No son las armas las que hacen el ruido de las guerras, es el silencio de los muertos.
(André Malraux)


Introducción

Cuando el 8 de mayo de 1945 en toda Europa las campanas repicaban la hora de la Resurrección, la victoria sobre el nazismo hitleriano, el júbilo de los pueblos quedó empañado ante un descubrimiento inusitado. Cuando se abrieron las puertas de los campos de exterminio nazis (35 principales y más de mil anexos, llamados komandos), el mundo no encontró palabras para describir el doloroso asombro que causó conocer hasta qué límites de derrumbamiento físico y moral había estado expuesta la humanidad.

Unos dementes demoníacos, encabezados por Hitler, se habían alzado contra la humanidad entera; soñaron, y por poco lo consiguen, hacer que girara hacia atrás la rueda de la Historia.

Los supervivientes de estos campos de exterminio en masa vivieron y sufrieron lo que jamás se podrá describir, pues no se han inventado las palabras para ello.

La Liberación para Europa y el mundo significó el fin de un desvarío. El dolor de las familias que perdieron a los suyos (más de 50 millones de personas se tragó la II Guerra Mundial) no podía reprimir la legítima alegría de los pueblos al fin libres.

Para España, la más grande de las injusticias. Tras el millón y medio de víctimas de nuestra guerra y postguerra, después de los 15.000 hombres y mujeres exterminados en Alemania, que, con los caídos en todos los frentes de Europa y Africa, sumarían más de 35.000, y para los españoles de la Resistencia, un velado silencio. Para las españolas resistentes y las exterminadas el olvido y para muchos refugiados, cuarenta años de exilio.

¿Por qué nos dirigimos a ti, lector amigo, al cabo de siete lustros? ¿Por qué no antes? ¿Por qué ahora? Porque andan por el mundo sueltos muchos émulos del fascismo y millones de nostálgicos de un pasado que los pueblos civilizados creían debilitados para siempre. Porque la ciencia y la técnica avanzan a veces esperanzadoras; otras, escalofriantes. Cantidades fabulosas de recursos que podrían acabar con los azotes que sufre la humanidad, de los que los niños son las primeras víctimas, caen en el abismo sin fondo de la fabricación de artefactos bélicos, cada vez más sofisticados, suficientes ya para que nuestro planeta salte hecho añicos sin dejar ni tan siquiera rastro en los espacios siderales. Porque el peligro nos puede sorprender de nuevo.

También para que conozcas aquellas "turistas refugiadas" en Francia, que huyendo de la represión franquista, y en condiciones totalmente adversas, aquellas compatriotas tuyas, se alistaron en los ejércitos de las sombras contra un colosal enemigo al estallar la II Guerra Mundial. Pobres entre los pobres, las más humildes entre los humildes, y por ello más generosas, se levantaron con sus manos vacías y un corazón ardiente de humanidad y patriotismo y con la mente lúcida de que arriesgaban su vida y la de los suyos en una ofrenda total a la humanidad.

¿Se puede ser más mujer, más madre, más hermana, más novia romántica que cuando se abraza la causa por la pervivencia del género humano, por su digna condición, para su libertad? ¡Libertad! Palabra mágica y abstracta, pero llena de connotaciones que tienen su verdadero sentido para el esclavo, el oprimido, el preso, el torturado. Para el que vea amanecer su última aurora porque lo dio todo para futuras Auroras Radiantes.

En los relatos de estas amigas no busques historias soñadas y elaboradas. Son historia verdadera, sin adornos ni pretensiones, que brotan de lo más profundo y limpio de su memoria. Combatieron con heroísmo, con naturalidad, con el peligro pegado a la espalda. Muchas fueron fusiladas, masacradas, y ni siquiera figuran sus nombres en las estelas de ningún cementerio ni monumento. Otras combatieron con las armas en la mano para romper el cerco enemigo. Centenares desaparecieron en "Noche y Niebla" con sus cuerpos torturados, martirizados, escaparon por las chimeneas de los hornos crematorios de los campos de exterminio. Millares de ellas continuaron el combate, hasta la Victoria, no la nuestra, la de nuestros aliados y amigos. España, siempre en el corazón, para muchas de ellas no sería nunca la tierra acogedora del eterno reposo.

Esos pocos testimonios de tan sencilla apariencia son fruto de un ingente trabajo no sólo en la investigación, sino en el vencer resistencias. Las viejas memorias deseaban quedar recluídas para siempre.

Decenas y decenas de respuestas fueron tan lacónicas como elocuentes: "Había que hacerlo. No esperábamos ni glorias ni condecoraciones. ¡Había que hacerlo!". Por eso estos relatos tienen un alto y significativo valor histórico. Han hablado por otras. Si hacerlas hablar, fue una victoria ganada al muro del silencio; más arduo fue conseguir sus firmas y sus documentos, para dejar la huella de su paso por una historia tan reciente que no ha terminado aún.

Por ser mujeres hemos encontrado resistencias de unos y de otras. Por ser mujeres seremos, sin duda alguna, las más contestadas y, sin embargo, todo, absolutamente todo es verdad, en los hechos y en las gestas. Fallará algún nombre e incluso alguna fecha, pero los hechos, hechos son, en su esencia y manera genuina. A la manera española.

Las que sin darse cuenta a veces arrostraron mil peligros y privaciones, fueron combatientes de primera línea y no simples auxiliares. El general De Gaulle calificó a las mujeres en Francia, como "infraestructura de la Resistencia". André Malraux, nuestro amigo y combatiente en la España republicana y en la Resistencia en Francia, ese escritor genial, dijo ante la catedral de Chartres en el 30 aniversario de la Liberación, en mayo de 1975: "Los que han querido confinar a la mujer al simple papel de auxiliar en la Resistencia, se equivocan de guerra".

Las mujeres españolas del exilio, como sombras, tejían también las redes en que el nazismo quedaría atrapado y derrotado. Pero el gran silencio de muerte de nuestras inmoladas lanza su grito de alerta y despierta nuestra conciencia. Son demasiados signos de pervivencia y recrudescencia fascistas, demasiados "Holocaustos" y en demasiados puntos del globo para quedarnos mudas.

Queremos advertir, hacer camino, que la Rueda avance para que un día nazca resplandeciente y para siempre, la Ciudad del Sol.

Neus Català