Al empezar la guerra en 1936, vivía con mi padre y mi hermano en Alcoletge, a 4 km. de Lérida; en aquel entonces yo no entendía nada de política; mi padre, de origen campesino, siempre había votado por las derechas. Muchos jóvenes del pueblo se fueron al frente a defender la República, algunos murieron los primeros meses, por falta de asistencia, según dijeron; un maestro joven del pueblo nos dijo que el sindicato de la F.E.T.E. de Lérida organizaba un grupo sanitario, que saldría para el frente; esto me pareció humano y pedi mi admisión. Me la dieron, pero faltaba lo esencial, el convencimiento de mi padre. El maestro me acompañó para darme ánimos, mi padre asombrado no decía nada y no me dió ninguna contestación, entonces me marché, es así que entre en el combate; en Lérida, en un local de la Escuela Normal, estaba reunida la F.E.T.E. En mi vida había asistido a una reunión sindical, ni política, me pareció demasiado tumultuosa, sobre todo tratándose de maestros y también bastante grosera por la cantidad de calificativos escabrosos empleados. Cuando las cosas se calmaron, el grupo preparado para salir para el Frente, los hombres y las cinco mujeres, hicimos el juramento de luchar unidos y cumplir con nuestro deber, por el honor de la República y de la F.E.T.E. Cuando llegamos a Pompinillos, en el "frente" de Huesca, bajamos y nos condujeron a un bosquecillo; se presentó Francisco Seotti, un chico de las Brigadas Internacionales, responsable de Sanidad del Sector, dijo que teníamos que dividirnos en tres grupos e incorporarnos a las Centurias que rodeaban Huesca. Nosotros no queríamos separarnos, pero al final aceptamos incorporarnos a las Centurias; yo estaba en un grupo formado por un médico, un practicante, una chica maestra, Carmen Español, de Lérida, su hermano y seis maestros más, que servía de camilleros. Un día vimos que unos aviones perseguían a los bombarderos; dimos un grito de alegría, mirábamos los combates como quien va al cine; volvimos a Barcelona, vía Huesca y Lérida y empecé a estudiar para enfermera. Retirada hacia Barcelona 1939 y llegada a Francia. Fui a parar a Rennes (Ille et Vilaine); yo estaba encinta de cuatro meses. Las organizaciones democráticas empezaron a preocuparse de nosotras, los sindicatos CGT de Rennes me llevaron un día a su clocal y me dieron de todo lo necesario para mi futuro bebé y para mí misma, pues salí de España con sólo lo puesto; un médico socialista de Rennes se presentó para cuidar a los enfermos, a mí me encontró albúmina y me mandó al hospital; éramos ocho españolas en la maternidad. Tuvimos la suerte de tener una monja de origen vasco a nuestro servicio; conocía bien el español y los problemas de la lucha del pueblo vasco en España; nos defendía cuando nos atacaban. En el mes de junio vino al mundo mi "nena". Sor Clotilde, así se llamaba la monja, se portó muy bien, preocupándose por todas. Lloró mucho cuando volví al "refugio". Todo había cambiado. Las españolas más conscientes habian organizado sus vidas. La situación internacional empeoraba de día en día. La declaración de guerra hizo que todos nuestros amigos fueran movilizados. Nos trasladaron a un campo a 3 km. del "refugio". Aquello hacía presentir las graves decisiones que serían tomadas contra nosotras. Mi hija tenía dos meses y medio. La orden de prepararnos par "ir con nuestros maridos" llegó seca. Los matrimonios que estaban en el "refugio" se los llevaron; a nosotras nos llevaron a la estación; el tren salió en plena noche, sin parar en ninguna estación; pronto nos dimos cuenta de que nos llavaban directamente a España. España, que la llevábamos en el corazón entrañable, que los asesinos de nuestro pueblo continuaban asesinando, no, no podía ser esto; en Burdeos paró el tren, e inmediatamente abrimos las puertas y bajamos chillando: "A España, no; a España, no". Los viajeros nos miraban extrañados, los gendarmes