PASO A LA ORGANIZACIÓN DE LA LUCHA ARMADA
Y LIBERACIÓN DEL CAMPO
ARTUR LONDON
Fue el 26 de marzo de 1944 cuando llegué a Mauthausen junto con un grupo de deportados clasificados Nacht und Nebel (Noche y Niebla), procedente del campo disciplinario de Neue Bremme, en Sarrebrück.
Habíamos sido deportados de la prisión de Blois adonde, en septiembre de 1943, la Gestapo había hecho concentrar a los detenidos considerados más peligrosos de las centrales de Poissy, Clairvaux y Fontevrault. Disponíamos de una organización clandestina del Partido fuertemente organizada, bien estructurada y que mantenía una relación permanente con el Partido en el exterior así como con la Organización Especial creada por éste para mantener el contacto con las prisiones. Estábamos muy al corriente del desarrollo de la resistencia en Francia, así como de la situación en los diferentes frentes, pues recibíamos con regularidad octavillas y periódicos clandestinos. Además, también recibíamos directrices sobre el comportamiento y la labor que debían observar y realizar los comunistas encarcelados.
El primero de febrero de 1944, unos días antes de la puesta en ejecución de la evasión colectiva que había sido cuidadosamente estudiada por nuestra dirección, en estrecha colaboración con la organización especial de los prisioneros, todos nosotros fuimos trasladados al campo de clasificación de Compiègne. Ahí fue donde nuestro grupo de cincuenta camaradas había sido separado de los demás y dirigido al campo de Neue Bremme en el que permanecimos cerca de un mes antes de ser enviados a Mauthausen.
Alineados cerca de la puerta monumental del campo, azotados por las rachas de viento gélido que soplaba de los Alpes, permanecimos de pie, en posición de firmes, durante horas, antes de pasar a la desinfección. Vimos a unos prisioneros que salían de los barracones y que caminaban cansinamente por la explanada donde se pasaba lista. Fue entonces cuando reconocí, formando parte de un grupo que se descubría al pasar delante de un SS, a Leo Gabler. Austríaco él, en 1935-1936 representaba a las Juventudes Comunistas de su país en la Internacional Comunista de la Juventud, en Moscú, donde había entablado amistad con él. Traté en vano de atraer su mirada, pero no me identificó en la masa compacta de los recién llegados. Tuve que esperar al día siguicaite para entrar en contacto con él.
Nuestro convoy fue enviado al barracón 15, un barracón de cuarentena, separado del resto del campo por alambradas de púas. Es gracias a nuestros camaradas españoles que pudimos franquear muy pronto esas alambradas y romper nuestro aislamiento, pasando al stube B del barracón 13 que estaba en manos de republicanos españoles. También era éste un lugar propicio para las entrevistas de los diferentes responsables de la organización clandestina de la resistencia española. El joven Constante, gracias a habilidosas preguntas, pronto supo detectar en mí, que le había saludado en castellano, al antiguo combatiente de las brigadas internacionales. Me citó dos nombres de combatientes checos de las brigadas, preguntándome si los conocía. Se trataba de Léopold Hoffman y de Emanuel Blahout con los cuales me había unido una estrecha amistad. Habían regresado ilegalmente a su país después de la invasión de Francia y, dos años más tarde, habían sido detenidos mientras realizaban su labor en el seno de la Resistencia checoslovaca. Media hora más tarde, Constante consiguió introducirnos en el barracón de cuarentena. Nos sentíamos los tres muy emocionados al encontrarnos en Mauthausen a donde habíamos llegado por diferentes conductos, pero siempre como consecuencia de la lucha en contra del mismo enemigo.
Ahora que había pasado con éxito la prueba a la que me había sometido, Constante, tranquilizado con respecto a mí, me presentó a los demás españoles, especialmente a los dirigentes principales, Razola y Montero.
Al día siguiente, Constante vino a verme con Gabler. Nos dimos un fuerte abrazo. Yo creía que había muerto, dado que había circulado el rumor de que había sido ejecutado en Viena por los nazis. Gracias a él, pude ver nuevamente a Fritz Grosse, dirigente de la Juventud Comunista Alemana, detenido desde 1934, y a Franz Dahlem, dirigente del Partido Comunista Alemán y uno de los principales organizadores de las brigadas internacionales en España.
Por mediación de mis nuevos compañeros españoles, nuestro grupo pudo reanudar contacto con gran parte de los componentes del convoy que habían partido inicíalmente de Blois con nosotros y que nos habían precedido en dos días, ya que venían directamente de Compiégne. Igualmente, pude entrar en contacto con Octave Rabaté, responsable de los franceses que se hallaban en Mauthausen desde hacía ya interminables meses, así como con los dirigentes de grupos de otras nacionalidades. A muchos de ellos les conocía, pues les había encontrado con ocasión de mis actividades antes de la guerra y durante la resistencia.
