Primera Parte

DE LOS CAMPOS DE INTERNAMIENTO EN FRANCIA
A LA DEPORTACIÓN A MAUTHAUSEN


Cuatro fueron los conductos que llevaron a los españoles que habían combatido en las filas republicanas a los campos de concentración nazis: las compañías de trabajo, los batallones de marcha de los voluntarios extranjeros, la deportación de civiles, la Resistencia en Francia. El primero fue el principal. También es aquel cuya historia se inicia con el paso de la frontera francesa tras la caída de Cataluña, en febrero de 1939.

Manuel Razola es un campesino. Ha nacido en 1909 en la provincia de Guadalajara. Durante la guerra española ocupa un puesto de responsabilidad dentro de la administración civil, antes de ser trasladado, en agosto de 1938, a una unidad de asalto. Mariano Constante, por su parte, ha logrado fugarse en 1937 de las cárceles franquistas. Nacido en 1920, es ascendido, siendo aún muy joven, al empleo de teniente. Será pues en calidad de oficial que cruzará la frontera. Patricio Serrano ha nacido en abril de 1917 en Madrid. Ebanista de profesión, también él ha alcanzado la graduación de teniente. Hecho prisionero por los alemanes en Saint-Dié, llegará al campo de concentración en diciembre de 1940 y será transferido a Gusen el 17 de febrero de 1941. Allí es donde lo hallaremos de nuevo, después de los relatos referentes al campo central de Mauthausen.

Lo que esos tres hombres exponen aquí acerca de los campos y compañías de trabajo franceses constituye el calvario de la gran mayoría de los combatientes republicanos españoles. Un calvario, del que nosotros, franceses, no podemos, treinta años más tarde, seguir las estaciones sin cargar con el peso de nuestras responsabilidades nacionales y sin experimentar vergüenza.


RAZOLA

En el transcurso de la primera quincena del mes de febrero de 1939, pasamos a Francia más de quinientos mil hombres, mujeres y niños. Estábamos convencidos de que habíamos perdido una batalla importante, pero muchos de nosotros pensábamos que nuestra guerra no estaba aún perdida. En las provincias centrales, el ejército republicano seguía luchando y resistiendo. Suponíamos que las democracias occidentales no podían aceptar en forma alguna la victoria del fascista Franco y creíamos que las autoridades francesas nos ayudarían a regresar a España para,reanudar la lucha.

Como la acogida que nos reservaban las autoridades francesas no fue ni la que nosotros nos esperábamos, ni la que nos merecíamos, pronto caímos en la cuenta de que nuestras ilusiones eran vanas y de que la República española estaba perdida. Tan sólo una conflagración general podría devolvernos la posibilidad de reconquistarla.

A pesar de la solidaridad del pueblo y de los demócratas franceses, se nos trató peor que a un ejército enemigo. Tras el paso de la frontera nos dejaron durante semanas y meses enteros en las montañas aún cubiertas de nieve y en las playas, sin más resguardo, en estas noches de invierno, que la manta que habíamos utilizado durante toda la guerra. Los objetos personales que nos habíamos traído con nosotros, nos eran arrebatados a la fuerza o comprados por un cacho de pan. Para comer, nos daban un trozo de carne cruda como si fuéramos perros.

Al día siguiente de llegar los primeros de nosotros, las autoridades francesas -de común acuerdo con los franquistas- abrieron un campo de internamiento para todos aquellos que deseaban regresar a España: lo llamábamos el campo de Franco. En efecto, los franquistas tenían en éste múltiples posibilidades para ejercer su propaganda. A menudo ocurrió que los heridos, las mujeres y los niños fuesen enviados a la fuerza a dicho campo. Los más débiles también se refugiaban en él, teniendo fe en los agentes franquistas que les prometían que nada les ocurriría en la España nacional. Nosotros, les advertimos de que serían fusilados en cuanto volvíesen. Y, desgraciadamente, es lo que ocurrió las más de las veces.