nos empujaban hacia los vagones, pero nada, ni Dios subía y seguíamos chillando; esto duró cosa de una hora y llegó la orden de que las que habíamos bajado del tren subiésemos a otro, que nos dirigían a Perpignan. Las que no bajaron fueron llevadas directamente a España, sí que fuimos a Perpignan, pero, por si las moscas, el tren fue aislado por soldados senegaleses. Subimos en unos "cares" y unos kilómetros más allá vimos un cementerio con muchas cruces blancas; ¡que congoja! Enseguida vimos el campo; como era al atardecer, nos acompañaron a las barracas, algunas sin terminar; tuvimos que dormir directamente encima de la arena. Sentada en el suelo pasé la noche con mi niña encima de las rodillas. Rápidamente empezaron a morir los niños españoles, mi hija vivió 15 días; la Cruz Roja suiza empezó a visitar las barracas y ayudar a los niños con comida y ropa, preocupándose de que fuesen alojados en barracas acabadas. Marzo 1940, salida del campo; un sindicato católico vino a buscar mujeres para trabajar en las faenas del campo; caímos en un pueblo a 50 km. de Lyon. Enseguida llegaron campesinos, que nos miraban los dientes y los brazos, como si fuésemos caballos, y luego, unas por aquí, otras por allá, salimos a trabajar. Los alemanes habían ocupado todo el litoral hasta la frontera española. En este caso la situación cambiaba; entonces busqué trabajo en octubre 1941 en Lyon. Trabajaba en una tienda de comestibles; mis patronos, emigrados económicos, tenían dos hermanos refugiados políticos en su casa, el más jóven se llamaba Pablo Balsells, había sido juez de paz en Gerona y miembro del Cuerop Diplomático en España; Lyon ha sido siempre un lugar donde los españoles han sido numerosos. La vieja emigración nos ayudó mucho. Noviembre 1941, los lunes teníamos un descanso, lo que aprovechaba para visitar a mi amigo Antonio Merino, del Sindicato de Ferrocarriles en Barcelona. Unos días después se formó un triángulo de Unión Nacional, Merino, Canals y yo; Lyon fue dividido en tres sectores: Villeurbanne, -Lyon Centro- Vénissieux y Monplaisir la Plaine, en algunos sitios no era fácil, en otros había más conciencia de la inminencia del peligro, pues los alemanes no se quedarían en zona ocupada y había que prepararse. Antes de terminar este punto quisiera decir algo de las mujeres. Jesusa Fernández fue una de las que más nos ayudó; su casa fue siempre un punto de apoyo desde el principio al fin de la guerra; Solita Rodriguez, Isabel Sáez. (no me han permitido que diera sus nombres las otras mujeres). Fue gracias a su sencillez, su amor por la libertad y su abnegación, que muchos les debemos la vida. Esperando mi salida para Grenoble, ayudaba a la Organización Militar; Balsells nos prestó una máquina de escribir con una matriz para multicopista; tirábamos el material en casa de Mme Champlion, cerca del cementerio de la Guillotiere. Esta señora de origen español, venían del África del Norte; este material teníamos que repartirlo enseguida, para lo cual utilizábamos a veces Correos, cuando no podíamos hacerlo de otra forma. Es lo que me perdió; Julio Navas, joven estudiante de Medicina, del Grupo Militar, al que teníamos que enviar un rollo, lo mandé; llegó a su destino, pero Navas no abrió el rollo, lo cogio y se fue en bicicleta a distribuir el material; un coche lo atropelló, le llevaron al hospital, de donde inmediatamente fuimos advertidos. El tiempo de sacar todo de mi casa, esconder la máquina, etc. y llegó la policía. Registraron el piso y, al no encontrar nada, me dijeron que les acompañase. Llegamos al Centro de la P.J. (Policía Jurídica) y empezaron a interrogarme; yo nada. Sacaron el rollo y cartas escritas por mí a Navas; me hice la tonta; les contesté no sé qué cosas. Me encerraron en una celda sin darme de comer ni de beber. Esto era el 20 de agosto de 1942; al día siguiente volvieron a la carga; me dijeron que Navas se