Cedemos de nuevo la palabra a Marcelino Bilbao. No por necesidad de simetría, ni siquiera, para hablar con propiedad, de estereoscopia. Ha vivido el mismo terror, no digamos diferentemente, pero enfocándolo diferentemente. Ha hecho frente a éste de idéntica forma. La espantosa repetición del terror con su monotonía, sus mecanismos inhumanos, y los numerosos subterfugios que sabe poner en juego el hombre para prolongar ese milagro que es la vida. Pero Marcelino Bilbao nos hace comprender -porque lo ha experimentado personalmente- que los españoles han sabido constituir un grupo, una comunidad que reunía, amparaba a los suyos en el cálido seno no tan sólo de la solidaridad material, sino también de la ayuda mutua, del idioma común que acaba atribuyendo a todos sus motes, es decir, su propia traducción del campo de exterminio y de sus verdugos. Y dicho campo queda exorcizado y sus verdugos desposeídos de parte de su poder cuando pasan a llamarse, por ejemplo, El Seco.

BILBAO

Después de la cuarentena en el barracón 15 donde lo pasamos fatal, fuimos trasladados al barracón 18 donde lo pasamos aún peor. El jefe de barracón era un truhán famoso, conocielo bajo el apodo de Capone de Berlín. A su barracón eran enviados los enfermos y los heridos. No para cuidarlos y sanarlos, sino para dejarlos morir en cualquier rincón como si de animales abandonados se tratara. Entre esos desgraciados, había habido numerosos españoles que nos habían precedido de algunos meses. Resulta imposible plasmar la atmósfera que reinaba en aquel barracón, si no es a través de algunos detalles significativos. Por ejemplo, las mantas estaban tan asquerosamente sucias que ya no se sabía por dónde cogerlas y desprendían un hedor espantoso. Todo estaba cubierto de piojos, pululaban sobre el pan como hormigas en un hormiguero. Por espacio de tres días y de tres noches, nos fue imposible pegar ojo, pues los piojos nos comían vivos. Un prisionero que no estaba en condiciones de levantarse tuvo partes del cuerpo literalmente devoradas por esos malditos parásitos.

Del barracón 18 pasamos al barracón 6. El jefe de éste era un austríaco al que, de hecho, no se puede reprochar nada en especial. En cambio, el jefe de dormitorio y su secretario eran unos criminales empedernidos que ansiaban nuestro rápido exterminio. Fuimos enviados a las duchas, tras lo cual nos hicieron permanecer formados y desnudos delante del barracón hasta las diez de la noche. Luego, el secretario preguntó si había entre nosotros jardineros de profesión: algunos de nosotros nos inscribimos. Aun cuando no fuésemos del oficio, habíamos pensado que quizás allí encontraríamos alguna posibilidad de salvar el pellejo. A continuación, el secretario tomó nota de otros especialistas que serían designados para formar parte de otros kommandos. En esto, el jefe de barracón, furibundo porque eran las once de la noche y aún no había podido conciliar el sueño, intervino diciendo: "¡Mañana por la mañana, todos a la cantera!" Al día siguiente, la tragedia empezó para ellos. Sin embargo, aquellos que como yo se habían inscrito como jardineros, partieron bajo las órdenes de un kapo alemán completamente chiflado, pero no malvado, que distribuyó palas y picos y nos mandó practicar agujeros cerca del barracón para las letrinas.

Era nuestro primer día de "salida" y desde el sitio donde trabajábamos podíamos observar los múltiples aspectos de la horrenda vida del campo. Los primeros españoles que vimos tenían las piernas cubiertas de llagas y sus caras se asemejaban a calaveras; no les quedaba más que la piel sobre los huesos e incluso su voz sonaba apagada. Si caían, ya no conseguían volverse a levantar; y, sin embargo, esos hombres seguían trabajando; algunos de ellos cuando se sentían morir -porque morían conservando toda su lucidez- se dejaban caer en un rincón. Si alguien trataba de ayudarles a ponerse en pie, de nada servía; tenían el cuerpo encogido y ya nada ni nadie hubiese logrado enderezarlos. Con la cabeza entre las manos, cerraban los ojos para siempre jamás. A muchos he visto morir en esas circunstancias dramáticas, pero nunca he visto llorar o gemir a ningún español.

