Nuestro barracón había sido vaciado el día antes de un grupo de zíngaras. ¿Hacia qué destino? Primera cortina de humo que no hacía falta indagar: lo comprendimos enseguida. Los judíos, los zíngaros, los gitanos, los negros, los indios, los amarillos tenían que desaparecer de! globo. Los que no descendíamos directamente de la raza aria eran considerados productos residuales llamados a servir a los señores del Gran Reich. En sus quimeras de locos demoníacos, Hitler y los suyos soñaban con la dominación del mundo y poco les faltó para conseguirlo.

Los deportados de Dora-Mittelbau, que sabotearon el cohete V2 que hubiera permitido a los nazis poseer la primacía en la utilización del arma atómica, lo pagaron con su vida en largas y refinadas torturas.

Nuestro barracón sin desinfectar, lleno de piojos. Nuestros camastros, con polvo de virutas en vez de paja, que provocaba una traqueítis general; y el tejado a trozos, deshecho en varios puntos. Dormíamos dos por cama, si es que lo que servía de cama merece este nombre, en tres pisos superpuestos. En la nuestra tuvimos que cobijar a dos compañeras más porque la nieve les cubría la suya. Ochenta centímetros de ancho para cuatro pies contracabeza... Noches de ensueño, noches sin sueño, noches de espanto. ¡No mires afuera por la ventana, no te levantes!...

¿De qué muerte morirían aquellas mujeres que con gritos desgarrado~ res de espanto y de dolor que, por minutos, por medias horas interminables, rompían el mortal silencio de las calles de Ravensbrück. ¿Qué harían con ellas los perros lobos cuyos ladridos y gruñidos se asemejaban a los de una fiera devorando carne?.

Por la noche no podíamos ir al aseo. La puerta del barracón quedaba constantemente abierta. Desgraciada de aquella que en aquel preciso instante fuera descubierta por un SS y su perro: ya no volvería al dormitorio. Alguna vez ocurrió que tuvo la presa tiempo de encerrarse por dentro y subirse a la taza del water para que el perro lobo no le destrozara los pies. Muerta de hambre y de sueño, tenía que resistir largas horas sufriendo el asco y la humillación de sentir su cuerpo derretirse sobre sus propias piernas. Si quería lavarse, si acaso había agua, tenía que pisar los cadáveres de aquellas que buscando aire morían en los lavabos. ¡Oh muertas de Ravensbrück y de todos los campos de exterminio, muertas sin túmulo ni flores, ni campanas ni cruces!.

Así empezaba en Ravensbríick la llamada vida de "Chateau". Eran los días de cuarentena, en los que progresivamente pasaríamos a ser un esclavo más. Todas uniformadas, todas enfermas, todas feas. y hechas unas piltrafas.

En los primeros ocho días, y sin haber salido por las calles del campo vi, morir a más de ocho amigas. Mi gran amiga de la cárcel fue Luisa y Teresa Menot, que yo bauticé "Titi", diez años más joven que yo. La quise como a una hija. Ella participó en casi todas las hazañas de la cárcel también, y por mí ingresó en el Partido Comunista.

A Ravensbrück, fue a parar una baronesa francesa de sesenta y nueve años. Esa viejecita, que vestía de negro, no por luto, sino porque había deseado ardientemente ser cura de pueblo, tenía una figura singular. Nariz aguileña, más pronunciada que la de Santa Teresa de Jesús, ojos negros brillantes de una eterna juventud; de inteligencia extraordinaria, modales y trato exquisito. Fue una fugaz e inseparable amiga de mis primeras semanas de Ravensbrück.

¿Por qué se pegó a mí, sencilla campesina, enfermera de guerra?. Yo, la menos diplomática, le pregunté: " ¿Por qué tú, tan católica, que habías querido ser cura, has hecho la Resistencia". "Porque soy patriota, soy francesa y odio este horrendo monstruo, Hitler, encarnación mismo del anticristo; porque amo la Libertad". Seguro que había leído los Cementerios bajo la luna de Bernanos.