había escapado, que yo estaba sola y que sería mejor que dijera la verdad; nada, al fin decidieron llevarme al palacio de Justicia, al "petit dépôt" y allí esperé seis semanas. Por fin un gendarme vino a buscarme para llevarme ante el juez de instrucción militar en Montluc. Me dijo si quería un abogado; así fue como entré en contacto con la justicia militar; después la cárcel St. Joseph, la promiscuidad con toda clase de gentes. El juicio era a puerta cerrada; los abogados, los detenidos, los jueces y los asesores y guardias; dos siluetas estaban sentadas en los bancos del público; "la Gestapo". A mí me condenaron a dos años de cárcel y 1.200 francos de multa por infracción a la ley de los extranjeros, segundo atentado contra la seguridad interna del país; tres semanas después nos trasladaron a la cárcel de las Baumettes (Marsella). En las Baumettes estaban las de Marsella, Tolosa, Montpellier, Nîmes. Carmen Urgelles estaba con las de Marsella y Maria Teresa Las Heras, también estaba en las Baumettes, pero no estaba condenada; había otra española, una tal Gimeno, no condenada, que sabíamos era del Frente Nacional. El 14 de julio de 1943 se celebró en las celdas con banderas y adornos; esto hizo que las guardianas se pusieran negras; enviaron a los calabozos a todas las que cogían; pero llegó el momento en que faltaban calabozos; entonces nos prohibieron el correo, las visitas y los paquetes. La Resistencia del exterior mandó una carta a la Dirección diciendo que estaban al corriente de lo que pasaba en la cárcel y daban un aviso de muerte, para veinte guardianas. El director de la cárcel discutía con nosotras; asistía anuestras conferencias; Carmen Urgelles y yo pudimos reunirnos en la misma celda; pasamos las Navidades de 1943 juntas; estas Navidades fueron celebradas con mucha alegría; los Aliados amenazaban en África del Norte, estaban en Córcega, en la Unión Soviética los zumbaban de lo lindo; gran emoción en la cárcel; nos llegaron noticias de cómo trataban a los camaradas en Alemania; en Auswich era verdaderamente demencial. La Resistencia nos avisó para que nos preparáramos de noche que nos vistiéramos sin hacer ruido. Pensaban venir a liberarnos, ya sabíamos que en varias cárceles lo habían hecho: en lugar de ésto, fueron los alemanes los que vinieron a sacarnos; en cada "car" había un aleman con ametralladora; todo el camino de las Baumettes a la estación, lleno de alemanes milicianos; una escala en la Roquette, en París, y otra vez de viaje vía Rennes, cárcel Central de mujeres de Francia. Como a nosotras se nos agregaron las de París y las del Norte, no digo nada de las que llegamos a ser; se armó la de San Quintín al bajar del tren, cantando la "Marsella" los "Partisan" y todo el repertorio. En los "cars" igual, atravesamos Rennes a grito pelado; en Rennes ocurrió lo de Marsella, directamente a los calabozos; como no había bastante, nos llevaron al taller nº 7, castigadas sin cartas, ni visitas, ni paquetes. Una mañana, una guardiana entró en el taller con tres nombres; una responsable le pidió que quería de ellas. "No le importa". "Pues no se las daremos". "Ya lo veremos", y sale. A mí me pusieron en la mesa de las jóvenes. Todo el mundo en pie de guerra, zuecos, platos, toda clase de utensilios estaban encima de las mesas. Cuando se abrió la puerta y entraron seis gendarmes, una lluvia de zuecos les cayó en la cabeza; uno sangraba; se retiraron, pero se llevaron a una de las nuestras, que se debatía y chillaba "¿Camaradas, me llevan!" con el alma en un hilo la vimos desaparecer; al cabo de cierto tiempo entraron a la fuerza los gendarmes, diez o doce, dentro de la sala, y otros se quedaron fuera. Otra vez la respuesta fue inmediata; se ve que los zuecos hacían mal, pues no insistieron más. Esta vez fuimos nosotras quienes cogimos a tres gendarmes, uno grande y fuerte, viéndonos negras para neutralizar a este tío.