Antes de embarcarnos nos reunieron a todos en una casuca donde a veces dormían resistentes de paso. La niebla había salvado a dos que habían dormido aquella noche allí. Pudieron escaparse. Al ver que no sacaban a nadie, se me escapó un suspiro de alivio y recibí dos bofetadas; la segunda me dejó la cabeza torcida durante más de cinco minutos. Mi marido podía haberse escapado, pero se pegó a mí para correr la misma suerte. Ya no volvería de los campos de exterminio.
Esposados, subimos al camión. Los alernanes no se dieron cuenta de que atravesábamos de punta a punta el "maquis" de Turnac. Nuestra serenidad no les dió el menor indicio y los SS tuvieron que volverse sin nada, con los morros secos. De todos los del grupo soy la única superviviente.
Llegados a Perigueux, mi primer interrogatorio fue terrible. No recibí ni un solo golpe, pero tuve que controlar mis nervios durante más de media hora, con una pistola en cada sien y una ametralladora en la espalda, con el constante manejo del sistema de seguridad de las armas; "Habla, no seas tonta; si tu marido lo ha dicho todo y te lo carga todo a tí... Si te engaña con otras mujeres". ¡Viles!. Mi marido era anarquista, de una humanidad tan grande y tan puro, tan idealista, que jamás hubiera denunciado a nadie. Ya siendo prisionero de guerra sufrió castigos terribles por haberse negado a enterrar vivos a un grupo de oficiales soviéticos hechos prisioneros por los nazis.
Detenidos a las ocho de la mañana, llegamos a la cárcel de Limoges (Haute Vienne) a las once de la noche. Nuestra suerte ya estaba echada. Allí llevaban a los resistentes susceptibles de las más graves condenas. Muertes por fusilamientos, torturas (allí tenían la gran especialidad de arrancar la piel, el clavar un hierro al rojo en el talon hasta atravesar el hueso o romper la espina dorsal a palos). Pero sin ninguna excepción, nadie se escapaba de la deportación, que era la condena a muerte lenta o rápida, pero con sufrimientos indescriptibles.
Cuando me vi encerrada en la celda, separada del grupo, tuve tal ataque de desesperación, que empecé a gritar y a dar patadas a la puerta; armé tal escándalo, que un alemán de la Wermacth (no confundir con los SS) vino a preguntar qué quería. Me quedé absorta. No podía pedirle la libertad a un verdugo y le pedí de comer. Me trajo dos patatas frías, que se comió mi compañera de celda con hambre de dos meses. Me cubrí con la manta, tendida en la colchoneta manchada de sangre. ¡Cuántos supliciados había dormido en mi cama! Rendida de hambre, frío y sed, me quedé dormida.
Cuando me desperté a los berridos de Ausfhteen (levantarse), pensé que no despertaba, sino que empezaba una pesadilla. ¿Qué significaban aquellas cuatro paredes sucias, llenas de inscripciones grabadas con las uñas de los que marcharon a la muerte: "Camarada, tú que ocuparás mi sitio cuando yo haya dejado de existir, di al mundo, si te salvas, que los antifascistas vamos a la muerte con la frente alta, con fe absoluta en la Victoria. Viva la France!".
Mi compañera de celda, una mujer de Lyon a la que se le volvió el pelo blanco en una noche mientras asistía a las torturas que llevaron hasta la muerte a su marido, sin denunciar a nadie ni el uno ni el otro, me hacía mil preguntas sobre la lucha, la guerra. Era el invierno de Stalingrado, cuando los fascistas empezaron a perder muelas. Morirían muchos millones de europeos aún, pero la victoria sería nuestra. La balanza se inclina ba hacia nuestro lado ya. Mi mutismo la exasperaba. "¿Qué clase de re sistente ni que mierda eres tú, que vienes de la calle y no sabes nada?". Con todo el dolor de mi alma me callaba; era la primera consigna a ob servar en caso de detención. Callar ante todo; podías caer con un chivato. Bastante tenía que hacer para contener mi rabia impotente y sobrellevar el complejo de inferioridad que se había apoderado de mí: "Te has dejado atrapar como un ratón y ya no puedes luchar", ahora que precisamente empezaba mi verdadero trabajo. Había sido nombrada enlace interregional, con seis provincias a mi cargo. "¿De qué te sirven ahora tanto entusiasmo y exaltación?". Una dosis de valor muy superior aún me serviría para soportar y sobrevivir sin dejar la lucha y volver a la vida después de la bajada a los infiernos.
De mi estancia en la cárcel de Limoges, que duró dos meses, se podría escribir un libro: tantas hazañas conocí y en tantas participé con mis carnaradas Titi y Luisa. Gracias a Francisco Serrano, que servía la comida, siempre vigilado por los alemanes, naturalmente, pude organizar la transmisión de partes de guerra y consignas guerrilleras. Allí preparé la evasión de Luisa Aronouviets, que iba a ser ejecutada de un día para otro. Mi estratagema sirvió. Le froté el vientre con un guante de crin con tal fuerza, que se le llenó de ampollas. Hacerla hospitalizar y lo demás corría de su cuenta; le di señas de amigos y se evadió del hospital de Limoges. ¿Entre 1944 y 1975 ha transcurrido un siglo? Un instante, fundidos en un abrazo entre las dos, cerrando así el paréntesis de la cárcel a la libertad.