"Y tú, ¿por qué eres comunista?. Bueno, claro, tú eres roja; perdoname, he querido decir republicana española". "¡Oh, no!, yo soy roja, y ahora soy púrpura, soy comunista porque me sale del alma, porque me lo enseñó mi padre, porque los fascistas han declarado la guerra a España y he vivido las injusticias del mundo en mi propia carne, en la de los míos, en mi Patria; porque fui explotada, porque el fascismo aceleró ineluctablemente el proceso que se operaba en mi corazón y mis sentidos, porque... la vida se encargará de darme otras respuestas".

¿Por qué me acuerdo siempre de esta amiga tan fugaz que después de estar tres semanas con nosotras ya no la vimos más, viva?. Un día, del "Apelle" se fue a la enfermería y no apareció más. Indagamos entre las empleadas en la enfermería, la descubrieron en una caja destinada al crematorio. Allí yacía su cuerpo abierto en cruz. Había pasado a la autopsia; para algo tenía que servir un cadáver que quedó tendido después del recuento.

Me acuerdo de ella porque fue una de las experiencias más vivas y decisivas que influirían en la forma de enjuiciar todos mis actos. Allí comprendí la verdad, quizás la más absoluta: "Alguien que no piensa como tú, puede ser mejor que tú".

Para los nazis, Ravensbrück fue un "anusmundi". Para mí, el crisol de la belleza de los más altos pensamientos de la gran fraternidad, de la heroicidad hasta la muerte. Allí conocí el significado del 8 de marzo. Aviadores soviéticos exponiendo sus vidas al tiro de DECA hacían 8 de marzo en humo sobrevolando el campo durante un largo tiempo. Separadas del mundo, nos sentíamos libtes. No nos habían olvidado y seguiríamos combatiendo aunque sólo fuera intentando salvar alguna de nuestras camaradas de no importa qué nacionalidad, partido político o confesión.

Allí había muchas comunistas, socialistas, simples patriotas, mujeres de la burguesía, intelectuales, aunque la inmensa mayoría de presas procedían de las capas obreras y campesinas. Había c;itólicas, testidos de Jehová, escrutadoras de la Biblia. Las había por el simple hecho de ser polacas o zíngaras, judías o mujeres "supuestamente" resistentes.

Allí aprendí como morían horriblemente de septicemia muchachas después de 48 horas sin asistencia; cómo peinarse sin peine, cómo asearse sin agua, cómo aguantar la sed más torturadora que el hambre; cómo ejercitar el cerebro para que por encima del cuerpo, éste no se convirtiera en bestia.

Hoy no siento odio; pero entonces sí que odiaba a los que me maltrataron, a los que atentaron contra mi dignidad y eso era insoportable. Pero deploro que anden sueltos aún por el mundo, en Alernania seis rnillones de nazis; esto sólo ya hace necesario nuestro testimonio.

A los veinte días subimos ya al recuento en la plaza central de] campo. Los grupos destinados a un comando de trabajo los veíamos desfilar hacia la salida, grotescamente ataviadas, alicaídas, con sus picos y sus palas, cantando el "Allí, Allo", canto marcial que nos estremece al recordarlo. Las más viejecitas hacia el "betrieb" (taller), para hacer calceta, esperando su paso rápido a la muerte; eran bocas inútiles, no producían bastante. Si no las gaseaban, las mataban a palos.

Enfrente de nuestro grupo formaban las madres y los niños judíos. Bebés sollozando en los brazos de su madre y los que andaban agarraditos a sus faldas. Lloraban en silencio; eran niños, ancianos, sabían el peligro de unas botas relucientes y luengas capas negras de la SS.

En pie desde las cuatro de la madrugada ' hasta la nueve con veintidos grados bajo cero., vi como dos kapos del?triángulo negro arrastraban a una muerta que no había subido al recuento y una feroz mujer SS, una "aufseherinen" la insultaba y pegaba con un látigo, hecha una fiera excitada. ¡Sacrílega! Desde allí inmóvil durante cinco horas (evitando respirar profundo: las aletas de la nariz se pegaban a causa del hielo; sin llorar: las lágrimas también se congelaban y podías quedarte ciega). Velas salir a la mentables semblanzas de mujeres afectadas por castigo o mala suerte a la "Scheisskolorme" (columna de la mierda). Mejor era eso que no quedar te como "Verfügbarenb" (disponible), que podías ser utilizada para ahorcar a otras presas. Esta fue mi qbsesión constante. Eso jamás lo ha ría. Antes la tortura. Eso lo habíamos jurado todas la del barracón.

