Al de César Orquín y a su kapo predilecto Flor de Lis, un auténtico asesino, ya me referí en "Crónica de Vinarós" del 9-5-98, ambos indignos de ser españoles. La crueldad del último que alcanzó cotas inenarrables le impidió cruzar la puerta de salida de Mauthausen. Tratando de reconciliarse con sus torturados, de nada le sirvió su estratagema. Uno de los que mas sufrieron su crueldad hizo la promesa de que de sobrevivir no le perdonaría. Ante la indiferencia de todos y la aprobación de los apaleados se tomó la justicia por sus propias manos.

A mi conocimiento llegó la noticia de que en el mortífero Gusen, el llamado Tomás Urpí, uno de los más afamados y encarnizados kapos, encontró lo que se merecía por obra de un joven asturiano, cuyo padre y ante su presencia había sido asesinado en los túneles del propio campo por su propio compatriota.

El apodado "Asturias" cuya crueldad era pareja a la de los peores kapos alemanes tuvo mejor suerte. Entregado a los libertadores norteamericanos, juzgado por la muerte de muchos deportados cumplió condena y, según datos que no puedo aseverar, retornó a España, viviendo, probablemente, como una persona normal pese a tener sus manos manchadas con la sangre de sus compatriotas, casos reiterativos en la posguerra.

En el kommando Steyr, 14 Superkapos y jefes de blok se creían amparados por los propios SS. Tres de ellos, Richard, jefe del campo, Aldo y Franz, jefes de blok, fueron eliminados por las propias Schutz-Staffeln.

El español Vicente Ripollés, kapo de triste recuerdo, murió envenenado aunque existen dudas sobre ello. Lo que sí es muy posible es que su deceso fuese obra de sus propios correligionarios con los cuales, hasta entonces, se había entendido a la perfección.

No sería justo obviar el admirable comportamiento de otros españoles que aceptaron puestos de responsabilidad en el enclave de Mauthausen y en sus numerosos komandos. Cito a dos de ellos, uno Juan Gil, jefe de blok número 2, y el joven Rosell del grupo de César. La labor de ambos era difícil y peligrosa. A mayor crueldad más elogios de los SS. Nuestros dos hombres exponían, día a día, su vida ayudando a los más desfavorecidos.

Los testimonios sobre la conducta de Rosell fueron concordantes en cuantos trabajaron bajo su mando. Favorecido con mayor ración de comida, privilegio de todos los kapos, muchas veces la compartía con los más débiles y si en alguna ocasión, ante la presencia de César Orquín o los SS. se veía forzado a usar la vara de buey, lo hacía de la forma más suave posible.


Himmler visita Mauthausen en compañía de Ziereiz (Foto SS).

Una reflexión sobre la conducta de los kapos españoles obliga a establecer dos grupos diferenciados. De una parte los César Orquín, Flor de Lis, Ripollés, Urpí y Vergó entre otros destacados verdugos; de la otra, más grata y reconfortante los Gil, Rosell, el doctor Salvador Ginesta y alguno que lamento no recordar, todos ellos salvadores de muchas vidas de sus camaradas.

Después del genocidio, los kapos españoles afirmaban haber actuado bajo la presión de los nazis y los propios teutones a la obediencia debida como una pieza más del engranaje nacionalsocialista.

Lo cierto es que, tanto para unos como para otros, aparte los ajusticiados, las penas impuestas no fueron proporcionales a los miles de víctimas que con su actuación ocasionaron en los campos de exterminio del Tercer Reich.

El inmenso campo de Mauthausen, capaz de admitir a miles de prisioneros estaba clasificado como de tercera categoría, sinónimo de exterminio total. Durante mis más de cuatro años que permanecí en él pude comprobar la precisión sistemática, infalible y sin pausa con la que se llevó a cabo el macabro objetivo.

Considerando los durísimos años allí transcurridos, la propia confusión y el estado anímico de una situación irreal difícil de imaginar por cualquier ser humano, es imposible describir con exactitud tanta vejación, torturas y asesinatos en masa considerando que los ejecutantes pertenecían a una raza tan sensible a la buena música, al arte, a la ciencia, cuna de grandes aportantes a la cultura mundial y que, seducidos por un visionario alcanzaron cotas de fanatismo y crueldad que hoy, analizadas con frialdad resultan inconcebibles.

Mauthausen, comenzó a construirse antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial en uno de los parajes más bellos que pueda visionarse a orillas del Danubio, circunstancia que he podido verificar, años después de mi liberación, en una peregrinación al campo austríaco, hace que te resistas a creer, siquiera, a imaginar que, en un lugar de exultante hermosura se perpetrase un genocidio de tal envergadura.

Región agrícola por excelencia, de una frondosidad arbórea, signo destacable del Tirol, durante la gran conflagración el terrorífico campo Y sus múltiples tentáculos, se volcaron en la producción armamentística y en la cantera ubicada en el propio campo a cargo de la "Wiener-Graben", generadora de ingentes cantidades de adoquines de granito que pavimentaron plazas y calles de las grandes ciudades austríacas -Viena, Linz, Salzburg, entre otras-, ignorantes los viandantes que pisaban material regado profusamente con sangre humana y a costa de la vida de miles de seres masacrados, entre ellos la de 6.502 españoles.

