De vuelta al barracón, casi de noche, rápido tragarse una patata tocinera y 60 gr. de pan negro espolvoreado de serrín, y encontrar tu cuarto de "cama", si no, "cómo encontrarlo en la oscuridad total? A las tres de la madrugada la sirena señalaba el fin del terror de las noches. Las unas tosiendo; las otras llorando y gritando en sueños, reviviendo sus torturas en los interrogatorios; otras riendo a carcajadas. Felices las que habían tenido un sueño alegre; su despertar era atroz, pero habían tenido tinos momentos humanos. Para las que no dormíamos; para las que reprimíamos una tos agotadora; para las que, hipersensibles, oíamos toda clase de ruidos misteriosos, la sirena representaba un sufrimiento pero a la luz.
Del "revier" (enfermería del infierno) guardo intacto el recuerdo de terror y de vergüenza que sufrimos. Jóvenes, ancianas, adultas, monjas como Sor María y Madre Elisabeth, tuvimos que desfilar desnudas y sin protección higiénica, como yo necesitaba aquel día, delante de unos "médicos" SS y unas "enfermeras" nazis. Nos miraban la boca. ¡Ay de la que tuviera dentadura de oro! Su nombre era señalado con lápiz rojo en el registro. Yo, que empezaba a ser esqueleto, también mi nombre quedó en rojo. Me creían tuberculosa.
A las de los dientes de oro, a las demasiado ancianas, las que presentaban alguna enfermedad crónica o incurable, la selección se haría pronto; había que eliminar gastos y recuperar el oro. Ocho días después me llamaron de nuevo a aquella enfermería de donde pocas enfermas volvían a salir si no era por el humo de la chimeffea, para la radioscopia. Esperando mi turno, vi a otra deportada que me sobrecogió. ¿Era posible que un cuerpo humano al que se le veía todos los huesos, que en el lugar de sus senos tenía dos huecos y que a través de la piel del vientre se distinguían sus vísceras, se mantuviera aún de pie? Sus ojos angustiados vigilaban la reacción de la enfermera. "Gut arbaiten?, preguntó (¿buena para el trabajo?) No! le contestaron brutalmente y se fue llorando su propia muerte.
Yo miraba mi cuerpo desnudo. No, no estoy tuberculosa, tenía esperanza. Cuando llegué al barracón (me habían dicho "gut arbaiten") todas me abrazaron de alegría. De todas maneras, ya habían previsto y confeccionado otro número de matrícula para escapar a la selección. De esta manera se ha salvado mi amiga Tony Leher, de Austria, condenada a la decapitación, gracias a las alemanas antifascistas, primeras moradoras del campo, y un grupo de francesas.
Un nuevo viaje a la enfermería para el control vaginal en condiciones tan vergonzosas como humillantes. Con el mismo instrumento, y sin desinfectar, sacaban muestras de todas. ¡Qué asco y qué miedo! Esto era una tortura suplementaria impuesta a nuestra condición de mujer; todas salíamos con rabia, y cabizbajas, Alguna, si era bella, podía ser destinada al prostíbulo, como le ocurrió a una cantante de ópera belga y a la mujer de un diputado socialista de Bélgica; como tantas otras, se suicidaron. Los prostíbulos, por regla general, sólo eran reservados a los "kapos" y detenidos de derecho común, es decir criminales de toda índole. Por lo menos en Ravensbrück.
Así, entre escenas repugnantes y horrorosas, fuimos aprendiendo nuestro "oficio" de deportadas, cuya obligación primera era morir. Algunas fueron pronto artistas M estraperlo, por el cuarto de peine lleno de fiendres, los 60 gr. de pan, lo único sustancial de nuestra comida, y eran los tiempos buenos. Por la mañana, un quinto de litro de agua sucia y tibia como café. Al mediodía, dos rodajas de nabo en un plato lleno de agua sin grasa, y al fondo, a veces, encontrabas unas motitas de piel de hueso.
