Una vez en esas compañías, se nos obligó a firmar un contrato que nos ligaba para toda la duración de la guerra. Estábamos bajo el mando de un capitán francés y vigilados por gendarmes. El sueldo era de cincuenta céntimos al día.

Cuando llegamos a la Línea Maginot, la población civil había sido evacuada. Dormíamos en las casas desocupadas. Dado que la alimentación era muy insuficiente, la completábamos con las verduras y frutas que hallábamos en los huertos dejados sin cultivar. En cuanto a lo demás, nos veíamos obligados a organizarnos nuevamente, por una parte para paliar las pésimas condiciones de trabajo que nos eran impuestas, por otra, para hacer frente a la situación de la "drôle de guerre" o "guerra de mentirijillas", durante la cual los franceses que nos vigilaban nos decían sin ambages que el declarar la guerra a Alemania había sido un error, cuando de hecho, el verdadero enemigo era la URSS. Y nosotros, de paso, puesto que consideraban, erróneamente, que éramos todos comunistas. No podíamos por menos que pensar que esta actitud no presagiaba ningún futuro esperanzador ante un ejército fuerte y fanatizado como lo era el de Hitler.

Cuando se desencadenó la ofensiva alemana, las compañías de trabajo dejaron a un lado la pala y el pico para empuñar las armas. Con las armas en la mano, hemos hecho lo mismo que los soldados franceses. Es decir, no mucho. La traición estaba fraguada desde hacía mucho tiempo. La mayoría de los oficiales ni podían, ni querían organizar la resistencia. Compartimos la retirada de] ejército francés. Nosotros, que habíamos resistido en España por espacio de tres años a pesar de la inferioridad del armamento del que disponíamos, no conseguíamos dar crédito a nuestros ojos cuando veíamos que la Línea Maginot era abandonada junto con casi todo el material que atiborraba sus blocaos.

En compañía de otros muchos camaradas españoles, inicié la retirada en la región de Belfort. Durante toda una noche, tratamos de forzar el cerco alemán. Habíamos quedado rodeados y nos veíamos, por añadidura, abandonados a nuestra suerte por el mando francés. Decidimos entonces pasar a Suiza. Cruzamos la frontera junto con soldados franceses y fuimos tratados por un igual. La primera noche nos alojaron en un pajar y dormimos a pierna suelta.

Al día siguiente, por la tarde, los suizos nos hicieron formar y nos comunicaron que nos iban a trasladar al interior del país donde estaríamos mejor. De ahí, nos enviarían a la parte no ocupada de Francia. Caminamos hasta una ciudad, y, una vez ahí, hasta una prisión. Llegados a ésta, se nos repartió en varias celdas, explicándonos y arguyendo que no disponían de suficientes ínstalacionCs para todos aquellos que procedían de Francia. En efecto, unas horas más tarde, nos abrieron las puertas de las celdas y nos invitaron a salir de ellas. Cuál no sería nuestra sorpresa al ver de cada lado de la escalera una fila de soldados con casco y con la bayoneta calada que nos conducían hasta unos camiones militares que estaban esperando afuera. Delante de los camiones, soldados con ametralladoras. Los suizos habían adoptado precauciones propias de las de un traslado de criminales. Los camiones arrancaron en plena noche. Nos hicieron bajar de éstos al llegar al otro lado de la frontera francesa, vigilados por soldados suizos armados hasta los dientes. Allí, nos abandonaron a nuestra suerte. Unas horas más tarde, los alemanes nos descubrieron en el bosque donde nos habíamos ocultado. Fuimos considerados como prisioneros de guerra. Las medidas adoptadas por las autoridades suizas habían violado no tan sólo las leyes internacionales, sino también las reglas de hospitalidad de un país reputado por su neutralidad. No cabe la menor duda de que los suizos tomaron esas medidas porque sabían quienes éramos y que habíamos luchado contra el fascismo. A menos que se hubiesen atenido a instrucciones de las autoridades consulares franquistas.

Una injusticia más en contra nuestra, una nueva etapa en nuestro devenir, pero para muchos de nosotros, ese 21 de junio de 1940 significaría la última etapa. Caídos en manos de los alemanes, es a manos de los alemanes como íbamos a morir. Aquel día, que podíamos considerar como el cuarto aniversario de nuestra lucha contra el fascismo, se convertía de hecho en un día plagado de malos augurios. Nosotros, que habíamos logrado zafarnos de las garras ~el fascismo en España, he aquí que se nos entregaba a los mismísimos criminales nazis, a aquellos que habían arrasado Guernica y sembrado tantas ruinas y desolación en nuestra patria.

