Resulta que allí, cerca de la Roche-Segur, había un compañero polaco que era muy activista. Estaba casado con una mujer de Sabadell de cuyo nombre no me acuerdo. Una catalana de esas tan distinguidas.Y trabajaba en la Resistencia. Como era catalana, nos conocía a nosotros y en casa de ese polaco era el centro de la Resistencia, de todo aquello.(Todo esto era al principio, sería hacia el 42). En aquella casa se concentraba mucha gente. El que daba las consignas era ese compañero que todavía vive. Está en Polonia. Era el dirigente. Yo, como era una cría, tenía dieciséis años, acompañaba a los compañeros y decían que conmigo pasaban más desapercibidos; un hombre con una criatura... Si era un hombre joven, no llamaba tanto la atención. Si era un hombre de edad, tampoco llamaba la atención. Y así los acompañaba. Primeramente, mi papel fue acompañarles. Me decían: "Ven a la Roche". Entonces era un paseo. Ahora vamos en coche, pero entonces se iba a pie. Entonces empecé a participar más; llevaba tikets falsos y otras cosas. Me daban un sobre y me decían: "Tú, este sobre, tienes que llevarlo a tal sitio". Me daban otras cosas: paquetes, papeles, cartas de "travitaillement" (suministro), porque era un problema lo de las cartillas de racionamiento. Otro de los medios de transporte de la Resistencia eran las bicicletas, porque las distancias eran largas. En los países de minas, se está bastante dispersos. Entonces, para ir de una mina a otra hacía falta tomar una bicicleta. Había un compañero que se llama Federico Amo (no sé lo que habrá sido de ese chico, hace muchos años que no lo he visto). Ese chico tenla unas manos de mecánico admirables. Entonces, un compañero nos decía que había una bicicleta en tal sitio ... ibamos a buscarla y se la llevábamos. Era una bicicleta robada, claro. Y ese compañero la transformaba completamente. Cogía manillar de otra, por ejemplo, en fin, que siempre tenía alguna en su casa. ¡Todavía me parece verias, colgadas en el techo! ¡Siempre había alguna bicicleta colgada! Cambiaba el color; si era el cuadro blanco, lo pintaba rojo. O le hacía rayas, en fin, que la transformaba, que ni su propio padre hubiese podido conocerla. Bueno, pues esas bicicletas las llevábamos a casa del polaco y el se las daba al que las necesitaba. Para mí, eso de las bicicletas era un drama, porque no sabía manejarlas bien. Me acuerdo que cerca de donde estábamos nosotros había un campamento de alemanes y siempre había centinelas. Yo estaba enrabiada, porque encima que no iba muy segura en la bici, los alemanes te decían cosas (yo era joven, como digo). Me echaban piropos, pero yo ¡estaba tan nerviosa! Entre que no iba muy segura y que pasaba cosas, cada vez que tenía que pasar por delante de aquella Comandancia me ponía tan nerviosa... Voy a contar el caso de un médico: Era un médico español, se llamaba Ruiz. Era de Madrid. Yo no sé lo que pasó. Lo habían deportado y lo llevaron allí. Creo que estaba en residencia vigilada. Era muy zalamero, como todos los madrileños, y se hizo muchas amistades allá, con el médico, con el farmacéutico y todo eso... Por allí había mucha resistencia, y era un sitio en donde siempre habla heridos. Se hacían muchos sabotajes, se hacían saltar muchas cosas, de eso me acuerdo bastante. Justamente una vez estábamos en casa esperando (yo no sabía lo que pasaba). Estaban todos esperando, todos alrededor de la mesa, porque a nuestra casa venían muchos compatriotas a pasar el rato y había tres o cuatro que decían: "Callar, callar"... Hasta que, al cabo del rato, oíamos la explosión. Ellos no habían intervenido, pero sabían que se tenía que producir. Si habían heridos, era este médico el que los cuidaba. Entonces yo le acompañaba. Un día fuimos a casa de este polaco, tenía una cita. Y estuvimos toda la tarde, esperando, esperando. El hombre estaba nervioso; aquel día había una batalla. Mientras estábamos allí vimos pasar "los patos", como los llamaban, que eran los autos Citroén. Patrullaban los alemanes. Desde la casa se veía la carretera. Los compañeros barruntaron que estaba pasando algo. Nosotros nos marchamos. Ya era de noche. Despúes, al cabo de cierto tiempo, nos enteramos de que había habido una emboscada y habían herido a un compañero, mal herido... Este médico tenía que curar al chico que había caído en una emboscada y estaba muy malherido, y supe que estaba malherido porque le dijeron que cogiese el maletín de curas. Al herido lo llevaba un compañero que se llamaba Zorita. Lo llevaba a través de las montañas, porque las Cevennes son muchas montañas. Y parece que, entretanto, una patrulla de alemanes los cogieron a los dos. Al chico herido lo mataron, y al otro se lo llevaron a la Comandantura. Allí lo torturaron. Dero el chico no dflo nada. Es decir, que si hubiese dicho algo, habrían cogido al médico, a los compañeros que estaban allí, me habrían cogido a mí también, nos habrían cogido a todos. Cuando después vino la Liberación, al compañero Zorita lo encontraron en un pozo de la mina, el cadáver, claro, porque de eso hacía dos años. Una cosa que me hizo mucha gracia fue que pedí el ingreso en el Partido, pero me dijeron que era demasiado joven. Es decir, que para eso me encontraban demasiado joven, y no lo era para hacer todas aquellas cosas que me hacían hacer. Habían lanzamientos en paracaídas. Los paracaídas eran muy bonitos. Eran de una especie de seda, el nylon de ahora. Y los había amarillos, rojos, blancos, verdes.... Los rojos sé que llevaban municiones; lo otros no me acuerdo. Normalmente, eso se tenía que destruir, pero los compañeros que iban al parachutaje a mi madre le traían un trozo de paracaídas... A mi madre le decían que hiciera con ellos lo que quisiera. Y nosotros, ¡Lo que es la inconsciencia!, nos hacíamos blusas. Creo que en casa todavía hay algun trozo. Cuando llegamos a Francia, yo tenía catorce años, mi hermana, doce y mi hermano seis. Veníamos con mi madre. Mi padre estaba en el campo de Argelés. Despues se lo llevaron a Estrasburgo, y luego a la Grand Combe. Vivíamos en un país de minas, y nosotros nos relacionábamos con los españoles; al lado de casa vivían unos que todavía viven. Cuando vino la debacle del 40... Era un pueblo del Departamento del Gard y los miembros de la Alcaldía eran socialistas y nos atendieron muy bien. Como era un país de minas, había muchas casas y a cada familia de refugiados les dieron una habitación; eran unas habitaciones grandísimas y con cocinas económicas de obra, de ésas que ya no se ven. A nosotros también. Entonces, mi madre nos instaló allí. La pobre mujer se puso a hacer faenas. Cuando empezó la guerra, la gente no tenía cosas, le daban mucho trabajo, de coser, arreglos, remiendos... y así fuimos organizándonos. A mi padre lo hicieron prisionero de guerra y ella tuvo derecho a los alojamientos militares. (Mi padre estaba en una compañía de trabajadores que fue llevada a Estrasburgo, a trabajar en las fortificaciones de la célebre "Línea Maginot": y estaban militarizados). Cuando se presentaron los alemanes, los españoles vinieron a ver a mi madre, y como tenía dos habitaciones muy grandes, le preguntaron si podría alojar a alguno cuando estuviese de paso. Mi madre, la pobre mujer, dijo que sí. Y eso se fue haciendo costumbre. Y venían muchos compañeros que se iban al "maquis", o que llevaban propaganda, y mi madre, ayudaba, es decir, ella fue "punto de apoyo". Recibía; si venía alguien, esperaban... Entonces venían a dormir; generalmente, venían a dormir, a cenar y a dormir. El trabajo de mi madre fue ése. Entonces estaba muy enferma, tenía las tres criaturas. Su trabajo en la Resistencia consistió en eso. Venían los compañeros y le decían: "Cristina, necesitamos un sitio para dormir". Y mi madre contestaba: "Es que hoy me viene mal". "Bueno, mujer, ¡Ya nos arreglaremos!". Y