| Desde que aparecieron los negacionistas, hemos leido continuamente, y seguimos leyendo en los periódicos, las malévolas afirmaciones de esos individuos capaces de negar la existencia de su propia madre. Resulta que de vez en cuando sale a la palestra algún nuevo esperpento empeñado en crear la duda en las inocentes conciencias, negando las Cámaras de gas que los SS instalaron en los Campos de exterminio. Y si a los muchos indiferentes que pueblan la Tierra, esto les importa poco o nada, a nosotros, a los ex deportados nos tiene por fuerza que sublevar pues no podemos quedar impasibles ante esa canallada que consiste en negar unos hechos que han sido claramente constatados y que figuran en todas las enciclopedias, incluidas las de mínima importancia. Pero lo más doloroso, lo que a mí me causa mayor desespero es el que esos maniáticos indecorosos, quieran dejar en entredicho nuestra palabra de deportados cuando afirmamos la veracidad de los métodos empleados en los Campos, para eliminar a los deportados, entre los que figuraba el de ser asfixiados por los gases ziklón. Yo llegué a Mauthausen el día 21 de enero de 1941. Era ya de madrugada cuando apenas entrados en la barraca que nos habían destinado, a todo el grupo que componíamos la expedición, nos hicieron desnudar rápidamente dirigiéndonos acto seguido a las duchas para lo que tuvimos que atravesar un gran trecho corriendo y tiritando, pues hacía un frío intenso. Nada pasó de trágico en esta ocasión si no fue el que el agua nos helaba por momentos y, alternando, nos quemaba según fuese el capricho del SS, que manejaba las llaves de los grifos, el cual SS, clavando sus ojos en la mirilla de cristal que había en la puerta, se reía a carcajadas contemplando cómo unos pobres indefensos no podían evitar los chorros de agua demasiado caliente o demasiado fría que él nos administraba. Aunque yo quise convencerme de que esta anomalía podía ser causada por algún desarreglo de la instalación, enseguida comprobé que no era así por lo repetitivo de la maniobra. Bajé a trabajar a la cantera y sufrí los avatares que son bien conocídos por haberse repetido muchas veces, y ya, en las conversaciones tenidas con los compañeros se decía que en las duchas se gaseaba a muchos deportados pareciéndome irreal lo que escuchaba pero una noche, estando bien dormido, me despertó el inesperado alboroto que venía de la plaza de Appel y que era producido por el atolondramiento de unas 50 personas (entre ancianos, mujeres y niños) que habían llegado. Contemplando el inícuo proceder (ya sufrido por mí mismo) que los SS, empleaban para hacerles formar en estricta alineación, constató due les dirigían hacia las duchas obligándoles a guardar el impecable alineamiento que allí , estaba estatuido. Al cabo, el sueño me venció. Cuando en la mañana de aquella triste noche, los de mi Stube (barraca) estábamos formados para el recuento, llamó nuestra atención la perfecta colocación de los bultos, y pobre equipaje, que habían dejado los condenados llegados por la noche. Enseguida un reducido grupo de cinco deportados se afanaban en recoger los bártulos abandonados. No tuvimos que hacer ninguna suposición para saber lo que les había pasado a esos desgraciados pues el mismo cabo y el SS, nos decían que les habían gaseado. Aquel día, en la cantera, la triste noticia corrió como la pólvora pero, debido a nuestra particular preocupación, el rumor se fue apagando aunque en nuestra memoria el hecho quedó grabado. Al poco tiempo fui alistado para la formación de un Comando exterior. Por este motivo me quedé en el campo durante tres días sin bajar a la cantera y sin emplearme en ningún otro trabajo. El último de estos tres días, a los propuestos nos dijeron que por la tarde saldríamos al referido Comando pero que antes teníamos que ducharnos. A pesar de estar destinado a trabajar lejos del Campo yo no las tenía todas consigo, y cuando me encontraba debajo de la "alcachofa" o receptáculo, me acoquinaba el temor de que el agua que me chorreaba, se trocara en el maldito gas que había asfixiado a los desgraciados de marras. A pesar de todo yo no quitaba mi vista de la puerta de la entrada, cosa