Carmen Buatell
Originaria de Sants, Barcelona

Terminada la guerra, y durante mi evacuación, caí herida en Figueras durante un bombardeo. Nos llevaron voluntarias para ir a recoger los heridos, y transportando heridos al hospital quedé yo herida en las piernas. Como pudimos, llegamos a Francia. No me acuerdo de las peripecias del viaje. Sólo sé que llegué a Marsella. Allí estuve hospitalizada casi seis meses.

Del hospital nos llevaron a un "refugio" en Montelimar, departamento de la Drôme. Allí encontré a unas cinco camaradas que habíamos pertenecido al Sindicato. Allí tratamos de organizar la vida. Sobre todo para organizar clases para los niños; había unos veinte niños con un maestro muy anciano.

De los "refugiados" llevaban gente por fuetza a España. En la frontera de Hendaya algunas se tiraron del tren y algunas se mataron así.

Por todos los "refugiados" se hizo circular el grito de alarma y aconsejando que nadie se dejara llevar por la fuerza. Que buscaran como pudieran evitar ese peligro.

Me presionaron mucho, pero yo me mantuve firme.

Se declaró la II Guerra. Para mí, la cosa se ponla más fea aún. Como conocí bastante gente demócrata en Marsella que venían a visitar a los heridos, me decidí a irme de allí. Allí encontré camaradas comunistas.

En Marsella nuestro trabajo político se mantuvo en la más absoluta clandestinidad.

Unos camaradas españoles me pidieron formara parte de la Resistencia. Para ello necesitabamos apoyo de franceses. A través de la casa en í&,Dn& tTabajaba pude establecer un contacto y enlace con la Resistencia. Esto sucedía en agosto del 41, pero ya antes habíamos realizado algún trabajo de propaganda esporádicamente.

Nuestro grupo tenía el enlace con Africa del Norte. Fue el primer grupo de Resistencia que se organizó en Marsella entre franceses y españoles.

Yo ya había participado en la solidaridad con los socialistas y comunistas que el gobierno de Vichy había encerrado en campos de concentración en Francia. Esto lo hacía con la señora en cuya casa yo trabajaba. Era particularmente en el campo de Saint Sulpice donde yo ayudaba a estos camaradas que ni conocía siquiera.

Así, para mí no fue nada difícil la organización en la Resistencia. Tuve contacto con un chico joven que me presentó a otro. Jamás lo volví ver. Se llamaba Lucien, era argelino y hacía muchos años que trabajaba en Marsella; era "cheminot" (empleado de ferrocarril).

Llegó el primer "rendez-vous" (cita) en un bar del "Vieux Quartier" (viejo barrio de Marsella donde tenía que coger la correspondencia en la calle Bonneteríe que llegaba del Africa de] Norte). El camarada español ya me había dicho: "Una vez establecido el contacto, no vuelvas más a este sitio y espera órdenes. No tenemos una absoluta confianza".

Llego, como he dicho, encuentro un francés que tenía que darme los documentos. Ignoro el contenido del documento. Lo supe durante el acto de acusación. Su lectura duró casi dos horas y estaba destinado a Radio Pirenaica.

Pero el pobre infeliz del francés, se quedó defraudado al no encontrar un hombre en la cita. Esperaba un hombre, y no una mujer. Desconfiaba de las mujeres. ¡Mejor hubiera hecho de no fiarme de él, el desgraciado! Como se encontró con una mujer, no quiso entregarme los documentos. El se jactaba de haber estado en las Brigadas Internacionales y cosas que a mí me importaban un pepino. Lo que hacía falta era trabajar y no hablar de glorias pasadas.

Me enseñó los papeles, pero no quiso entregármelos. Se los volvió a guardar en el bolsillo. Me dió otra cita en una iglesia del Viejo Puerto de Marsella. "Bueno -le dije-, vuelve la semana que viene".- "Es que yo no tengo confianza en una mujer".- "Pues de la misma manera puedo yo desconfiar de tí, ¡hombre!".

