Segunda Parte

DE LA RESISTENCIA ESPAÑOLA
A LA ORGANIZACIÓN DE LA RESISTENCIA INTERNACIONAL


Se impone volver a referirnos a esa vida, a esa muerte de cada día. Nadie como los españoles ha vivido la atmósfera que se respiraba en Mauthausen en aquel año de 1941, el año de las grandes victorias de Hitler, el año en que los SS creían a pies juntillas en la guerra relámpago contra la Unión Soviética. Fue la época de la gran embriaguez del Reich milenario. Todo les era permitido a los SS, y tanto más si era en contra de esos "rojos". Mas, cualesquiera que fuesen la fe y el fanatismo de los verdugos, éstos se resquebrajarían ante la determinación de esos prisioneros. He aquí el campo de concentración, el campo de exterminio, el campo de cada día. Nos hallamos en 1941.

RAZOLA

Cuando llegué a Mauthausen el 26 de abril de 1941, muchos eran los españoles que me habían precedido y muchos también eran los que habían muerto. El campo estaba aún completamente dominado por los prisioneros de derecho común. Tan sólo algunos polacos empezaban a tener acceso a los puestos de responsabilidad en los barracones y en los kommandos, pero se trataba de reaccionarios que manifestaban una viva hostilidad política para con los españoles. Ya en aquella época, los españoles procedentes de los primeros convoyes, los que habían logrado sobrevivir, empezaban a ser considerados como veteranos, a conocer el campo y, dado que eran hombres del pueblo que sabían vivir de sus manos, empezaron a introducirse en los kommandos en los que, al llevarse a cabo un trabajo especializado, las condiciopes de vida eran más llevaderas. No pasaba día en que algunos lograsen entrar a formar parte de los kommandos de costura, de pintura, del almacén de ropa, de la desinfección, en la sección de carpintería donde se fabricaban muebles para los SS, en el kommando de electricistas, Al propio tiempo que trabajaban bajo techado, podían hacerse con diferentes elementos que serían aprovechados por sus compañeros.

Ese movimiento se extendió hasta la cantera. Muchos de los nuestros solicitaron puestos de especialistas en la forja, en la taladradora neumática. Algunos de ellos no tenían la menor experiencia en esa clase de trabajo, pero iban aprendiendo... Fue por entonces cuando se inició la construcción del formidable muro que circundaría el campo. Todos nuestros campesinos sabían construir un muro y se presentaron como albañiles.

Un español llegó a ser kapo en esa construcción. Le llamábamos El Maño porque era aragonés, pero su verdadero nombre era Manuel. Tuvo así la oportunidad de nombrar a otros españoles como kapos de cuadrilla y, en ese sector, a pesar de que el kapo en jefe era un bandido -que, por cierto, fue ejecutado cuando la liberación de Mauthausen- los españoles acabaron por llevar la voz cantante.

El rendimiento era muy bajo y si la construcción del muro progresaba, ello era debido principalmente a la abundancia de mano de obra.


Siedlung evoca, para quien es conocedor del idioma alemán, la imagen placentera de una ciudad-jardin. Siedlungsbau, que significa la construcción de un complejo de ese tipo, era un término que dejaba aún despavoridos a los veteranos del campo cuando nos hablaban de ello tres años después, en 1944. Hasta tal extremo que un día, intrigado, quise saber si realmente de lo que se había tratado de construir era una SiedIung o no. Sí, y en un paraje espléndido, me contestaron. He aquí como se moría en ese pintoresco paisaje.


CONSTANTE

En la primavera de 1941, los SS decidieron construir chalets para todos los oficiales SS. El lugar escogido para ello se hallaba situado sobre una colina, cerca de la bifurcación de la carretera que va de Mauthausen a Gusen. El kommando fue denominado Siedlungbau. A éste fueron incorporados 350 españoles, entre los cuales numerosos especialistas. Los trabajes de construcción de los chalets se iniciaron al mismo tiempo qáe la construcción de la carretera que debía lievar hasta el emplazamiento de las obras. La carretera distaba unos 500 o 600 metros de la obra, con un desnivel de cincuenta metros por lo menos. Por lo tanto, hasta que no estuviese acabada la carretera, había que subir todos los materiales de construcción, piedras, cemento, armazones, etc., cargados sobre las espaldas.

