CONSTANTE

El 9 de febrero de 1939, a las nueve y media de la noche, me presenté en el puesto fronterizo de Bourg-Madame. Era responsable de un camión GMC cargado con todo el material de la pagaduría de la brigada y con todos los documentos y archivos relativos a nosotros. Me fue notificado que, al formar parte del Estado Mayor del cuerpo de ejército, tenía que pasar por un puesto fronterizo especial entre Bourg-Madame y la Tour-de-Carole. Una hora más tarde, llegamos a territorio francés.

Tras haber reagrupado todos los camiones del EM, fuimos dirigidos hacia un prado situado a la salida de Bourg-Madame en la carretera de Font-Romeu. Únicamente los suboficiales pudieron permanecer ahí, y los soldados fueron conducidos a otro terreno donde se hallaban concentrados varios miles de combatientes republicanos. Instalamos nuestros despachos en una tienda de campaña, y durante unos días seguimos liquidando las pagas correspondientes a los efectivos de la brigada, convencidos todos nosotros de que el gobierno francés iba a permitirnos partir rápidamente con destino al frente de Madrid. Pronto quedamos desengañados cuando los guardias móviles vinieron a anunciarnos que quedaríamos internados en Francia.

Habiendo dado alguien el soplo de que teníamos a nuestro cargo un camión de armas, cierto día se me presentó un piquete de gendarmes y de guardias móviles, espetándome:

- ¡Venimos a incautarnos de sus armas!

Contesté que no haría entrega de ellas más que a un representante del gobierno español, dado que no nos encontrábamos en Francia más que en tránsito.

El primer día parecieron conformarse, pero al día siguiente acudieron unos cincuenta guardias móviles que requisaron nuestros fusiles ametralladores. Dos días más tarde le tocó el turno a nuestro material de oficina, máquinas de escribir, calculadoras, etc., so pretexto de remitirlo... al gobierno español. Tan sólo me dejaron la maleta con nuestros dos millones de pesetas. De cualquier forma, por nada del mundo me hubiese desprendido de ella, así como tampoco de los papeles y documentos más importantes de la pagaduría. Habiendo sido encargado de avituallar el fuerte Mont-Louis, donde se hallaba atropada la división 26, mi capitán me hizo confiar por las autoridades francesas una misión análoga en el campo de internamiento de Bourg-Madame. Cuando hablo de avituallamiento, esto significa un chusco de pan repartido entre varias personas. Al ir a recoger dicho pan en la estación de Tour-de-Carole encontré a varios centenares de heridos y de soldados amputados en el almacén de mercancías. La Cruz Roja francesa ni tan siquiera había venido a ayudar a las enfermeras españolas. No lo hizo más que al cabo de algunos días y debido a nuestras protestas.

Una mañana, un grupo de 400 a 500 oficiales, suboficiales y comisarios políticos pertenecientes en su gran mayoría al X Cuerpo fue reunido para ser enviado a Septfons. Ahí volví a encontrar a mis compañeros del Estado Mayor y, naturalmente, a mi capitán. A mí ya no me quedaba nada más que mi maleta con los dos millones de pesetas, una tienda de campaña individual y una manta. En la maleta llevaba el uniforme nuevo que me había hecho hacer dos meses antes en Barcelona.

Habían puesto a nuestra disposición vagones de tercera clase en vez de vagones de carga. Me sentía enfermo; como no podía ser atendido, me encontraba en bastante mal estado cuando llegamos a Caussade. Habían hecho detener el tren en las afueras del pueblo. Allí nos esperaba una nueva sorpresa: un regimiento de senegaleses rodeó el tren.

Armados todos ellos de fusiles y de machetes y mandados por jóvenes oficiales franceses, nos hicieron bajar sin contemplaciones y tomar el camino que nos indicaron. Consumido por la fiebre, apenas si podía tenerme en pie. Mis compañeros llevaban mis bártulos. A pesar de ello me iba rezagando. Un senegalés quiso hacerme apresurar el paso, empujándome con la culata de su fusil. Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos: el capitán Pastor, soltando su impedimenta, asestó un puñetazo al sonegalés, dejándole fuera de combate. Los demás soldados se pusieron a vociferar. Su oficial, con el rostro demudado por el temor, acudió corriendo. Pastor, que hablaba el francés, exclamó: "Haga usted que seamos tratados como seres humanos, como lo que somos, o entonces, esto no es más que una pequeña muestra de lo que puede ocurrir. ¡Recuerde que estamos acostumbrados a luchar y que no toleramos que se nos maltrate!"