cuando los veía atravesar la puerta: "Bueno, ahora ya estais aquí, ¿qué le vamos a hacer?" Me acuerdo que pasábamos mucha gana, y también me acuerdo que, una vez sobre todo, vinieron dos (después los mataron a los pobres); eran dos chicos jóvenes que iban a un "maquis", es decir, que estaban de paso y venían a dormir, ¡tenían un frío! Mi madre les dijo: "Id a dormir... Pero ¿es que habéis comido? Dijeron: "No" "Pues, mira no tengo nada para daros, no tengo nada que daros de comer, francamente" "Bueno, no se apure, alguna cosa caliente, si tiene" . Y mi madre, la pobre... (de eso me acuerdo, lo hemos comentado más de una vez) había tres huevos y les hizo una tortilla. Estaban en la habitación, porque las habitaciones estaban hechas de una manera que había allí una mesa que teníamos toda roñosa y mi madre les presentó la tortilla. ¡Se pusieron, los pobres chicos, tan contentos! Eran tres huevos que teníamos para nosotros tres. Eso es un gesto que... Y después ¡que desgracia, pobres chicos!, yendo hacia la montaña los mataron. Ni pudieron combatir; los mataron, los cogieron los alemanes y los mataron. Yo todavía los veo sentados ante aquella mesa de madera, frente a la tortilla, que los habían matado y pensamos: "¡Pobres chicos, por lo menos se han llevado un buen recuerdo de nosotros!" Y es lo que mi madre hacía en la Resistencia. Yo creo que tiene valor, porque el hecho de que era una mujer con tres criaturas en un país extranjero, sin un hombre que la pudiera apoyar... (Mi madre, en España, pertenecía al PSU, pero en tanto que acción política, poca cosa, porque sabía que su marido estaba prisionero. Una de las personalidades que estuvieron en casa, nos enteramos después, fue Cristino García. Después, cuando lo mataron nos enteramos de que era Cristino García, y que había pasado por casa. Otra cosa que hizo mi madre: Un día se presentaron,,de esto también habla el libro "Los guerrilleros españoles en Francia". Era una chiquita muy jovencita, tendría unos dieciocho años, se presentó en casa y no me acuerdo si venía para reposar o tenían que venir a buscarla, pero ella vino a dormir a casa, ¡con un constipado!, pero, un constipado... Y mi madre la cuidó. Llevaba una maleta, y le dijo mi madre: "¿Qué tenemos que hacer con esta maleta?". Aquella cría abrió la maleta y... ¡estaba llena de armas!... "¡Ay, pobre hija! ¡Con el constipado que tienes y con esa maleta encima!... Otra vez vino un policía. (Yo estaba allí y lo vi) Vino un policía, pero en plan de que era amigo de los españoles, y nosotros "¡faves!" (expresión catalana que podría traducirse por "gilipollas")... nos dimos cuenta después. De todas formas, no dijimos nada, porque mi madre era una mujer muy prudente. Era muy buena mujer, no se metía nunca en nada, no era nada "chafardera" (chismosa, entrometida)... quiero, decir que era de esas mujeres de casa y de trabajo. Bueno, vino ese policía y empezó a decirle a mi madre que tenía una chaqueta que le venía muy grande y que si quería arreglársela. Y empezó a hablar, que "si era muy amigo de los españoles, que si esto, que si lo otro"... Al cabo de un rato, seguramente mi madre se dio cuenta y me envió afuera a buscar no sé qué. Seguramente tenía miedo de que yo dijese algo inconveniente, yo no sé. Y se estuvo allí mucho rato el tío, hablando, hasta que, al final, como no pudo sacarle na¿a, o, tal vez, también era un poco así, resistente.... ¿vaya usted a saber? Enfrente de nuestra casa vivía una mujer española que tenía a su marido en Mathausen, como mi padre. Y mi madre iba a consolarla, a animarla. Hacia la liberación, se celebró una reunión en mi casa. Tenía que ser una gran reunión, pero no vinieron. Se concentraron en casa dos o tres y esperaban a otro y no vino. Lo que pasa es que de todo esto ¡han pasado ya tantos años! Si mi madre viviera, ella misma se acordaría de más cosas. De lo mío, claro, de eso me acuerdo perfectamente.