Al igual que los demás presos, llevábamos una especie de sandalias con suela de madera que dejaban el talón al descubierto, a semejanza de las chinelas, y que nos hacían mucho daño en los pies. En cuanto llovía, chapoteábamos en el barro que nos llegaba hasta las ro dillas y acabábamos perdiendo nuestro calzado. Se veía entonces obligado uno a trabajar descalzo hasta la noche. Bajábamos la cuesta corriendo, asaetados por los golpes de los SS y de los kapos. Las escenas espeluznantes se sucedían durante el día entero. Cuando uno de nosotros se desplomaba agotado, los SS le ahogaban hundiéndole la cabeza en el barro. Cada noche regresábamos al campo, cargando con los muertos.

Los mandos del kommando en cuestión, eran de lo más "escogido". Eran suboficiales SS, seleccionados entre los más implacables, que habían ido ascendiendo gracias a sus hazañas sanguinarias. Se habían rodeado de los kapos más abyectos, siendo el kapo en jefe, un tal Matucher, un sádico que se mordía la lengua cuando golpeaba a los presos y cuyos ojos se inyectaban en sangre a medida que se ensañaba con sus víctimas. Se rodeó a su vez de los asesinos que, más tarde, mandarían la Strafkompanie, la compañía disciplinaria: Mayer, un antiguo boxeador; Christian, proxeneta en Hamburgo y Barcelona, que hacía las veces de intérprete; Schmidt, un asesino a sueldo; Pelzer Sup, un homosexual. Todos ellos se habían ya ejercitado sobradamente cuando exterminaron a los judíos holandeses a su llegada al campo. Dieciséis horas de trabajo al día. El domingo, todos los prisioneros del campo eran obligados a transportar piedras a cuestas desde la cantera hasta el S¡edIungbau, lo que representaba una caminata de cerca de tres kilómetros. Los SS exigían que se llevase a cabo dicho transporte a un ritmo desenfrenado, prohibiendo a los presos detenerse para hacer sus necesidades o para beber agua. ¡Ay del que desobedecía las órdenes! Habíamos construido un sifón para facilitar el desagüe de las aguas de un riachuelo y evitar de esta guisa que quedase anegada la carretera que subía hasta la obra. Uno de los pozos tenía dos metros de profundidad; ahí es donde se echaba, vestidos, a todos los que eran sorprendidos bebiendo. Los SS les impedían agarrarse a los bordes, pisoteándoles las manos. Se había convertido en uno de los pasatiempos predilectos de los SS y de los kapos.

El beber era tanto más peligroso cuanto que el agua estaba contaminada. Se presentaban numerosísimos casos de disenteria. Y los que padecían dicha enfermedad, al no poder hacer sus necesidades en todo el día, ensuciaban sus calzoncillos. Por la noche, los jefes de barracón examinaban dichas prendas precisamente con el fin de descubrir a los enfermos. A éstos se les ponía debajo de una ducha helada y luego se les hacía tumbar desnudos sobre el cemento al lado de los muertos traídos por el kommando, ahí amontonados en la espera de que fuesen quemados sus cuerpos. Pocos eran los que sobrevivían hasta el día siguiente. Si aún seguían vivos, se les enviaba de nuevo al kommando. A la noche siguiente, se les traía de vuelta al campo, pero esta vez muertos.

Todos los trabajos de terraplenado se realizaban sin máquinas. Llevábamos la tierra en Trage, especie de parihuelas transportadas por dos hombres Aplanábamos el suelo arrastrando un enorme rodillo. Quien flaqueaba era liquidado de inmediato.

La vida en los barracones, cuando regresábamos al campo, había sido cuidadosamente estudiada para que prosiguiesen las torturas padecidas ya durante todo el día. Había que cruzar el refectorio del barracón para entrar en el dormitorio. Teníamos que pasar con los pies desnudos por encima de una estera muy estrecha. ¡Pobre del que se saliese de ella! El piso del barracón debía estar constantemente brillante y sin la menor mácula. Otro tanto sucedía con los cubiertos y las escudillas, y por tal motivo nos prohibían utilizarlos.

Por la noche, hiciera el tiempo que hiciera, los SS hacían abrir las contraventanas de los dormitorios. Cuando la nieve caía abundantemente, tal como ocurrió durante la primavera de 1941, nos hacían levantar para apisonarla con los pies, y a la mañana siguiente, nos hacían levantar temprano para barrerla antes de que marchásemos a trabajar. Hiciera el tiempo que hiciera, nos obligaban a comer el rancho fuera del barracón.