Prólogo
La publicación de este libro se hace bajo el signo de una exigencia moral -si se quiere, sentimental- antes que política. Su aspecto político, que lo tiene, acaba siendo arrasado por el contenido humano, por el flujo de afirmación humana que recorre todas sus páginas bombeado por cincuenta y tantos corazones. Es un libro-organismo con sangre caliente en continua circulación. De estas cuantas decenas de testimonios, casi todos obtenidos en forma directa, de mujeres españolas "resistentes" en Francia y después deportadas a campos de exterminio nazis, ninguno es en nada superior a otro; su interés está determinado por la interrelación de todos ellos, en cualquier momento, en cualquier situación, por lo que, sin el menor esfuerzo, ha prevalecido el criterio de que el orden de su aparición siga el alfabético de sus apellidos, excepción hecha de Neus Català, excepción fácil de explicar. Podrían barajarse los apellidos como los sumandos de una suma, y el resultado siempre sería el mismo. Conservarían todo su valor, tanto el absoluto como el relativo, no importa el lugar que ocuparan. Si el relato de Neus Català abre la serie no es por otra razón que la de haber sido ella quien inició y ha culminado la empresa de indagar direcciones, hacer visitas y reunir todo este material. Cuando menos, no puede serle negada la trabajosa maternidad de este libro. Tras ser liberada y conseguir su reinserción social que, dado su temperamento, no debió suponerle gran esfuerzo, hizo acopio del suficiente coraje -siempre derrochando coraje estas mujeres- para echarse a recorrer kilómetros y kilómetros por los ferrocarriles y las carreteras de Francia y España, en un intento, no pocas veces fallido, de obtener la versión, directa de las peripecias padecidas por las deportadas, así como de la sabiduría de que hicieron gala en la búsqueda de las tretas que practicaron para enfrentarse a la adversidad, supervivir y ayudar a que otras, de cualquier raza, nacionalidad o credo, supervivieran. La Neus encontró colaboración; pero asimismo silencio, puertas cerradas, lo cual no deja de tener, también, su significado testimonial. Realizó algunas grabaciones magnetofónicas, siempre pensando en su publicación en forma de libro. Lo correcto habría sido que las voces de estas mujeres, cada una con el acento de su tierra -las hay aragonesas, vascas, valencianas, catalanas, castellanas, etc.-, aunque ya castigado por la edad y el embrollo que supuso su acomodación al francés dialectal del Midi; con su ronquera, sus pausas, repeticiones, marchas atrás, titubeos por fallos de memoria, hubiesen podido ser escuchadas en "crudo". Considerada esta posibilidad en su injusta dimensión de remota, ¡adelante con su difusión gráfica para que el silencio no cubra y deje inéditas esas palabras, para que no se cumpla la sentencia de Paul Éluard: "Si el eco de sus voces se debilita, pereceremos"! ¿Llegan tarde las voces de estas mujeres? La pregunta debería ser formulada en otro sentido: ¿Llegan a destiempo? O en otro, en términos de utilidad: ¿Son útiles a pesar de que han tardado tanto en ser publicadas? El coro es tan inmenso que ocupa un escenario tan grande como todo un continente, y la partitura tan extensa, tan sincopada, que pueden pasar siglos hasta que restallen y se extingan los últimos clamores. La circunstancia, difícilmente justificable aplicando las reglas de la lógica, pero sí aplicando las de lo ilógico -que es otra forma de lógica-, de que este libro aparezca cuarenta años después de que sucedieran los hechos que recoge, es, sin embargo, una forma de responder a la demanda de Éluard; aunque estas palabras no son todavía un eco: son el testimonio de personas que, en buena parte, aún hoy, pueden hacerse oír sin ninguna clase de técnicas intermediarias para reprendernos de viva voz por ciertos olvidos, por ciertas dejaciones. Las palabras reproducidas en este volumen poseen una validez tan permanente, rebosan tal autenticidad, que un día u otro, aunque ese día perteneciese al siglo veintiuno, tenían que salir de la ingrata ignorancia en que han permanecido durante décadas. ¿Qué ha ocurrido con los manuscritos