Nuesta solidaridad llegaba indirectamente a los supliciados. Las mujeres nos ofrecíamos para lavar sus ropas. En ellas encontrábamos trozos de carne pegada. Mi obsesión era: "Mañana me traerán la camisa de mi marido, ¿sabré soportarlo con dignidad para no provocar las carcajadas de nuestros carceleros?". Entretando vino mi segundo interrogatorio; me sacaron de la cárcel hacia la komandatur y me colocaron en la ventanilla de un coche, acompañada de oficiales, dando vueltas por la ciudad para dar a entender que las mujeres colaborábamos con ellos. Aquel día me pegaron un gran paliza. Cada vez que salía alguien de un interrogatorio los demás estabamos ansiosos. Muchos ya no volvían. Después de la gran paliza querían que firmara una declaración que yo no había hecho. Estaba escrito en alemán; les dije que si querían matarme que lo hicieran, pero que jamás firmaría: "Te aseguro que lo harás; tenemos los medios y el tiempo, demonio". Y yo tengo mi ascendencia catalano-aragonesa. Mi pobre cabeza cuantos puñetazos recibió. Todas mis fuerzas se dirigían a no perder el conocimiento.
Algo grave debía ocurrir, pues todos los de la komandatur salieron de una espantada y me llevaron a la cárcel. El guardián francés me comunicó que la misma tarde se habían renovado grandes combates en el "maquis" de la Corréze y la Dordogne, y que el gran nudo ferroviario de Brive había volado.
La ley fundamental del preso era evadirse. Mi evasión preparada y fácil (serviría más tarde para Luise), pero en el último momento me retracté. Mi evasión significaba el martirio de mi grupo en la cárcel, pues como responsable de tal me consideraron los de la Gestapo; habrían masacrado a mi familia y a la de mi marido. ¿Qué valía mi vida, si por mí iban a caer quince o veinte personas?.
Mis padres me dieron el ser y debía preservarles la vida. No podía evadirme. De los que caían en manos de la Gestapo no se salvaba ni el 3%, y eso en territorio amigo, donde por todos los medios la Resistencia buscaba salvar a los detenidos. Una vez en Alemania...
Un tren que se dirige hacia el Este, y otro que llega. En el segundo llegamos un grupo de cincuenta mujeres de la cárcel. En el primero va mi marido camino de la muerte. Por la aspillera de su vagón me pudo entrever. ¡Qué nos gritaríamos en nuestro último adiós, que hasta a un SS, uno de esos monstruos, se le cayeron las lágrimas! Este ha sido el único signo de humanidad que he visto en un SS (¡Vete a saber por qué era SS!).
Así fue mi llegada al campo de Compiegne, al hotel París, en un lugar llamado Royallieu (lugar real). En este campo se concentraban a docenas de miles de presos para transportarlos a los campos de exterminio. Allí se encontraron madres con hijas que no sabían que corrían la misma suerte; por distintos caminos llegaron a la cita fatal después de largos meses sin conocer sus destinos. Allí se abrazaban adorables ancianas, mujeres adultas y militantes jovencitas de un mismo partido o sin el. Todas habían acudido en socorro de su pueblo. Fue la conciencia nacional en aquellas mujeres a las que les había sido asignado un papel en la sociedad y que rompieron todas las barreras y tabúes. No había para nosotras otra discriminación que la falta de armas, aunque éstas hubieran sido transportadas por nosotros. Si raramente hemos superado el grado de teniente, hay mujeres españolas a quienes les concedían el título de Gran Capitán.
En Compiegne conocí a Genèvieve de Gaulle, sobrina del general, que fue mi compañera de cautiverio y a la que me une una gran amistad. De allí saldríamos, hacia Ravensbrück, Colomas Seros, Carmen Cuevas, Amalia Perramón, Sole, Herminia Martorell, Rosita Da Silva, Alfonsina Bueno, Sabina González y su madre Carmen Bartolí, Carlota Olaso, Rita Pérez y otras que no tuve tiempo de conocer. Cinco días estuvimos esperando y vislumbrando que lo que habíamos sufrido no era nada para lo que nos esperaba.
Hacinadas, vivíamos de un cuarto de pan y de agua por día, para beber y lavarnos. Sin higiene y sin aire, aquelio fue la antecámara de la muerte.
Leída nuestra sentencia, sin pasar juicio, acorraladas en un patio, el oficial SS que hacía de juez y de fiscal me comunicó lacónicamente: "Condenada a trabajos forzados a perpetuidad". Alguna oyó su condena de muerte, y en alguna cárcel de la inmensa cárcel que era Alemania sería decapitada con un hacha.