Hasta aquel entonces, habíamos ido recibiendo noticias de los nuestros en España. A pesar de la censura, sabíamos que la represión franquista se había desencadenado de manera desenfrenada: encarcelamientos, asesinatos, deportaciones. Había podido enterarme de que dos de los hermanos de mi madre habíQLn sido ejecutados y que otro se hallaba encarcelado, al igual que mi padre, aprisionado en Galicia, Muchos de mis primos habían sido ejecutados también. La guardia civil se había presentado en mi casa a las dos de la madrugada, creyendo que me hallaba escondido en ésta. En cuanto a la mujer de mi tío que había sido fusilado, había sido devuelta de Francia a España junto con sus diez hijos. Cuento todo esto para que se sepa por lo que habíamos pasado ya antes de caer en manos de los alemanes. Ahora bien, no querría que todo ello fuese considerado como un reproche al pueblo francés al que tanto debemos por la ayuda y la solidaridad de las que ha dado muestra en todo momento para con nosotros. Los resporisables de nuestra situación son aquellos que decidieron la no intervención y preferido la capitulación ante el fascismo para poder oprimir mejor a su propio pueblo.

Tras ser hechos prisioneros por los alemanes, caímos en la cuenta de que los soldados que nos vigilaban no sabían a ciencia cierta si éramos franquistas o antifascistas. Los primeros días, nos demostraron cierta simpatía. Tal circunstancia suscitó cierto equívoco en algunos de los nuestros que llegaron a creer que los alemanes nos consideraban como aliados suyos puesto que ellos, por su parte, estaban aliados con la URSS. No tardaríamos mucho tiempo en saber a qué atenernos.

Los principios de nuestra estancia en el stalag fueron muy duros. Al igual que en los campos de internamiento en Francia, la inactividad, el hambre, los parásitos, todas las miserias propias de la cautividad traían consigo enfermedades. La desmoralización cundía con mayor fuerza si cabe. Nuestra organización había quedado desmantelada una primera vez cuando habíamos pasado a Francia. La habíamos reestructurado en el campo de internamiento. Destruida nuevamente cuando nuestra incorporación a las compañías de trabajo, y restaurada una vez más a pesar de la estrecha vigilancia de los militares y de los gendarmes. Desde luego, algunos de nuestros compatriotas nos criticaban y aceptaban a regañadientes esa labor política, pero para nosotros, resultaba tan indispensable como el alimento o el aire que respirábamos. Este fue el motivo por el cual en el stalag, nos obstinamos en reconstituir nuevamente nuestra organización. La desorientación reinante entre algunos de los nuestros, y a la que me he referido anteriormente, nos impelía a ello.

Empezamos por explicar que los alemanes que habían ayudado a Franco, dado al traste con la libertad en Austria y en Checoslovaquia, ocupado Polonia y Francia, no tardarían en revolverse contra la URSS, a fin de poder dominar el mundo por el terror, sumergiéndolo en un baño de sangre. Los alemanes eran nuestros enemigos. Cuando se enterasen de que habíamos luchado contra ellos en España, nos tiatarían como a sus peores enemigos. Hacer comprender todo lo que acabo de indicar resultó, al principio, muy difícil, pero pronto los hechos vinieron a sustentar nuestros argumentos.

Al cabo de unas semanas, empezaron a enviarnos a trabajar. Nosotros, habíamos aconsejado la pasividad y el sabotaje. Nuestra tarea consistía en descargar trenes enteros de productos alimenticios sustraídos a Francia, Decidimos trabajar poco y robar mucho. Tal medida tuvo fácil aceptación. Y en poco tiempo, desapareció el hambre. Los sacos de paja que nos hacían las veces de colchones estaban atiborrados de patatas, de margarina, de chocolate, de tarros de confitura. En España, se dice que "quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón".

El trabajar afuera nos permitía entrar en contacto con la población civil y nos daba la posibilidad de preparar la evasión de algunos de los nuestros. Y ello tanto más que nos hallábamos, por aquellos tiempos, aún en territorio francés, en los cuarteles de Belfort. Sin embargo, los soldados franceses con quienes habíamos hablado estaban desorientados por completo, creyendo que, puesto que no habían ofrecido seria resistencia a Hítler, pronto serían dejados en libertad. Muchos de ellos consideraban a Pétain como a un salvador.

Estas diversas circunstancias habían contribuido en gran manera a levantarnos el ánimo, ¡Cuán lejos estábamos de suponer que la mayoría de nosotros seríamos exterminados en los campos de concentración! Lo que más temíamos, era el ser devueltos por los alemanes a la España franquista. Esto era lo que más preocupados nos tenía cuando Serrano Súñer, ministro de Asuntos Exteriores de Franco, se trasladó a Berlín. Poco después de esta visita, la Gestapo se presentó en los stalag para establecer fichas completas sobre cada uno de nosotros. Los traslados se iniciaron casi de inmediato. Ignorábamos el punto de destino. Si bien temíamos que fuese España, los más optimistas, en cambio, se imaginaban que era para ir a trabajar en la agricultura o en la industria en Alemania. Por aquellos entonces, nadie conocía siquiera la existencia del campo de concentración de Mauthausen. Y, sin embargo, fue hacia ahí donde, a partir del mes de agosto, empezaron a multiplicarse los transportes.

La entrevista de Franco con Hitler en la frontera francesa, el 23 de octubre, generalizó esos envíos. Los franquistas preferían dejarnos en manos de los nazis, pensando probablemente que de esta forma nadie sabría ni dónde ni cómo habían desaparecido millares de antifascistas españoles.


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