Eramos residentes en Francia desde antes de la guerra. Cuando en el año 1936 estalló la guerra civil en España, muchos españoles residentes como nosotros marcharon a defender a la República. Mi compañero también marchó entre ellos. Nosotras, las mujeres, organizamos la ayuda y nos adherimos a una organización que se dedicaba a esta ayuda. NosotIas empezamos nuestra resistencia contra el fascismo en 1936. En 1939, algunos de aquellos combatientes regresaron junto con los miles de refugiados y soldados. Otros se quedaron muertos allá. Mi marido fue a parar al campo de concentración de Saint-Cyprien, en los Pirineos Orientales. Como pude lo saqué de allí, y al estallar la guerra en Francia, nuestro Grupo de Amigos que habíamos continuado ayudando a los republicanos en los campos de concentración, se transformó en un Grupo de Resistentes al invasor alemán, porque era el mismo enemigo, pero ahora en plena clandestinidad. Hubo varias redadas y mi marido, temiendo que le cogieran, se marchó al departamento del Eure. Mi casa, a pesar de los frecuentes registros de la policía, era el lugar de las reuniones clandestinas. Allí acudían los compañeros a distribuirse las tareas y recibir las consignas. No teniamos nada para comer. Mi hijo, para conseguir algo, iba todos los días al Hospital Percy por las sobras de las cocinas. Los materiales de propaganda clandestinas los encontrábamos escondidos en un cementerio, entre determinadas tumbas. Solía ir mi hijo. Otras veces también enviaba a mi hija, la pequeña. Los chiquillos pasaban desapercibidos. Recuerdo que una vez tenía yo que entregar un paquete. No sabía lo que contenía. La cita era en la Gare Saint Lazare. Al rato de espera, se presentó uno y sin decirme ni palabra, me tomó el paquete y desapareció. Más tarde supe que era uno del grupo del gran resistente Alfonso, del Grupo Manussian, que fusilaron los alemanes. A mi casa siempre venían gentes que no sabíamos de donde procedían, pero llevaban bien escrita nuestra dirección y había que acogerles y ayudarles en lo que fuese necesario o dirigirles hacia el lugar donde les esperaban. Una hermana mía, desesperada de no tener nada que dar a sus hijos, tenía cinco hijos, la menor de seis meses), y teniendo que sufrir la carga de un marido alcohólico, se suicidó tirándose al Sena... Yo tuve que hacerme cargo de los cinco pobres hijos...¡Cinco bocas más! En el año 1941 tuve que ingresar en el hospital. Todos los chiquillos quedaron solos. Mi niña estaba enferma del pulmón. Para que los niños no estuvieran solos, un amigo, Cándido, también enfermo del pulmón, venía a dormir a casa. Mi compañero que seguía en el departamento del Eure, al enterarse de la situación, yo en el hospital y los chicos solos, se lió la manta a la cabeza y arriesgándose a ser detenido, se vino a casa. Poco después salí yo del hospital y seguimos afrontando la vida difícil, continuando las actividades de la Resistencia. A fines de mayo supimos que la policía nazi seguía nuestra pista. A toda prisa logramos escapar, trasladándonos a vivir al nº 107 de la avenida de Verdún. No tuvieron tanta suerte mi hermana María, su compañero y otros camaradas más, porque fueron detenidos y encarcelados. Yo tuve que hacerme cargo también del hijo de mi hermana. Más tarde mi hijo también fue detenido. Lo detuvieron en el fuerte de Issy y pasó a varias cárceles; Montrouge, en Cherche-Midí y en Fresnes. En cierta ocasión, nosotros habíamos favorecido a un catalán llamado Masip, casado con una alemana. Vino a mi casa en el momento en que se iban a llevar a mi hijo a trabajar a Alemania. Al verme llorar le conté el caso y seguramente se le removió la conciencia, porque se fue a ver a los alemanes y consiguió la libertad del chico. Este en cuanto se vio libre se marchó al "Maquis". Hoy, el pobre se encuentra muy enfermo del corazón. Espera que puedan operarle. Yo tuve que dejar de trabajar para ayudar más activamente a los detenidos. No teníamos nada para comer y lo poco que conseguía tenía que repartirlo entre las siete bocas de criaturas y los presos, que eran mi hermana María, su marido y otros más. La policía siguió visitando mi casa, pero se quedaban poco tiempo, al ver el panorama de tanto crío; los cinco de la hermana muerta, la de mi hermana de la cárcel y los dos míos, todos muertos de hambre y llenos de sarna.