Pero lo peor que hizo fue darme cita de nuevo en el bar del que se desconfiaba.

Allí me esperaba la policía, en efecto, y a ese pobre infeliz lo habían detenido ya. Nos cogieron al primer grupo como un manojo de flores. Lo peor fue que yo llevaba una carta para él. Fue en el mes de octubre y me llevan a la Prefectura. Querían que les indicara el lugar de la cita, pero les indiqué un lugar distinto, naturalmente. Me los llevé al paseo del "Prado", delante de la gendarmería. Allí no había nadie, me dejaron más de una hora, y al ver que no venía me llevaron a mi casa. Hicieron un registro fenomenal, pero no pudieron encontrar una cantidad de direcciones que, cuando volví de la dep ortación, aún estaban en el mismo lugar, escondidas. Estaban bajo el tintero. Todo eso ocurría en octubre del 41.

Mi trabajo consistía en reclutar españoles para la Resistencia, aparte la recepción del material que venía de Argelia. Ya tenía algunos contactos y "reclutas" en Beziers, etc. Todas las direcciones se las entregaba a los camaradas españoles de la Resistencia en Marsella.

Sólo en mi casa encontraron dos o tres cartas. La policía se pensaba que conmigo había atrapado la luna. Tan azorados y excitados estaban, que olvidaron esas cartas encima de la mesa. En el patio de mi casa había una vecina muy buena, española, Encarnación se llamaba, hoy está muerta ya. Cuando vio que me detenía la policía se fue calle abajo a esperar al camarada que tenía que recoger la correspondencia: "¡No vengas, Carmen ha sido detenida!".

Estuve muchas horas detenida en la Prefectura. Al final pedí permiso para ir al WC. Al salir del WC se acuerdan de mis cartas y creyeron que allí me había deshecho de ellas. ¿Cómo iba a disuadirles de lo contrario? ¡Qué alivio! Mis cartas a salvo. Fue Encarnación Hernández quien las quemó en su cocina. Al día siguiente me volvieron al paseo del "Prado", para ver si conseguían algo. Total, que me los paseé dos días por Marsella. Quiero repetir que Encarnación jugó un papel magrútico. Era de la "Antigua Emigración". A lo que tenía miedo era a que detuvieran a la amiga donde trabajaba, pues su madre era una anciana ciega. Allí, claro, no encontraron nada, y como yo les dejé creer que, efectivamente, había tirado las cartas al water, no les molestaron.

Cuando la policía de Vichy o de Pétain, es lo mismo, que son los que me detuvieron, vieron que nada sacarían por las buenas, empezaron a pegarme salvajemente. De allí me llevaron a Aveché, así se llamaba el hotel de la policía y Prefectura. Nuevo interrogatorio, nuevas palizas. Me arrancaron una mata de pelo con el cuero cabelludo y todo. Me llevaron un intérprete español. Debía de ser fascista, pues cuando le dije "Usted, que es español y sabe que soy republicana, debería estar orgulloso de que yo busque la manera de ayudar a los republicanos españoles", fue cuando las palizas fueron más largas y más furiosos se pusieron los policías.

Después de dos días de interrogatorios, casi sin descansar me llevaron a la cárcel. Viéndome en la cárcel, respiré. Sabía que habían acabado los interrogatorios. ¿Que me esperaba en la cárcel?.

Primera cárcel, "Les Presentines", antiguo convento. Allí sabía yo que se encontraba una camarada comunista francesa, Mireille Lose; una española, Fifí Bermúdez, esposa Roussel, un francés. Estaba Fifí Turrín, otra comunista francesa, fusilada por los alemanes en la cárcel de Montluc ocho días antes de la Liberación.

Me pusieron incomunicada en una celda, sola. La cárcel tenía ya mala fama. Los cristales de mi celda, rotos y con frio ya, pués había llegado noviembre.

Los camaradas que habían quedado libres me buscaba de cárcel en cárcel para ayudarme. La primera en encontrarme fue Janette, mi patrona, mi camarada, mi amiga. Estuve cuarenta días incomunicada, por eso nadie podía encontrarme.

