La correspondencia

A partir de la captura por el ejército alemán en el entorno de la línea Maginot, nuestra moral se vio muy afectada por la carencia de noticias de nuestros seres amados.

Desde los Stalags de la Alta Silesia se nos autorizó a enviar nas concisas líneas a nuestras familias. Yo lo hice concretamente el día 19 de octubre de 1940 internado en el Stalag VIII C y en ellas daba cuenta de que me encontraba bien. Su contenido, dadas las circunstancias, no desvirtuaba la realidad en demasía ya que estábamos recibiendo un trato correcto de nuestros guardianes militares.

Con nuestro traslado a Mauthausen estuvimos más de dos años sin poder escribir. Estaba claro que los nazis sabían el soporte que representaba tener noticias de casa y el efecto que ejercía en nuestra moral la carencia de ellas.

Mi cambio desde el Stalag al gran campo de exterminio, mi obligado silencio, interminable lapsus, representó un enorme trauma para mi familia, especialmente para mi querida madre que, a partir de entonces, jamás gozó de buena salud. Ignoraban mi paradero, no sabían, siquiera, si existía.

Gracias a las gestiones de Adelina Miralles, hija del matrimonio Francisco Miralles y Adelina Arnau, vinarocenses ambos, residentes en Séte por motivos profesionales desde hacía muchos años, logró a través de la Cruz Roja Internacional con sede en Ginebra, segun escritos que adjunto, conocer mi situación exacta, faltándole tiempo para trasmitirlo a casa.

La prima hermana de nuestros Agustín y Sebastián Segura Arnau y Guillermo Nemesio Arnau, fallecida joven, dejó en mi familia un recuerdo y agradecimiento imperecedero. Liberado y residiendo yo en Sète, tuve ocasión de tratarles Y valorar la acción altruista de Adelina.

Sumidos en Mauthausen a un aislamiento total, hubo quienes intentaron valerse del personal civil austriaco que trabajaba en el campo para hacer pasar una carta, destinada a su familia.

Más de uno pagó con su vida. No podían imaginar que estos "emisarios", aun no perteneciendo a las SS., sin siquiera ser alemanes, eran fervorosos seguidores de la doctrina nazi, fanatismo manifiesto hasta apreciar los últimos coletazos de la debacle del Tercer Reich y entregaban la nota a quienes no tardaban en aplicar a los osados el máximo castigo.

Definido ya el lugar de mi internamiento, iniciado nuestro, contacto postal, tanto yo como mis padres, nos ateníamos a las instrucciones consignadas en la parte superior de la Postkarte, recibiendo con alegría las concisas líneas de su contenido.

La copia textual, escrita en letra pequeña, de estricta observancia era la siguiente:

1.- El prisionero está autorizado para escribir una vez cada 6 semanas, como así el recibo de la respuesta (no más de veinticinco palabras) solamente de carácter personal y familiar. En la carta respuesta es admitido adjuntar (Coupon Reponse International) Timbre Moneda. 2.- En los envíos de paquetes a los prisioneros está prohibido adjuntar fotografías.

Todas mis postales daban la impresión de que estaba casi disfrutando de una situación perfecta ¡Cuán lejos de la cruda realidad! La estricta censura nazi no permitía el más ligero desliz, mis escuetos mensajes no daban para más.

Desde Barcelona mis padres me enviaban asiduamente paquetes que llegaban a mismanos no sin antes ser abiertos y decomisadas las eolosinas v alimentos más apetecibles, acción de rapiña que yo jamás aludí, ni siquiera de forma velada, en mis anuncios de recibo. Pretenderlo era opositar a un castigo cierto.

De esta manera, pese a la barbarie soportada, mis seres queridos, desconocedores del horror de los campos de la muerte que no trascendió hasta la liberación del primero, se sentían felices al saber que lo que se quitaban de la boca, mucho de ello adquirido en el productivo negocio del estraperlo, llegaba al destinatario, adobado con las noticias de mi hermano Agustín que, sin estar internado formaba parte, en la Francia ya totalmente ocupada, del inmenso colectivo obligado a trabajar para los alemanes.

En Mauthausen, ya avanzado 1943, observamos que algo estaba cambiando en el comportamiento de los SS. Se apreciaba cierta suavización en el bestial trato recibido hasta entonces, acción que atribuimos al cariz negativo que tomaba la contienda.

Por algún prisionero soviético, políglota él, recién llegado al campo, sabíamos que los frentes de la U.R.S.S. estaban inmovilizados en su mayoría y que Alemania sufría derrotas que, a no tardar, iban a cambiar el curso de la guerra. Las formidables disponibilidades humanas del inmenso país y la incesante ayuda de los norteamericanos surtían su efecto que en el propio Mauthausen se notaba por la cada vez menos numerosa llegada de prisioneros procedentes del Este.

Otro factor significativo era la autorización a ampliar el contenido de nuestras Postkarte que pasaron de las 25 palabras hasta primeros de 1943 a las más de 50.

Recibir noticias de casa, asimismo más extensas, eran motivo de alegría que se repetía tantas veces como llegado el correo, ya en el barracón 13, me apresuraba a leerlas y releerlas. Ellas me transportaban hasta mi lejano Vinarósque, pese a la distancia, jamás se borró de mi pensamiento a partir del día en que las circunstancias me apartaron de él.

Sabedores del seguro recibo, repartida la correspndencia era el único placer del que gozábamos los triángulos azules, los considerados a semejanza de los judíos con los N.N., destinados a desaparecer sin remisión como la noche y la niebla sin dejar rastro ni contacto con el exterior, sin dar siquiera señales de haber existido.

Por entonces, nos dábamos cuenta de que los jóvenes soldados de la guarnición, todos ellos fieles y despiadados seguidores de Hitler, de forma ciertamente sorprendente, eran reemplazados por reservistas y que los servicios administrativos pasaban a manos de mujeres de las SS., signos evidentes de la metamorfosis del panorama bélico. El colmo de la sorpresa fue que el capitán Bachmayer, decía sentir simpatía hacia los deportados españoles sobre quienes, hasta entonces, había exteriorizado la maldad almacenada en su cerebro.

Escuchar tal incongruencia semejaba una burla, un sarcasmo en boca del responsable directo de la muerte de miles de republicanos españoles.

¿Órdenes superiores? ¿Instinto de conservación imaginando que tan repentina contrición le serviría de atenuante llegada la hora de aplicar justicia?

La realidad fue otra. Antes de caer en manos de quienes sobrevivieron a su maldad, el desnaturalizado personaje, el que regó con sangre Mauthausen, Gusen, Ebensee y los numerosos kommandos adyacentes, mató a sus dos hijas y esposa, suicidándose después.