Las veteranas del campo, hambrientas, nos decían que era carne de judía, y los primeros días, como "quintos" no caíamos en la cuenta y les pasábamos nuestra ración. Por la noche, una patata y 15 gr. de queso hecho de patata fermentada. A las ocho en punto, silencio y oscuridad total en el barracón. La que se retrasaba, ¿cómo encontraría su sitio en aquel laberinto? Se quedaría tiritando de frió toda la noche en el suelo. Y otra vez la sirena nos arrancaría como un resorte; vestirte, calzarte, dejar la cama bien rectangular, como la cabeza de los nazis; tomar el "café", el recuento delante del barracón y, a las cuatro en punto, el sincronizado zap, zap de nuestros zuecos por millares hacia la "Apelle platz".
Formadas en cuadro esperábamos aterrorizadas cuál sería el primer crimen del día. Sufríamos tanto rigor, que todas las mañanas dejábamos cadáveres en un terrible campo de honor. A la enfermería, ni con fiebre queríamos ir. Los médicos y enfermeras deportados se desvivían, pero poco podían hacer. No tenían medicamentos. Sólo podían aliviar moralmente la agonía. En la enfermería faltaba todo y, sin embargo, había un quirófano dotado de los instrumentos más modernos.
Antonia Kiforanova, médico soviético y mujer admirable relata cosas espantosas en su libro "Nunca jamás esto". Entre otros, cita el caso de una niña zíngara de doce años de la Europa del Este a la que habían practicado una histerectomía total y la dejaron agonizar con el vientre abierto y sin vendas. Esta chiquilla gritaba horriblemente sin descanso, hasta que murió podrida en vida. A las madres que daban a luz en aquella época, les ahogaban el bebé en un cubo de agua y las madres casí morían de fiebres puerperales. Así le ocurrió a una chica joven que tuvo su primer bebé. Era de mi convoy; su pobre madre no tuvo derecho a ver a su hija agonizante. Antes, a los recién nacidos los cogían por la cabeza y los pies y, de un tirón, los desconyuntaban.
En Ravensbrück, como en otros campos, se moría de "muerte natural" de mil maneras: por el tifus, disentería, hambre, torturas, inyecciones de bencina en el corazón o en las venas, provocando en estos casos dolores horribles; por unos polvos blancos que te adormecían para siempre jamás; por fusilamientos, destrozadas por los perros, ahorcadas, a palos, aplastadas por los vagones de mercancías o la apisonadora, ahogadas en las letrinas.
El quirófano estaba bien dotado, pero servía casi exclusivamente para hacer experiencias. La mayor parte las practicaba el doctor SS Gebhartd.Por esas experiencias pasaron un grupo de muchachas jóvenes polacas llamadas "las kaminchen" (conejos de india). De sus miembros extraían nervios, músculos, huesos. Con sus horribles mutilaciones las veíamos deambular por el campo bien alimentadas. Se supo que serían eliminadas, para no dejar rastro de los crímenes con ellas cometidos. Luego, los SS no eran inconscientes ni ignorantes. Fue la solidaridad de otras presas lo que permitió que algunas se salvaran.
"A las operadas, -cuenta además Nina Kifonova- se les anestesiaba lo justo para el tiempo de la operación. Acabada ésta, de un empujón, se las tiraba de la mesa y fuera de la sala". Si he citado un poco a Nina no ha sido sólo porque fue una doctora y camarada admirable de sus compañeras de no importa qué nación y porque su testimonio es capital y aseverado, sino porque además adoptó a la niña española de Ravensbrück. Estrella, de nueve años, llegó con su madre procedentes de Bélgica y pronto quedó huérfana. Nina la escondió y la salvó. Al acabar la guerra se la llevó a la Unión Soviética; Estrella tiene estudios superiores y es actualmente su nuera.
Quisiera dar un ejemplo de la operatividad de la "sauna" ravensbruckiana. Madame Gauville, que vivió en mi celda, pesaba 90 kg. Le tenía tirria a la cárcel por su obsesión a la comida, pero en el campo la quise como a una madre. Al mes de estar allí le di una chaqueta de lana que había sustraído del control y le venía bien y, cuando me hice la chaqueta, no pesaba más de 44 kilos.