En primer lugar, procedimos a reconstruir la dirección política de nuestros convoyes franceses en cuarentena. Seguidamente, tomamos la decisión de trnasmitir de inmediato las directrices referentes al trabajo ilegal en los campos (directrices que nos habían sido transmitidas en Compiègne antes de nuestra deportación), no tan sólo a los franceses, sino también a los grupos de otras nacionalidades.
Los deportados de diversas nacionalidades que se hallaban en el campo de concentración eran muy diferentes tanto por lo que a sus orígenes sociales como a sus concepciones filosóficas y políticas se refiere. El lazo de unión existente entre ellos consistía ante todo en las luchas sostenidas contra el enemigo común y en los padecimientos sufridos durante la deportación. Sin embargo, permanecían divididos en cuanto a la concepción del desenvolvimiento de los acontecimientos militares, así como también con respecto a lo que sucedería una vez terminada la guerra. Esta falta de cohesión política explica las dificultades halladas durante mucho tiempo hasta lograr realizar la unidad en el seno de los diversos grupos de nacionalidades.
Se iban formando grupos de deportados en torno a personalidades relevantes en cualquier campo que fuese. La ausencia de un programa de acción limitaba a menudo sus actividades a la celebración, por ejemplo, de ceremonias religiosas clandestinas con miras a hallar un sostén moral para contrarrestar los sufrimientos padecidos, a llevar a la práctica una solidaridad de tipo personal o reducida a unos pocos amigos. La difusión de las informaciones, insuficientemente controladas, se prestaba a una proliferación de noticias inciertas, desmesuradamente optimistas, necesariamente desmentidas a posteriori, que acarreaban la confusión y, a menudo, una psicosis de pesimismo que desembocaba a veces, incluso en una pérdida del sentido de perspectiva y en la desmoralización.
En el plano internacional, esos grupos, salvo contadas excepciones, no lograban librarse de los prejuicios y de las enemistades de tipo nacional. Se recogían en sí mismos y no sostenían más que muy pocos contactos con los demás grupos de otras nacionalidades.
De hecho, hasta principios del año 1944, en el campo central de Mauthausen, no existían más que muy pocas organizaciones de resistencia interior, independientemente de las creadas por los comunistas.
Nuestros dos convoyes de franceses de marzo y de abril de 1944 hallaron en Mauthausen un reducido número de camaradas franceses que no poseían prácticamente ningún medio de acción. Nos percatamos entonces, con sorpresa, que en el campo existía una cierta enemistad, un espíritu antifrancés que llegaba incluso a veces, a la hostilidad, por parte de cierto número de los deportados pertenecientes a otras nacionalidades, incluso entre naturales de países tradicionalmente amigos y vinculados con la Francia de antes de la guerra.
Los españoles reporchaban a Francia el que hubiese contribuido, merced a su política de no intervención, a la derrota de la República española. También le reprochaban la existencia de los campos de Saint-Cyprien, Argelès, Vernet y otros, en los que habían estado internados.
Los checoslovacos no perdonaban a Francia la no observancia de sus compromisos con respecto a su país sacrificado a Hitler.
Los polacos la acusaban de haberse limitado a "la drôle de guerre" mientras su nación era invadida, devastada y martirizada.
Los alemanes y los austríacos echaban en cara a los franceses ¡el que hubiesen resultado vencidos! Formulaban de esta forma la esperanza frustrada de los antifascistas -encarcelados algunos de ellos desde hacía once años- que anhelaban la victoria francesa sobre la Alemania nazi.
Numerosos soviéticos sustentaban igualmente opiniones similares.
Fue necesario desplegar grandes esfuerzos para modificar esos diferentes estados de espíritu, para poner fin al aislamiento y al desprecio de los que eran objeto los franceses y para restablecer con ellos lazos de fraternidad y de solidaridad.
Las informaciones transmitidas por los convoyes de marzo y abril sobre la amplitud que había adquirido en Francia la lucha armada en contra de los ocupantes, así como la huelga general de 1944 y la insurección de París, permitieron recobrar la confianza de los demás grupos de otras nacionalidades. Por añadidura, los múltiples contactos que se fueron estableciendo, la actitud muy positiva de los franceses en el campo, su organización, sus actividades en el seno de su propio colectivo así como la ayuda y las nuevas perspectivas que aportaron a la organizacón internacional -que se constituyó poco después de la llegada de los dos convoyes de marzo y abril- permitieron barrer esa hostilidad y los prejuicios en contra de los franceses.