NAVARRO
Entonces fuimos designados para realizar diferentes trabajos: unos, a la cantera; otros, al kommando Garagenbau, cuyos kapos eran conocidos por su barbarie y por su sed de sangre. La vista de la sangre fluyendo de las heridas que ocasionaban les embriagaba visiblemente. Hay que citar sus nombres: el kapo, Franks y el aspirante a kapo, Otto. Junto con nosotros trabajaban unos checos. Salíamos cada mañana del campo y regresábamos por la noche, maltrechos por los golpes y unidos en el infortunio, cogidos de la mano, para mayor despecho e ira de los kapos, que no alcanzaban a comprender nuestra solidaridad. Ese kommando era considerado como el de los condenados a muerte y cada noche las víctimas eran llevadas al horno crematorio.
A la proximidad de la obra, se nos nizo iniciar la construcción de un enorme depósito de agua. Teníamo que transportar a un kilómetro de distancia carretillas llenas de arena y llevar a cuestas pesadas piedras, siempre, por supuesto, asaeteados a golpes, por lo cual a menudo las piedras estaban manchadas de sangre. Recuerdo cierta tarde del año 1942, en que unos de nuestros camaradas checos, mofido a palos, era arrastrado por el cuello de su chaqueta como si fuese una piltrafa. Los kapos debieron darse cuenta por nuestra actitud que íbamos a echarle una mano y tanto uno de mis compañeros, Jorcoles, como yo, recibimos una tanda. A pesar de ello, conseguimos llevar hasta el campo al pobre muchacho, pero en tal estado que estoy convencido de que terminó en el horno crematorio.
Los pretextos más inesperados podían acarrear correcciones disciplinarias. Recuerdo que un camarada soviético y yo, habíamos logrado matar una rata y que teníamos intención de asarla en las brasas de los chamizos en ruina que nos habían mandado quemar. Denunciados por un soplón alemán, fuimos interrogados por los SS que querían saber quién había matado y quién había escondido la rata. Dijimos que habíamos sido nosotros y que la habíamos escondido para asarla más tarde. Por haber dicho la verdad, no recibimos más que quince golpes de Schlague en vez de los veinticinco que nos correspondían por semejante delito.
Después del Garagenbau, trabajé durante cuatro meses en la cantera. A cien metros de la puerta de entrada monumental, había un puesto de observación provisto de una ametralladora que permitía a los SS disparar contra los judíos que se hallaban en la cantera con nosotros, después de haberles sometido a los más espantosos malos tratos. Por ejemplo, seleccionaban a algunos de ellos, les obligaban a volver a subir la escalera de la cantera y, en cuanto habían llegado arriba, de un empujón los echaban escaleras abajo. Dado que trabajábamos cerca de los escalones de dicha escalera, a menudo quedábamos salpicados de sangre y de carne humana.
Después del trabajo en la cantera, pasé cinco días en el grupo del kapo Rémy, el asesino. Creyendo mejorar mi suerte, me las arreglé para formar parte del kommando Prieto, pero ahí aún era peor. Luego, fui enviado al molino que trituraba las piedras, y cuyo kapo, un gitano alemán, golpeaba siempre a la cabeza. Más adelante, mi amigo Romero y yo fuimos destinados a un kommando encargado de mantener la carretera en buen estado, trabajo que nos pareció menos duro. A menudo teníamos que transportar una especie de carbón hecho a base de no sé qué materias y teníamos tanta hambre que nos comíamos pequeños trozos de éste, que por cierto, nos parecían de sabor bastante aceptable. Al mediodía, cuando nos repartían el rancho, los camaradas Escobedo, Romero, Jorcoles, Sandalio, Algadeque y otros, recogíamos hierbas, las triturábamos y las mezclábamos con el alimento: constituía esto una pitanza bastante consistente, como la que se da a los animales, y cuando conseguíamos hacemos con mondaduras de patata o de colinabo, era un verdadero festín. Ahora bien, esos excesos gastronómicos podían acarreamos sanciones: si durante los registros a los que estábamos sometidos, hallaban los guardianes rastros de mondaduras en nuestros bolsillos, nos castigaban a llevar por la noche una piedra a cuestas. Había encontrado una estratagema para que ese castigo resultase menos penoso, y ésta consistía en hacer descansar parte de la carga sobre las mangas de la chaqueta, ardid que entrañaba no poco riesgo. Este kommando duró unos cuatro meses.
Luego, nos enviaron a recoger papeles y detritos que el viento acumulaba cerca de las alambradas de púas, circunstancia que me permitió observar no pocas cosas. El lugar donde los oficiales del Ejército Rojo, tanto hombres como mujeres, eran fusilados, era una especie de casucha hecha de troncos. Los condenados a muerte eran colocados en el fondo y fusilados a unos dos metros de distancia... Esa cabaña estaba emplazada del otro lado de las alambradas, a unos tres metros, frente al barracón 16. El que mandaba las ejecuciones se llamaba Pasmalla.
Al cabo de un tiempo, me sacaron de ese kommando por considerarme no apto físicamente para esa tarea y quedé arrumbado junto con otro español llamado Santos. Ambos pertenecíamos al barracón 12 y ya nos veíamos camino del horno crematorio, pero el secretario del barracón, Bailina, de Barcelona, me aseguró que era para ir a un nuevo kommando cuyo jefe, un preso político llamado Adam, sentía simpatía por los españoles. Y así fue, en efectó.
Todos los domingos, los prisioneros del campo iban a realizar obras a una división anexa que se convertiría en un campo de exterminio para los rusos. Todos los kommandos estaban obligados a participar en dichos trabajos. Ahí he visto matar a españoles y a hombres que habían formado parte de las brigadas internacionales. Recuerdo la ejecución de un tal Enrique, grabador de profesión. Los kapos vinieron en su busca y se lo llevaron asestándole golpes con los mangos de sus picos. Antes de ser ejecutado, solicitó decirnos unas palabras: "Camaradas españoles, si lográis sobrevivir, no os olvidéis de atestiguar lo que habéis visto y no olvidaros de las brigadas internacionales." Luego, dijo a sus verdugos: "¡Cobardes, matadme ahora!" Cuatro kapos lo rodearon y le condujeron hasta delante de la ametralladora.
Magullados, ensangrentados, cada domingo asistíamos al paso del convoy de carretas (cinco o seis cada domingo), que transportaban al horno crematorio los cadáveres de aquel día. Y al día siguiente, agotados, reanudábamos el trabajo habitual de la semana en la cantera.
Cierto día, un prisionero que trabajaba de electricista logró evadirse. Todo el campo fue condenado a trabajar sin interrupción durante todo el día y a permanecer en posición de firmes durante toda la noche, en la explanada donde se pasaba lista. Al día siguiente, encontraron al fugitivo y lo colgaron delante de todos nosotros en aquella misma explanada.
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