La columna reemprendió la marcha sin que se produjesen más incidentes. Al llegar a la proximidad de lo que debía ser el campo de Septfons -pues aún no se habla construido ningún barracón-, nos encerraron en un descampado rodeado de alambradas de púas. Dicho emplazamiento fue llamado el "Campo de Judas". Ni una construcción, ni un árbol, tan sólo un terreno pelado. No disponíamos más que de nuestras tiendas de campaña y de nuestras mantas para resguardarnos de la intemperie. ¿Cuántos éramos? ¿14.000? ¿20.000? No tengo la menor idea. No podíamos dar ni un paso. Mis compañeros me montaron la tienda de campaña. Un médico amigo mío diagnosticó una bronconeumonía. A pesar de los intentos de mis camaradas, ningún médico francés se molestó en visitarme, Tampoco me fue dado ningún medicamento. Para colmo de males, al día siguiente se puso a llover y el agua se introducía en mi tienda, calándome hasta los huesos. Poco después, al subirme la fiebre, perdí el conocimiento.

Mis amigos lograron por fin que me diesen leche concentrada y aspirinas. Una semana más tarde conseguí superar la crisis. Dado mi estado de salud, fui autorizado a trasladarme a Septfons y a instalarme en uno de los barracones recién construidos.

Teníamos que hacer frente a nuestra nueva situación. Tan sólo dos países estaban dispuestos a acogernos: la URSS y México -las dos naciones que nos habían prestado ayuda durante nuestra guerra. La policía francesa tomaba nota de nuestras inscripciones, al igual que el SERE, organismo encargado de nuestra evacuación. Sin embargo, al darnos cuenta de cuán pequeño era el número de nuestros compañeros que podían marchar por ese conducto, pronto comprendimos que dicha evacuación se prolongaría por espacio de meses y meses. Mis camaradas me nombraron secretario del barracón 37, y así fue cómo, por vez primera, asumi una responsabilidad de Partido.

Durante el verano de 1939, numerosos fueron los camaradas que partieron para trabajar libremente como mecánicos, torneros y ajustadores. Parte de ellos fueron enviados a Toulouse, y la gran mayoría a Saint-Etienne. Se hicieron contratos a aquellos que aceptaron ir a trabajar de mineros. Para nosotros esto representaba una victoria, pues habíamos conseguido fuese tomada en consideración nuestra reivindicación principal que era la de no ser utilizados como mano de obra subvalorada.

No obstante, las autoridades no habían cejado en su empeño, y a sabiendas de que ninguno de nosotros iría voluntario a las compañías de trabajo, decidieron enviarnos a éstas a la fuerza. Así es cómo un día se hizo formar a todo el mundo en la explanada y guardias móviles a caballo nos rodearon. Un grupo bastante írnportante de nuestro barracón 37 fue designado, y yo entre ellos. Nos trasladaron a otros barracones en espera de que se extendiesen nuestras hojas de ruta. Es lo que esperábamos. Durante la noche, tras burlar la vigilancia, logramos regresar a nuestro antiguo barracón. Al día siguiente, de los 1.200 hombres escogidos, no quedaban más que 800 que fueron enviados a Montmédy.

Aun cuando el rancho hubiese mejorado algo, nuestra vida en el campo seguía siendo misérrima. Para evitar los piojos teníamos que hacer hervir nuestra ropa. Así es cómo mi flamante uniforme hecho a la medida en Barcelona tuvo que pasar por esa desinfección.

El trabajo de la organización del Partido era ahora casi perfecto. Controlábamos todas las manifestaciones en contra de las autoridades. Organizábamos huelgas. Hacíamos aceptar la disciplina interior del campo. Por supuesto, las autoridades francesas no iban a dejarnos actuar durante mucho tiempo sin reaccionar. Habíamos trastomado sus planes, especialmente en el reclutamiento de voluntarios para las compañías de trabajo. Denunciábamos las ¡legalidades que cometían, así como las presiones que ejercían para obtener alistamientos en la Legión extranjera y regresos a España. La policía francesa conocía, gracias a los soplones, la identidad de nuestros dirigentes. Por muchas precauciones que tomásemos, haciéndoles cambiar de barracones, un día un fuerte contingente de guardias móviles a caballo hizo irrupción a las 5 de la madrugada. Tras ser controlados uno por uno, toda la dirección del Partido fue detenida y trasladada a Cotlliure. Lo cual no fue óbice para que nuestra organización reanudase sus actividades como antes de lo sucedido.

La situación internacional se deterioraba por momentos y las condiciones de vida en el campo eran apenas soportables. La lentitud de la evacuación hacia la URSS y México había llegado a tales extremos que la esperanza era cada vez menor. Ningún barco que no fuese mexicano o soviético aceptaba embarcarnos, y cuando pensábamos en las distancias por recorrer...


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