que me serenaba pues veía que el SS vigilante sólo miraba de vez en cuando por la mirilla acristalada, y esto sin socarronería ni gestos bellacos. Quizá pensaba el bruto, que el salir a trabajar al exterior por la grandeza de su Alemania bien valía tener cierta consideración con nosotros. Terminadas las duchas, y ya vestidos con "trajes" recién desinfectados, nos condujeron al patio de los garajes en donde montamos en un camión que allí nos esperaba. Éramos treinta los españoles sin contar el chófer y las otras dos bestias alemanas que nos custodiaban. Creo que debía ser hacia mediados de junio de 1941, cuando el conjunto de los españoles (entre los que yo me encontraba), llegamos a un lugar en el que unas barracas más pequeñas que las de Mauthausen, formaban un perfecto cuadrilátero debido al estudiado emplazamiento en el que habían sido ubicadas. Un manto de verde césped cubría el extenso espacio central. Ya estaba allí el jefe César, que empezaba a ensayarse en el ejercicio de ordeno y mando. Los dos cocineros eran dos deportados alemanes. Fueron llegando deportado de Mauthausen hasta completar la cifra de 350. Estábamos bajo la férula de un Comandante SS ayudado por una reducida reata de subordinados. Nos encontrábamos en las inmediaciones de la ciudad de Vöcklabruck y nuestro trabajo consistía en escavar unos cimientos en el lecho de un riachuelo que nunca supimos para lo que sería porque a los once meses de haber empezado los trabajos, nos trasladaron a Ternberg. Llegamos a nuestro nuevo destino en mayo de 1942, y desde aquí, después de haber avanzado en mucho con nuestro penible esfuerzo, la construcción de un embalse en el río Enns, otra vez nos depositaron en Mauthausen, en el mes de septiembre de 1944. Nuevamente, a los quince o veinte días, salimos hacia Redl-Zipf; no todos pues bastantes de los que tenían amigos influyentes, se quedaron en Mauthausen. Como el Comando de Redl-Zipf era muy importante en número de presos de distintas nacionalidades, nuestro grupo de españoles pasó a la Historia con el nombre de Comando "Cesar" que es la denominación que mejor le corresponde puesto que, desde Vócklabruck, el Jefe indiscutible se llamaba César Orquin Serra, valenciano de alta cultura, envidiable inteligencia, carismática personalidad y, creo, que uno de los dos únicos españoles que hablaban el idioma alemán, antes de haber sido hechos prisioneros. Claro, por ocupar un puesto tan comprometido, para muchos, su actuación no fue lo suficiente equitable. Pero así y todo baste decir que el comando "Cesar" resultó ser el mejor, el más benévolo de todos los que dependían de Mauthausen. En Redl-Zipf trabajábamos en pequeños grupos de españoles a los que agregaban muchas veces diez o quince deportados de otras nacionalidades pero también en estos casos el responsable, o pequeño cabo, siempre era un español. Aquí trabajábamos en unos subterráneos en los que se fabricaba el combustible para los V1 y V2. Al cabo de muy poco tiempo se empezó a rumorear que una parte muy importante de los españoles serían expedidos a Mauthausen, y así pasó pues una mañana nos formaron en el espacio paralelo a la barraca que nos servía de dormitorio y César, algo fanfarrón, pronunció mi número ordenándome que saliera de las filas y que me colocara enfrente. Me dio rabia porque me consideraba su amigo a pesar de las desavenencias que habíamos tenido. El caso fue que César continuó pronunciando números hasta que el cómputo de los destinados llegó a la cifra cien. Ni uno más, ni uno menos. Montamos en camiones creyendo que nos dirigíamos a Mauthausen pero el caso fue que nos depositaron en Gusen II, Campo atroz; el más inhumano que se puede imaginar. Pero nosotros, una vez pasados los momentos de indecisión, quedamos agradablemente sorprendidos ante la evidencia del correcto trato que nos dispensaban los cabos, y los SS. Nos miraban los números, y parecía extrañarse de que nuestra matrícula tuviera solo, cuatro digitos siendo que las que controlaban cada día llegaban a seis números y más. Debo decir que en Gusen 2, el que mandaba en los cabos era el español Indalecio González González (El Asturias), y que por lo que