Preparando "mejores tiempos" para colocarnos en condiciones de inferioridad, empezaron a sacarnos del campo en grupos de 40 de cinco en fondo. Con un azadón enorme a la espalda teníamos que atravesar Furstemberg: casitas de visillos blancos, flores entre las dobles ventanas, casitas de ladrillos rojos. La cárcel y el campo habían borrado una parte de nuestra memoria. ¡Es tan bonita la tieria! ¿Por qué hay monstruos que se empeñan en destruirla?
Llegadas a una explanada, teníamos que desplazar un enorme montón de tierra de la derecha hacia la izquierda, y al revés. Al primer pitidio, la primera pala en movimiento; en menos de un minuto las cuarenta palas estaban en movimiento. Las más cómicas o alegres imitábamos a Charlot en Tiempos modernos, pero al cabo de una hora notamos los efectos del trabajo irracional. Esa irracionalidad entraba de lleno en la lógica de los nazis. La muerte por agotamiento; era una forma de valorar nuestras fuerzas. Las que sin precaución cambíabamos la posición de la pala, la piel de nuestras manos quedó pegada allí; Desde aquel momento ya no puse en duda que aquellas casas tan bonitas estaban hechas de sangre: "En cada ladrillo, una gota de sangre de aleman antifascista", nos habían dicho . Después ya ni las miraba, ni a sus moradores ni a sus chiquillos, que nos tiraban piedras. Eran moradas para los SS y sus familias, escoria moral, tubos digestivos para cumplir una misión bestial.
Otro trabajo de mi grupo fue desecar el pantanal. Con el agua helada hasta los tobillos, abríamos zanjas de desagüe. Pero, cuidado, allí no se desperdiciaba nada; con las manos desnudas, y sin cordel ni molde, teníamos que confeccionar unos ladrillos de barro perfectos y colocarlos en montones más altos que nosotras. Doce horas diarias de este trabajo y a los veinte días pasabas al estado de guiñapo presto para el matadero.
Para regresar al campo teníamos que pasar junto a la perrera; doscientos perros lobos, furiosos al percibir nuestro olor. Siempre pasé ese trecho sin respiración; una angustia mortal paralizaba mis pulsaciones: si de golpe se abrían las puertas... Morir fusilada era un horror, ¿pero y destrozada por un perro?
He dicho que en Ravensbrück no había nunca silencio. Súbitamente, una mañana de finales de marzo del 44, un silencio total, como por arte de magia, se estableció. ¿Qué vimos de repente.delante de nuestro barracón? Al mismísimo Himler, jefe de la Gestapo de todos los campos de exterminio con su plana mayor. ¿A qué vendría a Ravensbrúck? Qué pavonada siniestra. Su visita sería el preludio de matanzas masivas.
Tú, uno de los grandes pavos del régimen hitleriano, lleno de condecoraciones, lustrado y lustroso, miope y monstruoso, en aquellos días te creías fuerte, invencible, pero nosotras, que quizá no lo veríamos, sabíamos ya que habíamos ganado la gran batalla contra la muerte y nos sentíamos más fuertes que tú. Tú, con tu calavera y las tibias como insignia; tú, que de la ópera de Wagner El oro del Rhin sacaste la réplica de Fafner: "Seid Macht und Nebel Gleich" (sed semejantes a la noche y a la niebla), ordenando a los enanos desaparecer; tú, que hiciste desaparecer a millones de hombres y mujeres de toda Europa, decenas de compatriotas nuestras sin dejar rastro, serías juzgado por el tribunal de la Historia en Nuremberg y ahorcado.