Un día, fui designado junfo con otros siete españoles para pelar patatas en la cocina; no se trataba de un kommando desagradable y, por añadidura, ofrecía no pocas perspectivas; desgraciadamente, no permanecimos en él durante mucho tiempo: el kapo tuvo una discusión con un español que le asestó un puñetazo. El caso era grave y podía costar la vida: golpear a un kapo alemán y sobre todo al kapo de las patatas... Los alemanes tenían la costumbre de matar a troche y moche, pero empezaban a darse cuenta de que los españoles tení an redaños. En resumidas cuentas, todos los españoles fueron expulsados de la cocina, castigados y enviados nuevamente a la cantera.

King-Kong, el responsable del interior del campo, dormía en un barracón en el que, cierta noche, se originó una pelea entre españoles y zíngaros que no querían dejar sitio alrededor de la estufa. Pronto se armó la marimorena. King-Kong intervino a vergajazos y echó a todo el mundo fuera. Resultado: quince españoles fueron enviados al barracón 3.

El jefe de aquel barracón era, por descontado, uno de los peores del campo. "Mañana -nos dijo-, ninguno de vosotros regresará con vida de la cantera." Más de una vez, en efecto, creímos que había llegado nuestra última hora y, a pesar de todo, conseguimos salvar el pellejo, gracias a la moral que nos animaba.

En el kommando Donaulinde, trabajaban veinte espafioles que cargaban piedras de la cantera en barcazas. Cuando los grandes fríos de principios de 1941, teníamos que cruzar una pequeña pasarela que llevaba de la carretera a la gabarra, descalzos y llevando entre dos una Trage cargada con piedras cuyo peso rebasaba nuestras fuerzas. Muchos de los nuestros resbalaron y cayeron al agua; entonces, los SS se divertían disparando sobre ellos y el Danubio se llevaba los cadáveres.

Otro kommando había sido encargado de la construcción de los garages de los SS. Los kapos estaban poseídos por un verdadero frenesí criminal e inventaban todos los pretextos posibles e imaginables para asesinar. Un español que, durante el descanso que se daba al mediodía para tomar el rancho, se había sentado a la sombra a unos pasos de distancia, fue denunciado al centinela por "intento de fuga", y el soldado disparó, matándole mientras estaba comiendo tranquilamente.

Yo había regresado a la cantera y formaba parte de un grupo de treinta rusos y españoles a quienes, durante seis semanas consecutivas, cada sábado, se hacía una toma de sangre. Al cabo de esas seis semanas, se nos llevó a la enfermería instalada en el barracón 5, para ponernos inyecciones en la zona cardíaca, inyecciones que producían una inflamación que se extendía paulatinamente como un trazo de lápiz azul, hasta el hombro. Cada tarde, debíamos presentarnos en la enfermería y el médico SS hundía los dedos en la región dolorosa. Los primeros días, estaba uno como paralizado de la cabeza a los hombros, y esa sensación no desapareció hasta al cabo de unos quince días. Los que ya no tenían ni fuerzas para personarse en la enfermería, eran llevados al barracón 20 donde estaban apiñados otros enfermos. Mientras tanto, llegó un fuerte contingente de prisioneros procedentes de diferentes países y, para hacer sitio, los SS procedieron a la eliminación de todos los enfermos, inyectándoles gasolina; así fue como algunos españoles que pertenecían a ese grupo fueron asesinados.

Durante una semana, me sentía tan débil que casi tenfa que andar a gatas, luego la inflamación fue cediendo y quince días más tarde, con ocasión de una nueva visita a la enfermería, el médico SS nos preguntó si todavía nos dolía; al contestarle que no, nos dio un par de bofetadas y nos echó de allí. Así finalizaba una nueva aventura, pero de los treinta hombres que habían sido sometidos a ese experimento, no quedamos más que siete. Tal hecho aconteció en abril de 1942.

Unos meses más tarde, un grupo que trabajaba en la cantera y del que formaban parte algunos españoles fue llevado al barracón 16, del que estaba prohibido salir, a no ser para integrarse al trabajo de su kommando. La ración cotidiana consistía en tres litros de una papilla de cebada, con exclusión de cualquier otro alimento. Cada sábado, eran examinados y pesados; al cabo de tres semanas de ese régimen, estaban hinchados y habían perdido sus fuerzas. Por aquella misma época, los españoles que trabajaban en la cantera fueron nuevamente blanco de una "ofensiva", sin que se supiese el motivo, pero el caso es que se inventaba cualquier pretexto: robo de una ración de pan, actitud insolente frente a un kapo, sabotaje. Llovían sobre nosotros los golpes, hasta tal punto que dos o tres de nuestros camaradas murieron a consecuencia de éstos.