Al día siguiente seríamos embarcadas casi 1000 mujeres en vagones de ganado; 80 mujeres en cada vagón. Eran los últimos días de enero del 44, helado y triste. Nuestros bártulos: un cubo de carburo vacío para nuestras necesidades, que se vertía constantemente encima de un puñado de paja, por litera. Una aspillera de 50 x 30 cm. nos suministraba el aire que por turno íbamos a respirar. Sin comer y sin beber, así estuvimos tres días. Francia ya quedaba lejos. Ya no era necesario tirar más mensajes por la vía (muchos llegarían a destino gracias a los heroicos ferroviarios). En terreno alemán se cerraba el cepo con todos sus dientes.
De repente se para el tren, y de nuevo esos gritos guturales como si de gargantas salvajes salieran, nos abrieron los vagones precintados. El aire helado nos parecía como un cielo, pero caímos al suelo como borrachas y a culetazos y puntapiés nos empujaron a unos barracones donde nos distribuyeron un vaso de sopa en la que los bastones y la paja abundaban más que el grano; un vaso de agua y, de nuevo a latigazos, nos encerraron en los vagones de donde algunas saldrían muertas el 3 de febrero de 1944 a las dos de la madrugada. Otra vez con aquellos gritos salvajes y los golpes, bajamos a la estación de Fürstemberg, en la provincia de Meklembourg, llamada la pequeña Siberia.
Ravensbrück (Puente de los cuervos). ¿Quién será capaz de describir un día la primera impresión? No he encontrado a nadie que haya dado la respuesta, ni por aproximación, de lo que sentí al traspasar las puertas de un campo de exterminio. No se han inventado palabras para describirlo. Nunca podrá salir de los labios de un deportado la intensidad de nuestro ser moral.
Dante no vió nada; reposa en paz en Rávena. Tu genio no queda rebajado, porque tú, en tu infierno, no pudiste imaginar lo impensable. Al de Ravensbrück bajarían muchas compatriotas tuyas: Rosa Cantoni, Lydia, Rolfi, la princesa Malfarda, hermana del rey Humberto, que moriria ago tada en Bergen-Balsen ...
Los que tuvimos la suerte de volver y recordar que todo lo soportamos por un ideal bello, que da todo el sentir al ser humano, que hace sentirse 1 infinitamente superior al verdugo, hemos podido soportar con el corazón herido nuestra reinserción en la vida normal. Los más afectados física y psíquicamente murieron o se dejaron morir; algunos se suicidaron. ¿Quién podrá llegar al fondo de nuestra tragedia, si nosotros mismos no somos capaces de expresarla?.
Entre las tres y las cuatro de la madrugada, dos toques de sirena. El primero para levantarse, el segundo para formar a "l'Apelle Platz" (plaza central para el recuento); atravesamos la puerta de Ravensbrück de cinco en fondo delante de los nuevos torturadores sedientos de sangre y cruelmente sádicos más allá de lo increíble. ¿Eran verdaderamente seres humanos?.
En plena noche iluminada por los potentes reflectores de las torres de vigilancia, pisamos un suelo negro y brillante, pero como sembrado de luces que no eran blancas: eran agujas de hielo que daban una luz negra. Entre dos filas de barracas, que formaban una calle, desfilamos hacia el block (barracón); al final del campo, 500 de nosotras; las otras 500, al barracón 32, declarado "Nach und nebel" (noche y niebla).
Unos ojos nos observaban de un lado y otro tras unas ventanas. Sólo ojos, único signo de vida en unos esqueletos, calaveras de mujeres que, atónitas, contemplaban el desfile. Veíamos aquellas caras que, sin duda, habían sido caras hermosas y, sobrecogidas, las veíamos marcadas por los sufrimientos, el hambre y la muerte.
Barracón 22, a tu izquierda los waters atascados; a tu derecha, la habitación de la "blokova", deformación polaca de "blokeralteste" Oefe de barraca). Enfrente el "washramn" (lavabos), con agua o sin ella, en todo caso infectado de tifus y disentería. Las cloacas del campo, o mejor dicho, las zanjas a cielo abierto, estaban al mismo nivel que la conducción del agua, y a cada lado un comedor y un dormitorio previstos para 100 personas. En el lado B, éramos unas 300 en el comedor. Allí nos desmayábamos, pero no podíamos caer: no había ni un milímetro, ¡formábamos una pared humana tan compacta!
Pero veníamos impregnadas de combates y hazañas y nació espontáneo nuestro primer acto de rebeldía; quinientas gargantas lanzaron un "¡No"! fenomenal. Las de delante recibieron la primera embestida de las "kapos" y "aufssherinen", pero las hicimos desfilar bajo la segunda fila. Nuestros verdugos pegando y nosotros tres avanzando, ocupamos el comedor A. Esto nos salvó de la asfixia, ya que puertas y ventanas estaban cerradas herméticamente.
La "blokova" y las dos "stubowas" (deformación polaca de "stubediense", ayudantes de "blokova") y las deportadas establecimos un pacto. Aceptar una disciplina férrea y sus gritos en presencia de los SS. En su ausencia, el alivio de ser protegidas y alertadas de cualquier peligro. Por lo demás, que no dependía de su voluntad, el primer peldaño del infierno.
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