Final de la cuarentena precipitado. Irrumpen en nuestro barracón, una noche, apenas tragados los dos bocados de cena, un grupo de "aufseherinen" con sus perros, con las "kapos" correspondientes. Unas cien mujeres del lado A somos llamadas; yo era de las últimas, pero seguiría el camino de "Titi". Con lágrimas y sin tiempo para despedirnos de las demás, deshechas las familias que habíamos organizado, con vestuario limpio y en menos tiempo que dice la misa un cura, nos encontramos de nuevo dentro de un vagón con una SS y con ametralladora y dos "aufseherinen". Pero ahora solamente 40 mujeres y más paja. A no ser que fuera un perfecto camuflaje, no era una "selección".
Dejando la inhóspita tierra de Meklembourg (hoy tan preciosa), viajamos casi cuatro días. El tren pasó por Berlín y lo vimos medio destruido por los bombardeos. La guerra seguía nuestro curso; la vida nos sonreía. Llegamos de noche a Holleischen. Para nosotras, la angustia de los desplazamientos nocturnos; para los nazis, la seguridad de que no podías evadirte. De un campo de exterminio nadie, o casi nadie, puede evadirse. Sin complicidad ni apoyo, los evadidos eran de nuevo presos, torturados y masacrados.
Komando Holleischen. Un pequeño campo como otro, que dependía de Flossembourg, campo central de hombres, categoría 3, es decir, de los peores. Komando de un campo centro; komando de trabajo; komando de diferentes categorías. Todo eran komandos. De ese campo también dependía Zwodan-Stava, de mujeres, donde fue a parar Carmen Cuevas.
Holleischen había sido una granja modelo de vacas. Las desalojaron. Un gran recinto enfrente, y al lado opuesto, a la derecha de la entrada, un recinto muy confortable que serviría para oficinas y cuartel de nuestros "ángeles de la guarda".
Con mi inseparable "Titi", Blanca Ferón, Nanette Fernier y Gusy Galambos, húngara (la nueva familia), nos subieron al piso segundo. Las mismas camas que en Ravensbrück, pero con paja que jamás sería cambiada en dieciséis meses, y una manta para cada una. Estaba prohibido que nos acostáramos de dos en dos, pero lo hacíamos y así sentíamos menos frío, aunque estábamos acostadas cerca de dos ventanucos que obligatoriamente, y voluntariamente, dejábamos abiertos contra la asfixia.
Nos levantábamos una hora más tarde que en Ravensbrück a los olvidados berridos de "Auxteen" de la cárcel. Rápido, arregla tu cama, y descubro que nuestras mantas provienen del Ejército español, Cuerpo de Infantería; me puse a llorar con una emoción incontenible. Algo de mi tierra estaba allí, a más de tres mil kilómetros, de Guiamets. "Pero esa manta -pensaba- mejor sería para un soldadito español o un preso; a mí, total, para el tiempo que me quedaba, lo mismo daba dormir con manta que sin ella". Mis amigas me decían que era una tonta sentimental. "Mejor -les contesté-, lo cortés no quita lo valiente". Traduce, traduce. Son bonitos y originales los refranes españoles. "Mientras tenga lágrimas seguiré sensible y sueña bollos, que siempre recibirás tortas".
A las cinco en punto recuento en el patio convertido en "Apelle Platz". No estaba mal del todo; el suelo cubierto de gravilla dorada, pero estabamos rodeadas de alambradas electricas de alta tensión. "¡Achtung!" Al tanto, eso también es un campo de concentración.
El comandante que nos tocó en suerte era un hombre raro; austríaco, pero nazi. Con sus extravagancias y cambios de humor, se le adivinaba que era drogadicto como se dice ahora. Al principio no se portó mal con las francesas (había sido prisionero de guerra en Francia en la guerra del 14-18). Con las rusas era un sádico; las hacía apalear hasta que sangraban; le bautizamos "Edmond", no sé por qué. Comprendía el francés y lo chapurreaba; tan pronto nos llamaba "las pequeñas francesas", como nos amenazaba con pegar fuego a todo el campo. La primera gran "pitada" se la llevó cuando hizo apalear a un preso del barracón de hombres, al otro lado de la carretera.
| - 4 - |