Llegados al campo, a todos, sin excepción, para ser distinguidos por motivos y nacionalidades, se nos obligó a llevar cosido en la chaqueta del rayado uniforme de presidiario el triángulo que identificaba. Así, de esta forma, nuestros primeros verdugos, casi exclusivamente alemanes y austríacos lucían el triángulo verde, sinónimo de condenados a largas penas por crímenes cometidos u otra causa de derecho común.


Himmler y Kaltenbrunner en la cantera (Foto SS).

Entre la amalgama de colores, los homosexuales lucían un triángulo rosa, los asociales el negro, los objetores de conciencia el violeta, los judíos de efímero paso, primerizos en las cámaras de gas y hornos crematorios ostentaban la estrella de David, amarilla y a veces con el añadido rojo y negro, los políticos de nacionalidades varias el rojo y una letra signando su país de origen.

Todos los Roten Spanier se conocían por su triángulo azul.¿Por qué no rojo? Tal era el sinonimo con el que se nos etiquetó durante después de nuestra contienda civil y que, aun hoy, todavía persiste. Los nazis conocían exhaustivamente nuestra lucha antifascista por obra de su eficiente servicio secreto y por la intervención directa de la Legión Cóndor, grupo de técnicos escogidos que tuvieron ocasión de poner a prueba las sofisticadas armas que iban a entrar en acción en la gran contienda incubada por los propios nazis y que no fueron capaces de ganar.

El color azul, asignado con la S que determinaba nuestra nacionalidad, nos hizo lucubrar sobre el mismo. ¿Pretendían los teutones al incinerarnos rendir homenaje a los caídos en el frente ruso de la División Azul? La coincidencia de nuestro azul de apátridas con genérico de los 17.000 hombres que al mando del general Muñoz Grandes pasaron a integrarse en la Wehrmacht como la 250 división se presta, aun hoy, a admitir tal posibilidad.

El gobierno alemán detectó que entre los centenares de miles de prisioneros aliados capturados en su incontenible avance figuraba un gran contingente de españoles. Consultado el hecho con el gobierno franquista, éste, por boca de su ministro de asuntos exteriores, respondió que los únicos y auténticos españoles se encontraban en su patria.

De esta forma, ante tan contundente afirmación y durante muchos años, los exiliados perdimos nuestra nacionalidad pasando a convertirnos en apátridas, nominación que perduró largo tiempo después de nuestra liberación.

Desde el Mauthausen rescatado ya de las garras hitlerianas, sentíamos una gran alegría por el retorno de nuestros camaradas de cautiverio a sus países de origen, a sus hogares de los que fueron privados durante inacabables años. La propuesta de nuestros liberadores norteamericanos fue idéntica para nosotros. ¡Sois libres!, podéis regresar a vuestra patria! ¿Podían presagiar que tal sueño, tanta felicidad, era en aquellos momentos una quimera? No tenían en cuenta de que destruida la bestia nazi, nuestra piel de toro, nuestro añorado país continuaría durante muchos años sin democracia.

Procedentes de tierras occidentales, los españoles seríamos los primeros en acceder al mortífero campo de Mauthausen y, tras la conflagración los últimos en abandonarlo. Casi un mes después de abrir las puertas de la libertad, tuvimos que esperar a que Francia nos aceptase de nuevo, pero de una manera opuesta a la denigrante aplicada tras el cruce de los Pirineos, sabedores ya, de que miles de los nuestros combatieron al Tercer Reich escribiendo páginas gloriosas derramando generosamente su sangre y la entrega de sus propias vidas por una ación que, ni remotamente, era merecedora de tamaño sacrificio.

Tiempo habrá para referirme más adelante a tal cuestión. Voy a intentar, por tanto, seguir un orden cronológico contando con la tolerancia de mis lectores teniendo en cuenta el tiempo transcurrido, las infrahumanas condiciones impuestas, el estado físico y moral en que nos hallábamos y que, en buena lógica dificultan, aun hoy, aunar toda la barbarie soportada durante los años en los que, en circunstancias normales, dada mi juventud hubieran sido los mejores de mi vida.

Cumplida la cuarentena fui asignado a la barraca nº 13. "Luciendo" nuestro triángulo azul, estábamos concentrados en los barracones 11, 12 y 13. En el que me cupo "alojarme" tuve la inmensa alegría de coincidir con mi camarada de cautiverio y paisano Agustín Miralles Doménech, "Calando". En la 11 se hallaba otro vinarocense, Serralta. Ambos vinarocenses, amigos que jamás olvidaré, fueron primeros deportados a Mauthausen, exactamente desde el mes de agosto de 1940, fecha en la que yo me hallaba en un Stalag de la Silesia, considerado como prisionero de guerra, bien tratado y sin visionar uno sólo de los fanáticos SS. de Heinrich Himmler.

Agustín, me dijo que trabajaba en un kommando exterior. La infraestructura del campo precisaba de la construcción de una Strasse (carretera), labor a la que se dedicaba mi entrañable compañero como peón bajo el mando de un kapo alemán llamado Pietro quien, aun ostentando el brazalete propio de su cargo y el distintivo verde de los criminales de derecho común, no era de los que más odiaban a los españoles.