La única manera de resistir consistía. en no pensar demasiado en las atrocidades que se producían a diario y en conservar la sangre fría, así como una actitud vigilante, para poder proceder a pequeñas operaciones como la que sigue: el oficial SS responsable de la cantera, aquél al que los españoles habían apodado "El Seco", había hecho habilitar para su uso particular un huertecito en la cantera, y los españoles que trabajaban en éste robaban, cuando podían, algunos tomates, una remolacha, unas patatas. Esos hurtos podían acarrear graves consecuencias, e incluso la muerte.

De 1940 a 1942 inclusive, el balance resultó catastrófico para nosotros. Una noche, al regresar del trabajo, todo el estado mayor SS situado alrededor del comandante asistió a nuestro desfile. Luego, el comandante nos ordenó pasar delante de él, uno por uno, corriendo y saltando por encima de un bastón que sostenía horizontalmente. Los que se sentían incapaces de hacerlo sabían que su vida pendía de un hilo, razón por la cual pusieron en juego toda su energía para conseguirlo, pero muchos de ellos se desplomaban delante de ese jurado de criminales que los apartaban a patadas o a latigazos. Fueron enviados seguidamente al campo de Gusen en camiones, en los que los kapos echaban a los más débiles como si de sacos se tratase. De los cuatrocientos hombres que integraban ese convoy, la gran mayoría acabó rápidamente en el horno crematorio. Esos camaradas eran substituidos en el trabajo por aquellos que finalizaban el período de cuarentena.

En septiembre de 1941 se realizó una nueva selección de setecientos prisioneros, entre los cuales buen número de españoles, que, en esta ocasión, fueron conducidos a pie hasta Gusen. Al ver esa procesión de moribundos, pensaba uno en algún lamentable rodeo de los que se habia visto en películas americanas. Detrás de la columna de presos iban dos camiones, y en éstos eran ewados los desgraciados que se desplomaban durante el trayecto. Les observé mientras caminaban por la carretera que bajaba del campo. Los SS y los perros lobos les custodiaban. Los camiones tuvieron que hacer varias idas y venidas en el transcurso de esa triste peregrinación, dado que ese trayecto de unos cinco kilómetros costó la vida a unos centenares de prisioneros.

El barracón 20, una vez más convertido en vertedero de enfermos, tuvo nuevamente que ser limpiado de ocupantes, pues faltaba sitio para alojar un nuevo convoy de deportados. El médico SS se presentó, hizo que se quitasen la camisa los que ahí se encontraban y trazó sobre sus torsos con un lápiz tinta las letras TBS (tuberculosis). Al día siguiente por la mañana, con una temperatura de 201 bajo cero, todo el mundo salió desnudo para dirigirse al barracón 5 donde se hallaba instalada la enfermería. Entraban en ésta, uno por uno. El médico SS y dos enfermeros les ponian una inyección en el brazo izquierdo: era una inyección de gasolina que ocasionaba la muerte al cabo de unos segundos. En un tiempo récord, el barracón 20 quedó listo para recibir a la nueva hornada de presos.

Los deportados que pasaban al lado de la enfermería podían darse cuenta perfectamente de lo que ocurría, pues los SS no trataban de ocultarlo; dado que el número de cadáveres rebasaba las posibilidades del horno crematorio, se tuvo que construir otro, más moderno y provisto de un horno eléctrico. Una vez tuve que transportar ahí a un español que había muerto durante el trabajo en la cantera y pude constatar que había más de seiscientos cadáveres apilados.

Un español que formaba parte de un grupo destinado a ser gaseado, esperaba afuera que llegase su turno. Cuando éste iba a llegar, la campana tocó anunciando la pausa del mediodía. Le cerraron la puerta en las narices y el enfermero que le acompañaba le dijo que por el momento se había acabado. El español que se hallaba en un estado de hipnosis tardó un rato en comprender lo que sucedía, y los guardianes le hicieron volver a golpes a su barracón, diciéndole que le vendrían a buscar por la tarde. Al verle llegar, el jefe de barracón, creyendo que se había escapado quiso darle un escarmiento. Por la tarde, nadie vino a buscarlo... y actualmente, vive feliz y tranquilo en Francia.

Tras haber sido cambiado varias veces de barracón, fui enviado al 11, donde hallé mejor ambiente; allí éramos todos españoles. Aun cuando siguiese trabajando en la cantera, la vida se había hecho más llevadera, y, por la noche, había orden y tranquilidad. No querría terminar mi relato sin hacer constar que ello era debido al peluquero del barracón, Manuel Azaustre, cuyos sentimientos de solidaridad no olvidaremos jamás.


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