Blanca Ferón había encontrado a una mujer electrocutada (muchas no pudieron soportar más y se suicidaban así en Ravensbrück y otros campos) "No vayas por tal calle me dijo, pero yo era más curiosa que una mona, y aun a riesgo de ser descubierta y castigada al "bunker" (calabozo y sala de torturas), fuí en pos de ese nuevo horror. Todo lo quería grabar en mi memoria si salía con vida. ¿Porque he tardado en gritarlo a los cuatro vientos? Allí dejaron a esa presa durante dos días para acrecentar el ambiente de miedo. Yo ya había terminado con mi semana de depresión torturando a mis hermanas con mi constante: "¿Verdad que nos moriremos pronto?" -"sí -me contestaban-, y tú la primera, porque no comes ni duermes y nos creas mala consciencia con tenernos que tragar tu sopa. Come y calla; no nos contagies tu miedo." Eso ya había pasado y estaba preparada para afrontarlo todo.

Vi aquel cuerpo de mi hermana, rígido, con las manos crispadas por el horrible espasmo, un hilo de sangre cuajada en la nariz y en las comisuras de la boca, me daba la imagen de lo que seria si un día me llamaban a ahorcar presas. Mil veces antes esa muerte que ser verdugo. Veía este cadaver aterrada pero serena. Ella no sufría, ¿qué me esperaba a mí?

Otra vez me metía en el sacrosanta de las cocinas, vecinas al horno crematorio..Un enorme nabo pasó como un bólido a dos centímetros de mi cabeza; si me pega de lleno, hoy no lo cuento. Se atomizó al estallar en una pared. Me escapé a tiempo; podían acusarme de ladrona, y eso era el punto final...

Todos los recuerdos me vienen sin cronología. Instantánea, gris y negro, como aquel maldito campo. Allí no lloraba por las muertas; mis lágrimas, a escondidas, corrían por el dolor de las vivas.

Había una orquesta en el campo, compuesta de violines; iban vestidas como nosotras pero limpias y con pañuelo blanco. Tenían que ensayar bajo la nieve y el frío de¡ Báltico. La directora dirigía y lloraba. A sus espaldas, vigilando, una "kapo" y una SS. Enfrente, las chimeneas del horno crematorio siempre en acción, las cenizas de los cuerpos servían de abono o serían echadas al lago. La escasa grasa recuperada en un reguero especial serviría para engrasar la maquinaria y según el "maister" (contramaestre) de Holleischen, la mejor para dicho menester. También se fabricaba betún. Aún debe quedar servus humando en Alemania.

Habían muchas soldados soviéticas. ¡Cuánto odiaban los nazis a los rusos! Veo el revuelo y complicidad de otras presas para salvar a una soviética perseguida por una "kapo". "Titi" se da cuenta y le abre la ventana de nuestro barracón y la hace escapar por el lado opuesto. Mientras, un grupo bailábamos desesperadamente para impedir todo movimiento de la "kapo". Aquel día esta soldado soviética se salvó. ¡Eran tan valientes y solidarias, tan dignas!

Un bidón que se vierte por el suelo negro de Ravensbrück. Las presas que lo llevaban habían caído agotadas. Un grupo de presas, esqueletos,se tiran al suelo lamiendo esa sopa. Los palos caían indiscriminadamente. ¿Cuántas quedaron con vida? Que nadie nos descubriera mirando por los cristales; todo el barracón sería castigado con un pie firme durante doce o veinticuatro horas bajo la nieve.

He visto una apisonadora de novecientos kilos,(aún se puede ver en Ravensbrück) tirado por seis moribundas. A eso se le llamaba el "planierung". Nuestra inolvidable Carmen Buatell tuvo que realizar ese trabajo. Muchas presas murieron aplastadas por esa piedra. Aquello era alucinante, lo vi con mis propios ojos.

Una vez quise mirar por la ventana del 32 para saber que ocurria con las otras 500 que formaron parte de nuestro convoy. Desde lejos oí gritar: "Achtung! kapo!, ¿de qué país sería la que me salvó la vida?" A veinticinco metros venía una furia con un palo más grueso que su brazo, y estaba gorda esa criminal de triángulo negro. Me escurrí como un lagarto.

