El camión fantasma y
el Castillo de Hartheim

En el universo nazi, dentro del campo de Mauthausen, con los asesinatos cometidos en la cantera, en el resto de su enorme recinto y con los cadáveres procedentes de los kommandos exteriores que llegaban sin pausa, la salida del humo de sus crematorios era incesante; había material sobrado para ello.

Cualquier medio tendente a acelerar el exterminio era puesto en acción sin demora. Todo valía. Se trataba de forzar la marcha de la máquina del holocausto, bien con masivos fusilamientos, palizas hasta el fin, por hambre, inanición o por medio de las alambradas electrificadas, salida para una incurable depresión en la que te lanzabas o te lanzaban entre risotadas de los autores del empujón. En fin, la muerte te rondaba constantemente, incluso tumbado en la litera o por el suelo.

Con la construcción de la amplia Gaskammer (cámara de gas) en la que se empleaban con eficacia aterradora las pastillas de cianuro se fueron desechando otros medios que, aunque efectivos, eran más lentos. Ese método de exterminio masivo obvió otros que no alcanzaban la contundencia de las pastillas que se fabricaban en Francia, entre ellos el que conocíamos como camión fantasma.

Siendo testigos presenciales nos dábamos cuenta de hasta donde podía llegar la crueldad humana. ¡Habían descubierto un sistema atroz en el que la única pega manifiesta era la limitada cabida del vehículo empleado.

Nuestros compañeros de avanzada edad, los deficientes físicos -los mentales eran de efímero paso- los enfermos, los que destacaban por motivos sociales o étnicos, caían en la trampa urdida por uno de los cerebros más siniestros, el Lagerkommandant Ziereis.

Con la promesa del traslado a un lugar más tolerante, a un centro de salud y en más de una ocasion para probar la resistencia de los jóvenes y fuertes, simplemente por caprichos del jefe del campo, eran encerrados en una caja hermética a la que se conectaba el tubo de escape La fórmula era simple y barata.

El trayecto era breve. Se trataba de conducirle hasta Gusen distante unos seis kilómetros de Mauthausen, los suficientes para que las emanaciones del motor bastasen para su total asfixia. Amontonados en su interior cuarenta o cincuenta deportados extinguian sus vidas después de un atroz sufrimiento. Llegados al punto de destino sus rostros arañados eran prueba inequívoca de su desesperacion.

Provisto Gusen de hornos crematorios en ellos se producía el epílogo de la siniestra obra. De estar saturados, de no dar abasto paral convertir en fuego y humo el macabro cargamento, se retornaban al campo central donde sin más ceremonia, carne y huesos eran devorados rapidamente por el fuego, pasando a ser ceniza, briznas de polvo que se vaciaban a la parte posterior del incandescente artefacto. Su nauseabundo olor era perceptible a gran distancia de manera continua. Por la noche la incesante labor de los grandes hornos, las llamaradas que, junto a la humareda despedían las chimeneas, era una norma.

Los viajes que siguieron hasta la imposicion de sistemas más sofisticados y masivos, fueron, en más de una ocasion, supervisados por el sanguinario Ziereis y el capitán SS. Bachmayer, su "segundo de a bordo" que, desde 1941 hasta 1945, el destino me forzó a conocer.

Sentados en la cabina, uno de ellos al volante, se regocijaban al ver a través de una mirilla de grueso cristal las reacciones de sus víctimas y escuchar sus gritos de agonía.

Tal comportamiento es dificil de explicar y, por ende, de concebir. ¿Es posible que a más nivel cultural mayor refinamiento para la tortura?

Cuantos horrores tuve la desgracia de presenciar en mis largos años de cautiverio refuerzan esta hipótesis que, incluso para quienes éramos testigos presenciales nos costaba creer fuese obra de la especie humana.

Era un acto más de la operación "Noche y Niebla", objetivo fundamental del autor de "Mein Kampf", el funesto Führer del Tercer Reich que llevó hasta los últimos extremos.

Que se sepa, ningún vinarocense fue asesinado por este medio. Sí formó parte de un convoy, según consta en los registros de víctimas de Mauthausen, el joven José Bellés, natural de Ares del Maestre, vinculado a Vinarós por lazos familiares.

José, hermano de la madre de Eloy Fabregat Bellés, éste valorado y recordado carpintero local que nos dejó en la plenitud de su vida, dejando viuda y dos preciosas hijas, pudo comprobar a través de un libro que le prestó mi hermano Sebastián el deceso de su tío. En su contenido figuraba la relación de los "gaseados" por el sistema móvil.