llamados del mar Muerto, encontrados en las cuevas de Qumran mil novecientos años después de haber sido caligrafiados? Pues igual ocurriría con estos textos, aunque por diferente motivo. Porque el ser humano, cualquiera que sea su condición social, política o religiosa, necesita saber, y lo agradecerá cuando lo sepa, que es posible el autorescate, que es posible salir de lo hondo y lo negro del pozo de la agonía incluso en casos de extrema miseria. No es lo mismo un pozo que un túnel. Los túneles tienen entrada y salida, dos direcciones con luz al principio y al final; los pozos, no, una sola: hay, pues, que salir por donde se entró, y esto es lo complicado. Los mismos victimarios pueden beneficiarse de la fortaleza demostrada por estas mujeres; sentir la pesadumbre del fracaso de sus refinadas técnicas de destrucción, y, al mismo tiempo, el íntimo regocijo de saber que, también ellos, desde el fondo de su marchita humanidad, serían capaces de remontar una situación calculada milimétricamente para obligarles a renunciar a la vida y echarse en brazos de la desesperación. Después de la grabación de las cintas hubo que realizar una laboriosa trascripción mecanográfica. Una trascripción de expresiones en algunos pasajes confusas, ininteligibles, repetitivas. Las condiciones en que fueron hechas las grabaciones no eran las más adecuadas para conseguir óptimas calidades. A continuación surgió la necesidad de ahormar a las dimensiones de un volumen manejable lo que en un principio era una gran catarata verbal. Con la obsesiva preocupación de no deformar ni falsear el contenido de los testimonios, se han hecho pequeños retoques, los indispensables. Han sido abiertos claros en la espesura de párrafos que ocupaban varios folios. Hasta hubo que hacer traducciones del catalán y del francés. No ha habido ninguna clase de censura, pero sí recortes selectivos, en algunos casos extensos, sobre todo cuando los relatos se alargaban en detalles muy personales de la entrevistada anteriores al momento de ser enviada a los campos de exterminio. Leyendo a estas mujeres es necesario decir que Dante y lo dantesco no valen nada. Todo eso es pura ficción indocumentada, juego de palabras o de conceptos, filfa retórica, pues es evidente que ni él ni nadie ha visitado nunca el infierno. Alguien ha escrito que el infierno está aquí, sobre la Tierra. Y se ha demostrado. El infierno lo creamos algunos de nosotros, y estas mujeres lo certifican. Hay que imaginar el retorcimiento al que Dante habría sometido, para describirlo, el hecho de la muerte de un niño mediante la simple habilidad -la que se adquiere con la práctica cotidiana- de "cogerle por la cabeza y los pies y, de un tirón, descoyuntarlo"... como si fuese un muñeco de trapo. Así de sencillo. Neus Catalá no tiene necesidad de mayores ingredientes, pues no es intención suya provocar una emoción artificial. Por eso no dice "como si fuese un muñeco de trapo". No lo dice. Lo decimos quienes jamás presenciamos una de esas escenas, obligados por la inevitable necesidad de reforzar nuestros puntos de referencia convencionales y dar un sólido apoyo visual a nuestra credibilidad. Apenas utiliza adjetivos. No lo ha creído necesario. Además, aquellas muertes tenían que dejar paso a las siguientes, a otros acontecimientos, pues la maquinaria del campo seguía rodando, no podía detenerse por tan "poca cosa", ni tampoco las deportadas podían fijar su atención en algo que ya había pasado: estaban atentas a lo que podía pasar. Mucho se ha escrito sobre las torturas padecidas por las mujeres internadas en campos nazis de exterminio procedentes de casi todos los pueblos de Europa. Se ha escrito sobre... En este libro se introduce un sustancial cambio de preposición: está hablado o escrito por... ellas mismas. La sobria plasticidad del lenguaje, la economía de medios descriptivos son un claro exponente de esa realidad. Parece como si se hubiesen puesto de acuerdo -el acuerdo existía en su subconsciente- para que sea el lector quien añada a su antojo, con la más horrorizada de las imaginaciones, el colorido, los adjetivos, los pequeños detalles. M. Fernández Nieto