Nací en Francia. Mis padres llegaron aquí en 1904. Tenían un comercio en Perpignán. Cuando empecé a trabajar en la Resistencia tenía veintidós años. Sabía muy bien lo que hacía y lo que arriesgaba. Por mi casa pasaba una red militar que venía de Argel. Además era enlace. En el mes de abril del 44 fui detenida por los alemanes. Me llevaron a la "Citadelle" de Perpignán. Durante un mes, dos veces por semana, me venía a buscar la Gestapo para interrogarme; siempre me tenían que volver a la cárcel en camilla. Me pegaban, hacían que me arrodillara sobre un triángulo. "¿Eres católica?" Se mofaban de mí; "Pues a ver si sabes rezar de rodillas...." Me daban a beber cosas inmundas. Me amenazaban de muerte, me destrozaban de nuevo a palos, y otra vez a la cárcel, pero destrozada y en camilla. Terminada esta época nos llevaron a Romainville. Yo sé que allí había otras españolas, pero no las conocí hasta Ravensbrück. Camino de Alemania, en Chateau Tierry hubo un ataque aéreo de los ingleses. Nuestro transporte estaba camuflado por varios vagones de soldados alemanes para que la población no se diera cuenta de nuestra presencia y destino. Entre la máquina y los soldados alemanes estaban nuestros vagones de ganadería bien cerrados. Los ingleses, creyendo destruir solamente un convoy alemán empezaron a ametrallar el tren desde la máquina y allí murieron 350 camaradas nuestros, hombres y mujeres. Regine Ablant, que se encontraba en un vagón sin ninguna camarada conocida, vino en nuestro vagón, ya abarrotado. Fue uno de los pocos vagones que se salvó. Hicimos alto en Sarrebrouck. Allí tuve la visión más horrorosa de mi vida. Era un campo de represalias contra los rusos. Allí los tenían a todos desnudos, verdaderos esqueletos, aún de pie, verdaderos cadáveres ambulantes con una sola manta, rodeados de alemanes y de perros policías. Les hacían avanzar alrededor de un lago saltando como las ranas, de pie de rodillas, de pie de rodillas, y los pobres no podían ni moverse y a cada movimiento, un bastonazo. Era un espectáculo terrorífico. Los perros mordiendo y los SS pegando. Allí nos tuvieron desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la tarde. Nos tuvieron formadas en columnas de a cinco por hilera, bajo un sol implacable. Allí dejamos diez camaradas nuestras muertas de insolación sin cuidado ni socorro alguno de nuestros verdugos. Quince días estuvimos allí. Nos negamos a trabajar. Lise estaba con nosotras. Los alemanes nos dijeron: "¡Ah, sí? Pues, en este país el que no trabaja no come". Nos cortaron el pelo al rape nos quitaron todo: ropa, joyas, y nos transformaron en presidiarias con nuestro traje rayado y nuestros zuecos. Esto era el aperitivo de lo que conoceríamos en Ravensbrück. Llegamos por la tarde; nos pusieron al block 32. La noche antes no pudimos avanzar; estábamos en las inmediaciones de Berlín; hubo un bombardeo colosal. Parecía todo iluminado. Como las iluminaciones y tracas de Valencia. Estuvimos 20 días en Ravensbrück. En la fachada estaba inscrito "¡Seáis bienvenidos!" Nos estremecimos. Después de Sarrebrouck ya sabíamos lo que nos esperaba. Yo debo decir que en aquellos momentos todo lo anormal nos parecía normal. La visión del campo casi no nos causaba sorpresa. Estábamos acostumbradas a la muerte, a todo lo inhumano. Ya no podía sorprendernos más que lo que pudiera haber de bueno si en este lugar tuviese cabida algo infinitesimalmente bueno. Estuvimos veinte días subidas al "Appell platz" (plaza de recuento). Nos llevaron en comando a Liepzig, a las fábricas de obuses VI. Yo estaba en la galvanización de obuses; pasaban por mis manos 4000 obuses diarios. Los teníamos que sumergir en unas enormes calderas de ácido hirviendo desde las seis de la mañana. Al final ya no teníamos material, nos hacían pasar y repasar los obuses para que siguieramos agotándonos; nosotras marcábamos los obuses. Cada cinco días, nos daban un delantal, un pantalón, unas botas y unos guantes. Todo estaba consumido por el ácido. Y esto era lo que nosotras respirábamos doce horas por día, famélicas y enfermas. Estos obuses pesaban 2 Kg. y medio. Estos obuses ya no les servían para nada. Nosotras haciamos marcas en ellos y así comprobábamos que eran siempre los mismos que pasaban y repasaban. Era el pretexto para agotarnos