Mis camaradas francesas estaban ansiosas por mis ausencias. ¡Qué generosas y fraternales fueron conmigo! Pero yo no podía resistir la tentación de escudriñar.

Los días seguían iguales o peor. Todo lo que nos envolvía era terror. Aquel olor a carne quemada y a podrido; aquel incesante rumor,ruido inimitable, mezcla de quejidos, susurros, aullidos, lamentos,gritos, chasquidos, jadeos, ladridos y las mil y una maldiciones de aquella torre de Babel. Y los hornos crematorios, que no cesaban día y noche hasta tragarse por turnos a las encargadas de alimentarlos de carne humana. De muertas o de vivas como Sofía Litman, una joven madre española. Y los cuervos siempre graznando. Música funeraria. Cuando el horno no daba más de sí, se abría una zanja y con gasolina se le prendía fuego.

Así desaparecieron un gran número de niños judíos o gitanos. Las SS los hacían bajar a zanjas rociadas con gasolina y bajo el cínico pretexto de protegerlos de un bombardeo, con un bombón en la mano, les prendían fuego. Alguna vez lo hacían tan cerca del campo, que sus madres oían sus alaridos y se volvían locas de dolor. Gritaban tanto, pobres madres, que las encerraban en un barracón sin comer ni beber, ni manta ni aseo, hasta que, locas de verdad, se desgarraban unas a otras y, medio muertas, las llevaban a "Mittwerda", un campo ficticio, lugar de exterminio directo.

Y ahora empezaré por el principio, por las diferentes etapas que pasa una mujer con identidad y de condición normal hasta llegar a ser un número menos que un perro o un caballo.

El mío, en Ravensbrück, fue el 27.534. En aquella época ya se había convertido en campo categoría 3, de exterminio. Claro está que la lógica fascista consistía en matar, pero aprovechando el jugo. Las menos deficientes engrosaríamos los pingües beneficios que los SS sacaban con sus acuerdos pasados con los monopolios, los Ivfarben, los Tissen, los Krup, Siemens, etc, etc.

En febrero del 44 morían de "muerte natural" unas mil mujeres por semana. Hasta el final de la guerra, las exterminaciones masivas no se pueden calcular. Por estas fechas había una población concentracionaria de 11.000 mujeres. El campo tenía cabida para 3.000. Ciento ochenta y dos mil mujeres fueron matriculadas, sin contar las que no fueron contabilizadas. Las deportadas por motivos políticos o resistentes llevábamos un triangulo rojo en todos los campos, excepto en Mathausen, por razones descritas en Triángulo azul, de Razola Perlado y Mariano Constante. Allí los españoles fueron considerados apátridas y llevaban un triángulo azul. Es la única excepción.

En el triángulo la inicial del país. Las españolas fuimos discriminadas en ese sentido; veníamos de Francia, y ese fue otro de los caprichos de los SS que no hemos descifrado. De ahí la confusión aún existente. Una tendencia marcada a aminorar nuestra importante participación en la Resistencia y al reconocimiento del elevado número de desaparecidos en deportación.

No reivindicamos la verdad como un privilegio, sino por justicia y reconstitución de una parte histórica que arranca de 1.936; por el respeto a nuestras muertas, por desagraviar a tantas mujeres olvidadas. Más de cuatrocientas españolas pasaron procedentes de veinticinco departamentos controlados de los noventa y cinco que tiene Francia.

A los ocho días de nuestra llegada, me encuentro con el primer piojo, tan grande y tan feo que me produjo vómitos. Mis camaradas hacían bromas sobre mí. "Bueno, apuesto a que todas tenemos piojos y, si no, ¿por qué tanto rascarse? Buscad, buscad y encontrareis la contestación". Los hallaron por decenas, por centenas. Esos malditos bichos me valieron el rapado al cero cuando nos llevaron al vestuario a formar parte del mundo informe. Después de una ducha hirviendo o helada, varias veces sucesivas, que nos hacía contorsionarnos grotescamente, nos lanzaron una camisa y unas bragas que parecían calzoncillos de los antiguos payeses de la Ribera del Ebro, una bata y una chaqueta, mitad estopa y mitad cabello de las que habían sido rapadas antes que yo, con rayas verticales azul y gris sucio y un capuchón que servía para esconder el pelo y afearnos, no para protegernos.


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