No me dejaban dormir las carceleras. A cada hora exacta de la noche abrían la puerta y encendían la luz para ver si me había escapado, pero eso no era más que un pretexto. Tenía que levantarme. Sólo podía dormir un poco de día. Por la noche era el verdadero suplicio del sueño truncado, del sobresalto al mismo momento en que el sueño te vencía. En la celda contigua a la mía estaba la de las camaradas francesas, doce o catorce hacinadas, ¡pero en compañía!

Yo me moría de hastío sin poder hablar ni escribir, ni cambiarme de ropa, muerta de frio, pero sobre todo pensando en los que quedaban afuera. Eso es lo que me torturaba más. ¿Había más detenciones? No, conmigo se terminaron. No había hablado. Mi Resistencia tomaría otros rumbos incluso en la cárcel.

Al tercer día de cárcel, una tarde que hacía sol, se me antojó cantar "Mi jaca galopa y corta el viento..." y yo allí encerrada. ¡Pero lo que no podían aprisionar eran mis pensamientos, mi vida, mi juventud, mi familia, mis camaradas, toda nuestra lucha! ¡Los sueños de la Victoria! Seriamos victoriosos aunque cayéramos ante el piquete de ejecución o en la tortura. Al atardecer entre "chien et loup" (perro y lobo) como dicen los franceses, había dos horas de calma para las presas.

Ese fue el momento que aprovecharon las camaradas de la celda vecina para llamarme.. Oigo que me hablan en español. ¡Que alegría! Me dijeron; "Atención, mañana, a la hora del paseo obligatorio". Pasé la noche impaciente. Por el "mouchard", aspillera por donde éramos vigiladas por las guardianas, Fifí Bermudez me tiró un papel y un lápiz. Mi corazón se desbocaba, ¡Un papel y un lapiz! ¡Una fortuna, que una hermana arriesgando tanto, me regaló! En este papel me decían que al bajar al water buscase detrás de la cañería, donde encontraría un paquete. Allí encontré chocolate, azúcar y, de nuevo, papel para escribir. Por ese mismo conducto tenía que advertirles para ponerme en contacto con el exterior. Ya no estaba sola; tenía la mejor oficina de correos del mundo.

Estas camaradas me procuraron un abogado. Los camaradas del exterior también me buscaron otro abogado. Incomunicada, pero con dos abogados, ¿qué más quería?

Así pasaron cuarenta días, incomunicada, pero con dos abogados que esperaban comunicar conmigo. Una cantina de abastecimiento, correos, water. Las propias carceleras ya empezaban a conocerme. ¿Es que alguien resistió jamás a la sonrisa de Carmen Buatell, joven y hermosa catalana?

Cuando acabé la cuarentena aún se me conocían todos los cardenales y la herida del cuero cabelludo.

En los primeros meses de detenciones políticas estábamos juntas políticas y comunes. Estas últimas nos tenían mucha estima. Una de esas presas de derecho común por delito menor, al ser liberada, se fue a la Prefectura y armó un escándalo terrible protestando porque tenían en la cárcel a mujeres sin ningún otro delito que el de defender a su Patria. Resultado, nos separaron y nos pusieron en celdas. De un lado, para nosotras era más positivo en la vida interior. Pero, de otra parte, algunas de esas presas, patriotas a carta cabal, al salir a la calle hacían un buen trabajo. Alguna presa política pudo así salvar su vida por diferentes formas. Formas y contactos que estas presas comunes nos procuraron.

Yo durante el proceso y el juicio, prohibí a mi amiga Jeanette que buscara contacto conmigo, pues me estaban continuamente preguntando por ella. " ¡No vengas al juicio; sobre todo! " Pero me procuró paquetes y pagó todos los gastos de abogado.