Posteriormente, fuimos trasladados al interior del país, a Saint-Cyprien, a Barcarés o a Argelés. Por lo que a mí concierne, fui enviado junto con otros muchos miles a Septfons. En esos lugares, parecía enteramente como si Francia no dispusiese del sitio suficiente para acogernos. Nos apiñaban como a animales, viéndonos obligados a comer y a dormir al lado de las letrinas. El campo, rodeado de alambradas de púas, estaba vigilado por soldados senegaleses. Para colmo, el mes de abril de aquel año fue muy lluvioso y nuestro campo se convirtió en un verdadero lodazal. A medida que íbamos construyendo barracones, nos transferían a ellos. Así es cómo fueron creados por los republicanos españoles los primeros campos de internamiento en Francia.

Dichos barracones eran mucho peores que los de los campos de concentración alemanes. No estaban tapados más que por la parte trasera y en las dos extremidades. Cuando llovía, la lluvia entraba por todos lados, Para dormir, echábamos paja sobre el suelo. Nos veíamos obligados a dormir vestidos todos nosotros dado que no teníamos mantas. La alimentación estaba reducida al mínimo. Por supuesto, aun cuando estuviésemos acostumbrados a esas condiciones de vida difíciles por todos aquellos años de guerra, la situación y la clase de existencia actuales eran mucho peores.

Una vez hubieron quedado construidos los barracones, ya nada nos obligaba a trabajar. Pero, ¿cómo soportar una vida tan miserable y monótona? Los que se conformaban con tal estado de cosas no tardaban en hundirse en la más profunda desmoralización. Jamás en nuestras trincheras españolas nos habíamos visto acosados por tantos piojos y pulgas. Pronto la espantosa ausencia de higiene propició la aparición de numerosos casos de disentería, a veces mortales. Mientras tanto, éramos calumniados constantemente, arguyendo que habíamos venido a ltrancia a comer el pan de los franceses. Y ello, cuando las autoridades sabían pertinentemente el gran valor del material de guerra y de todo cuanto habíamos pasado a Francia para no dejarlo en manos de los franquistas, Pero todo ello no sirvió para nada. Los dirigentes del campo se ensañaban con nosotros, haciéndonos la vida imposible, multiplicando las presiones y las vejaciones. Los patronos tomaron la costumbre de acudir al campo para reclutar mano de obra. Sin embargo, la mayoría de nosotros rechazó, por dignidad, esa esclavitud disfrazada que se nos ofrecía. La desesperación provocó no pocos regresos a España y se empezó a amenazar a aquellos que se resistían a ello, con devolverlos a la fuerza a su país si no se decidían a alistarse en la Legión extranjera o en los batallones de marcha de los voluntarios extranjeros.

Nuestra dignidad de combatientes de una causa justa nos impedía ceder ante esos chantajes ignominiosos. No nos era posible olvidar que ese gobierno que nos avasallaba había abandonado en poder del fascismo a Austria, a Checoslovaquia y a la República española. Si, a nuestra llegada a Francia, hubiésemos visto en este gobierno una clara determinación de luchar contra el nazismo, todos nosotros hubiésemos sido voluntarios para reanudar la lucha contra nuestro enemigo. Pero, de su actitud para con nosotros, de su represión, habíamos deducido que se trataba de un gobiernc de capitulación.

Había, pues, que resistir. "Mejor morir de pie que vivir de rodillas." Fue entonces cuando reestructuramos nuestras organizaciones para poner, a todos aquéllos sobre quienes podíamos ejercer influencia, en condíciones de afrontar todas las situaciones que pudiesen presentarse. Tal programa implicaba una labor política, así como también la organización de entretenimientos deportivos y de espectáculos. Nosotros, que rechazábamos la esclavitud de las compañías de trabajadores, nos desvivíamos para construir un terreno de deportes. Así fue como durante muchos meses conseguimos hacer frente a tal situación. Fue necesario que las autoridades francesas ocupasen militarmente nuestro campo y que recurriesen a la fuerza para diseminarnos en las compañías de trabajo formadas desde hacía ya meses en otros campos.

Cuando la declaración de guerra, quedaban muy pocos españoles en los campos franceses. Algunos habían regresado a España. Los que habían desempeñado cargos de mayor responsabilidad habían marchado a América Latina o a la URSS. Los demás quedaban repartidos entre los batallones de marcha y, sobre todo, las compañías de trabajo donde algunos, al igual que nosotros, habían sido incorporados a la fuerza. Esas compañías fueron entonces utilizadas bien en la industria de guerra, bien, en su mayor parte, para reforzar las fortificaciones de la Linea Maginot.