y extenuarnos. El último día me negué a trabajar. Yo ya no podía más. Vino la Aufseherinen y un alemán para llevarme al bunker. Todas mis amigas lloraban. Las que llevaban al bunker ya no las veíamos más. Como recuerdo esparitoso, guardo la visión de una deportada que ahorcaron en el comedor y la dejaron allí, para ejemplo. Vi a un recién nacido en la enfermería. ¡Que visión!: tenía toda la piel arrugada de tan raquítico como estaba. Como biberón, le administraban agua de nabos, y se murió. Su madre no tenía leche para amamantarle y lloraba desesperadamente. Estaba la señora Font, que se ha quedado en Ravensbrück. Murió. Afortunadamente vino la desbandada general; llegaban las tropas rusas. Nos sacaron del campo, siempre formadas y con nuestros "ángeles de custodia" los SS y los perros, y las mujeres SS, no menos brutales y criminales que sus congéneres machos. A las enfermas las abandonaban allí. En una sola noche nos hicieron andar 50 Km. A la que no podía andar, le pegaban un tiro. Yo soy testigo de varias ejecuciones, mejor dicho, asesinatos. Así durante tres días. Una madrugada llegamos bajo un puente. Nuestra amiga Juliette padecía una hemorragia general, se desangraba. Marcela, su hermana, me dijo: "Yo no continuo más. Como entre en Francia sin mi hermana, no tendré valor para presentarme ante mi madre". Decidimos camuflarnos y salir de la columna. Las cinco amigas de siempre. Nos metimos en un bosque por la noche. Si tiene que morir que muera con nosotras, al lado de un árbol, sobre la hierba verde, pero no asesinada. Nos acostamos como pudimos. Al despertarme al día siguiente me encontré un saco a mi lado. Yo pensé que era un saco, era un "bambi". ¡Me produjo tal impresión! ¡Impresión maravillosa! Yo exclamé: " ¿Esto es la vida o qué?" Marie Moque, de Sevres, me dijo: "Eso nos traerá la suerte. ¡Esta 'biche' nos trae la suerte! ¡la suerte!" Pero Juliette seguía perdiendo su sangre. No podíamos salir del bosque por miedo a caer de nuevo en las garras de los alemanes. Robábamos patatas, comiamos hierba, pero no se podía continuar así. Entonces me presenté voluntaria para ir al pueblo, alemán, claro, y tratar de encontrar leche para Juliette. Fuimos juntas con Marcela. Todas las puertas se nos cerraban. Encontramos un hombre que estaba pintando una pared, y con lo poco de alemán que sabía le pregunté si conocía algún prisionero de guerra francés. (Hay que señalar que a los prisioneros de guerra los obligaron a trabajar en el campo sobre todo, y vivian en semi-libertad "Yo soy uno", nos contestó. ¡Que alegría! Le dimos todas las señas y nos prometió que vendrían por la noche. "Pero escondeos, sobre todo". Efectivamente, vinieron tres prisioneros franceses con pan, leche y ropas de mujer. A los dos días nos escondieron en el pajar de la "ferme". Nos traían comida y caldo. Juliette se salvó. Temiendo que a ellos pudiera pasarles algo, nos marchamos, y encontramos enseguida unos soldados rusos. Me dieron zanahorias, un pañuelo blanco muy bonito y un espejito. Cuánto lamento no saber su dirección. Fuimos a parar a un campo de recuperación, pero había tanta gente y en tan malas condiciones, que nos escapamos otra vez. Salimos con unos franceses en una carreta y llegamos a l'Elbe. Allí nos volvieron a coger para intercambio. El haber dejado nuestro traje de presidiarias para salvarnos, nos sirvió para que creyeran que éramos voluntarias para el trabajo, y de nuevo al campo de concentración. Fuimos liberadas por los americanos. No se portaron nada bien; eran tan salvajes como los mongoles; no puedo hablar bien ni de los unos ni de los otros. Fueron horribles. Nos metieron en vagones de ganado como cuando fuimos al Campo. Venían a tirarnos chocolates u otras golosinas y luego, con el fusil, hacían bajar a las que se les antojaba. No guardo ningún recuerdo agradable de mi liberación. Por fin regresé a mi casa y encontré a mi marido. El regresaba de Dachau. Mi marido era refugiado español. Conscientemente hicimos la Resistencia, sabiendo que nos podía costar la vida: en casa había depósito de armas. Llevaba además partes en tubos de aspirina, en bandas higiénicas, en lo más estrambótico. Todo lo que hice, lo hice consciente y no me arrepiento. Podía haberme costado la vida. ¡Claro que ya lo pagué bien caro!.