fuese, gozaba de las mayores prerrogativas en todo: en lo tocante a los Comandos del trabajo y al respeto que su autoridad, fáctica, en todo el Campo, Gusen 2, imponía. Todo el mundo le obedecía y le adulaba, incluidos muchos SS de poca monta. Era el único deportado de todos los deportados de Mauthausen y Comandos, que llevaba el pelo largo. Decían que había sido un criminal; yo no lo sé aunque me supongo que no debió de andar con mano blanda. Cuando le detuvieron (en mi presencia) se echó a llorar. Dijo que se había portado bien con todos los deportados y que las bofetadas que había dado, evitaron mayores castigos a los que las recibieron. Después de entregado a un amigo la última carta y una foto de su mujer y su hija, que había recibido, salió detenido por dos españoles armados con un fusil. El dijo: me vais a matar a pesar de haber salvado de la muerte a muchos españoles, respondiéndole el que le detuvo: "Si, pero a mí me diste un puñetazo en la cantera", replicándole él que "sería porque estuvo obligado". Y los tres se marcharon. Dejo en silencio los desgraciados acontecimientos de los que fui testigo porque quiero llegar al que me ha incitado a escribir este relato. Faltaría un mes poco más o menos, para que llegara el día de la liberación, cuando una tarde el SS que nos acompañó en el vagón en el que regresamos del trabajo, en vez de a la barraca de costumbre, nos llevó a otra distinta. En este nuevo "domicilio" me entéré que en la barraca 16 iban a gasear, aquella noche, algunas centenas de deportados considerados inútiles para el trabajo. Sabiendo que tendría tiempo antes del toque de queda, y confiándo en que el nombre del "Asturias" me libraría de cualquier tropiezo desagradable, me dirigí al barracón de referencia con el propósito de recuperar un lápiz y algunos trozos de papel de sacos de cemento, en los que iba escribiendo algunas cosas, de vez en cuando. La barraca de marras estaba completamente ocupada por los desgraciados que habían sido designados; unos en estado más esqueléticos que los otros pero muchos sin ninguna diferencia con los del resto del campo, excluidos, claro, los prominentes pues estos comían a su antojo. Al llegar noté que todas las ventanas estaban cerradas y las rendijas meticulosamente obstruidas con bandas adhesivas, de papel. Sin ningún reparo me dirigí al camastro al que hasta entonces había considerado ser mi cama acogedora, teniendo la sorpresa de encontrar tumbado en él, al judío que conocía pues era el rumano de 18 años, que había trabajado con los españoles en el mismo Comando. Se me saltaron las lágrimas sabiéndome imposibilitado de poder hacer algo para salvarle. Busqué, hurgando bajo la cabecera de la saca de paja pero mis papeles y mi lápiz habían desaparecido. Me extraño que el rumano permaneciera tranquilo, ajeno a lo que le esperaba; y es que así son de engañosas y desleales la inconsciencia y la ignorancia. Me pareció que todas las literas estaban ocupadas y me convencí que muchos de los que en ellas yacían sabían lo que les esperaba. Al salir me detuve durante un momento, a cierta distancia de tres deportados que tenían visos de ser los cabos ejecutores de la inminente hazaña preparada. Alrededor de éstos, otros cuatro o cinco deportados trataban de alagarles con risitas forzadas y estudiadas carantoñas. Me marché completamente anonadado. En mi nuevo "aposento", algunos amigos hablamos de este acontecimiento, y lo hicimos menguando su importancia porque habiendo sido testigos de tantos asesinatos ya nuestra sensibilidad se encontraba abotargada y nuestro cerebro inutilizado por la inercia. La tarde siguiente después del regreso del trabajo, fui a ver la barraca que había hecho las funciones de una cámara de gas. La "saca" de mi camastro estaba despanzurrada; tenía un agujero por el que el rumano debió meter su cabeza buscando el oxígeno salvador que sus pulmones necesitaban. Por el suelo se veían manchas de vómitos y sangre; camastros, sacas y tablas habían sido esparcidas por el suelo. Parecía aquéllo un campo devastado después de una encarnizada batalla. La puerta y las ventanas estaban abiertas. Reinaba un silencio abrumador. R. Alvarez |