En el juicio, Doménech, un joven comunista, fue condenado a quince años. Gavaldá, que había sido mi contacto, también a quince . Ese es el que, por desconfianza hacia una mujer, originó todas las detenciones, y a mi diez años. Dos españoles que ya no pudieron detener, puesto que conmigo se acabó la pesquisa, fueron condenados a muerte, por contumacia. Era a ellos a quienes iban destinados los papeles para información en Radio Pirenaica. Como ves, la lucha contra el fascismo no acabó con nuestra guerra Antifascista.

A causa de unos detenidos en Africa del Norte que dieron la dirección del bar, también detuvieron a mi marido Juan. Nunca se lo he dicho, y me moriré sin decírselo.

En la cárcel, en la celda, pasábamos el día cantando, contando chistes. "Bueno -les dije-, ¿es que por lo menos no me podríais dar clases de francés? "

Las condiciones eran pésimas para las condenadas. Sin agua, sin water, sin espacio. Cuando por las noches colocábamos nuestros colchones de saca y paja, dormiamos hacinadas, apretadas como sardinas y si se presentaba una necesidad nos pisábamos unas a otras. Quejidos, espanto...

Cuando Francia fue totalmente ocupada por los alemanes en el 42 nos entregaron a los alemanes y nos llevaron a la cárcel de Baumettes, de Marsella. En aquella cárcel las condiciones no eran tan duras. Estaba con dos mujeres de Nice y una espía del proceso de Riom; claro, los alemanes las liberaron. Allí conocí a María Teresa Lasheras y "Adela", Anita Gimeno, que había permanecido en "Presentines", donde la tuvieron 4 meses incomunicada.

Tengo que recordar que Baumettes estaba llena de resistentes, y todas las madrugadas oíamos las salvas de los fusilamientos. Fusilaron al cura de la cárcel. Formaba parte de la Resistencia.

En enero del 43 nos trasladaron a la Central de keirris. Con Lola Gené ya había estado en la misma celda, y de allí viene nuestra amistad indestructible.

Una muchacha que había salido nos hizo saber que un grupo de resistentes quería liberarnos, pero no nos liberaron por un mal entendimiento entre los grupos de "maquisards". Por Navidad se hizo fiesta, y Lola y yo nos disfrazamos de "pageseta" para cantar "pageseta moreneta..." una sardana. Hay que decir que teníamos una guardiana fascista llamada Cunegonda, vigilante jefe. Fue tan mala, que un día fue ejecutada por la Resistencia exterior. El régimen desde ese día cambió, nadie quiso ser malo con nosotras, ni el director.

Después de esto nos trasladaron a Reims, esposadas de dos en dos. Pan y cebolla para comer. No nos quitaban las esposas ni para ir al WC. Alto en "l_a Roquette". Y con 60 compañeras salimos hacia Reims.

Al llegar a Reims, al bajar del vagón entonamos la "Marsellesa" para demostrar nuestra calidad de resistentes.

Reims, cárcel para cumplir condenas, vestidos de presidiaria y zuecos. Allí encontramos un grupo de gaullistas. A las espías alemanas las liberaron.

Con nosotras estaba Jacqueline Rigault y su madre, profesora de francés en la URSS. Josefina de Ceret también estaba con nosotras. Nos preparaba para el Certificado de Estudio, pero no nos dieron tiempo.

Hubo grandes explosiones en la cárcel y nos confinaron en celdas. Observamos un gran despliegue de guardias franceses y alemanes. Una gran "Marsellesa" entonada por hombres. Después el silencio. No pudimos comer...

Un día hubo intento de rebeldía para impedir un arresto de unas camaradas. Nos opusimos todas las presas. Vino la jefa de las vigilantas. La pusimos "Antinea" de mote; venía de Marsella y quería hacer méritos entre los ocupantes nazis. Pero nosotras la volvimos medio cabra; no podía con las políticas. Yo misma, cuando me tallaban, me encogía de una pierna o de la otra, nunca salía la misma medida. Tenían que medir tres o cuatro veces. Mi pequeña venganza personal. Cuando cambiábamos de cárcel, todas mis camaradas ya esperaban mi comedia de la medida. Risotada general y chillidos de las guardianas, y alguna bofetada que recibí.