. En el mismo hubo participación de kapos españoles. Seis renegados, menospreciando a sus propios camaradas y para protegerse ellos mismos colaboraron con los nazis. Los Ripollés, García, "El Vasco", "El Capitán", "El Gandía", y "Enriquito" fueron, a partir de entonces, fieles observantes de una conducta cruel e indigna. Uno de mis compañeros que pasó por el Steyr, el cordobés Santiago Centeno, así como otros no inmolados, coinciden al denunciar su salvaje comportamiento, superior al de los kapos alemanes. Ripollés, más conocido por "El Bruto" y "Enriquito" -éste con apenas diecinueve años- se servían de un mango de pico al parecerles insuficiente la vara de buey para "tratar" a sus compatriotas. Steyr, situado a unos 20 kms. del campo central, hacía que, ya anochecido, el kommando regresase a Mauthausen en un estado físico lamentable, algo semejante al de quienes subían las escaleras de la muerte de la cantera con un trozo de granito a sus espaldas. Tumbados a nuestro lado, ignoraban si al amanecer les quedarían fuerzas para soportar el inhumano trabajo diario. El terrorífico Steyr fue, después de Gusen y la cantera el más mortífero para los españoles. Su importancia estratégica, la obligatoriedad de trabajar a marchas forzadas obligó a que más tarde su propio campo de reducidas dimensiones fuese montado en su lugar de destino. Sabíamos lo que ocurría en él. No transcurría un mes sin que llegasen a Mauthausen uno o dos camiones con su ritual cargamento de "accídentados" o físicamente inútiles. Convertirlo en cenizas era posible en Gusen, Melk y Ebensee, todos en el entorno del gran campo de mi internamiento, pero el de Steyr carecia de horno para incinerarles. El kommando al que aludo, formado en 1942 por un contingente de unos trescientos españoles, durante el verano de 1943 sobrevivieron muy pocos. Torturados durante el tiempo que permanecieron en él, en su retorno no pudieron resistir las torturas de las que, entre otros kapos, sus indignos compatriotas fueron principales ejecutantes. La organización de exterminio nazi era diabólicamente perfecta. Los flagelados, lisiados, improductivos y moribundos estaban condenados de antemano. Los "señores de raza superior" eran sabedores de que disponían de mano de obra válida para suplir, aunque fuese por tiempo limitado, a todos los seres inocentes que, de forma sistemática, habían exterminado. Cuanto ocurría en el túnel de Loibl Pass, dentro del kommando de "César Orquín" o en Steyr, no se diferenciaba de otros formados por deportados de distintas nacionalidades. Considerando nuestro historial vivido en un campo de exterminio nazi, de nuestra lucha antifascista, iniciada ya en la contienda civil, aún hoy, transcurridos más de sesenta años, somos conscientes de la nefasta labor de algunos de nuestros compatriotas, afortunadamente muy pocos, internados en Mauthausen que aceptaron convertirse en kapos. El instinto de vencer a la muerte que se adueñó de nosotros un vez rodeados de altos muros y alambradas electrificadas, es posible influyera, en buena proporción, a aferrarse a una de las posibilidades de sobrevivir. El terrible régimen impuesto, constatar que el único destino posible era transformado en humo y ceniza evidenciaba dos alternativas, la muerte o el favor del que disfrutaban los kapos, bien vestidos y alimentados aunque de forma efímera, una falsa ilusión puesto que ellos, ignorándolo, estaban incluidos en la programada solución final. ¡No dejar testigos del holocausto hitleriano! Dominados por el instinto de conservación, sabían que el mejor camino hacia la esperanza se fundamentaba en la colaboración con los fanáticos SS., hecho que éstos valoraban sabedores de que para el exterminio masivo necesitaban la ayuda de los propios deportados. Abandonar todo sentimiento humano, usar con profusión la vara de buey era exigencia del alto mando nazi para concederles tal privilegio. El llamado Ramón Vergé, nátural de Jesús (Tarragona), luciendo su brazalete de kapo exponía a viva voz su filosofía. ¡En Mauthausen había que olvidar las ideas y salvar el pellejo!, pensamiento del que no puedo afirmar fuesen partícipes todos los elevados a nuestros verdugos, aunque es bien cierto que nadie fue obligado a ingresar en el siniestro grupo. Trabajando en la enfermería, la conducta de Vergé fue desconcertante, variable, ya que tanto te ayudaba como aceleraba el proceso de eutanasia para que al desgraciado le fuese inyectada gasolina por vía intravenosa, método usual, aunque es posible que, a su manera, adujese que era una forma de evitar mayor sufrimiento. Se sabe que llegada la liberación, Ramon Vergé fue condenado por un tribunal aliado a doce años de reclusión. Sólo cumplió dos, pasando a vivir en Munich. Ignoro si más tarde regresó a España. 
El campo de Mauthausen. Una fortaleza inexpugnable con sus muros de granito y sus altos miradores (Foto SS). 
Muros y miradores ya finalizados (Foto SS).
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