Por carencia de información, finiquita nuestra "incivil" contienda, se ignoraba su paradero. En su pueblo natal se estimaba que había desaparecido en la cruenta batalla del Ebro, frente que se cobró miles de vidas, entre ellas las de muchos vinarocenses.

Es de imaginar la sorpresa de Eloy al enterarse, transcurrido ya más de medio siglo, que su tío, José Bellés, fue uno más de los millones de seres exterminados durante la Segunda Guerra Mundial.

Por mucho empeño que ponga en mi relato jamás podré plasmar con exactitud toda la barbarie y crímenes cometidos en Mauthausen y su entorno.

Considerando que por ley de vidá los años hacen mella en nuestra memoria, intento no dejar en el olvido lo que el destino me obligó a presenciar como el ya referido, y que pervivió hasta el funcionamiento de la cámara de gas.

Dentro del cómputo exterminador los hubo en los que, afortunadamente, no fuimos testigos visuales al ser considerados "secretos de estado" por la finalidad que con ellos se pretendía.

Situado a unos 20 kilómetros de Mauthausen se hallaba el castillo de Hartheim, centro de experiencias humanas.

Atendido por científicos y médicos, a cual más abominable, lo que en su interior se llevaba a cabo no fue conocido hasta la llegada de las fuerzas del general Patton, aunque como es lógico, el desarrollo y resultado de las mismas fue top secret. Su divulgación no se llevó a cabo; nadie de los que pasaron por Hartheim salió con vida, lo que les privó de testimoniar en los diferentes procesos contra los criminales de guerra.

Desde nuestro campo observábamos la llegada, si no periódica, bastante frecuente de un autobús que embarcaba pequeños grupos de deportados que partían con rumbo desconocido. Acostumbrados a presenciar barbaridades, de momento, tal suceso nos hacía permanecer indiferentes, sorprendiéndonos un tanto la circunstancia de que ningun "pasajero" volvía a entrar en el campo. Ignorábamos que se trataba de un viaje sin retorno.

Con el transcurso del tiempo los propios SS. nos anunciaban A cada llegada que venían en busca de nuevos destinatarios para el castillo de Hartheim sin aludir para nada el objetivo de la acción.

Nuestra inicial indiferencia fue dando paso a la inquietud al cercionarnos de que entre la mezcolanza de los escogidos, mayormente enfermos, accidentados o deficientes físicos, figuraba algún español que tal como sucedía en muchos kommandos ya no volvíamos a ver con vida. Del cupo embarcado en el lujoso autocar formaba parte más de un robusto joven al que, quizás, los señores de la bata blanca sometían a experimentos especiales.

En pleno internamiento, hasta el final de la guerra no supimos la multiplicidad de los horrendos experimentos médicos de los que fueron partícipes.

Hacer de cobayas, someterse a la esterilización, a la extraccion de testículos u órganos genitales femeninos, a mil pruebas hasta llegar a la muerte, fue una constante, tanto en Auschwitz-Birkenau bajo la dirección del doctor Mengele, como en el campo de mujeres de Ravensbruck y nuestro cercano Hartheim, solicitado todo ello por los altos mandos militares de la Wehrmacht, Luffwaffen y Kriegsmarine.

Los resultados de las pruebas biológicas, preparación para vuelos de máxima altitud, navegar y desenvolverse en aguas glaciales, entre otros experimentos, no tuvieron tiempo de aplicarlos los nazis. Es posible que los aliados, especialmente las grandes potencias, transcurrido ya más de medio siglo, saquen provecho de lo conseguido por los teutones con el tributo de miles de vidas humanas.

Los numerosos familiares de las victimas del holocausto que visitan el último campo liberado, Mauthausen, sus canteras y el castillo de Hartheim, pueden observar en éste, dentro de sus espaciosas salas, los elementos utilizados por los bárbaros doctores del pretendido régimen de los mil años.

Cuanto acontecía en el castillo estaba supervisado por el SS. doctor Krabsbach al que los deportados apodábamos "El Inyectador" por su propensión a inyectar gasolina en las venas de los condenados, sistema barato y rápido de eutanasia que le complacía aplicarlo con frecuencia.

Si consideramos el valor del cuerpo humano de los deportados, igual a nada para los nazis, carente de todo fundamento y razón de ser, máxime si se trataba de enemigos congénitos a quienes se estimaba como infrahumanos, viejos, inválidos, accidentados, enfermos, con la razón perdida, el borrarlos de la faz de la Tierra se convertía en una misión sagrada que las futuras generaciones de la "Gran Alemania" agradecerían eternamente.