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La Aviación de Caza en la Guerra Española Andres García Lacalle |
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El bombardeo del aeropuerto de la Cenia (16/12/1938)
Testimonio de Rafael Ballester Linares
Son muchos los servicios y horas de vuelo que realizó Ballester: el relato completo de ellos requeriría un volumen aparte. Nos limitaremos a exponer el último servicio que realizó y las consecuencias del mismo. He aquí su verídica historia.
- El día 15 de diciembre de 1938, al atardecer, me preguntó mi jefe de escuadrilla, Francisco Gómez, si quería acompañarle a cenar en Bañolas, con Mendiola, quien le había invitado. - Prefiero no ir -le respondí-. Cuando Mendiola invita a cenar no es para nada bueno. Prefiero enterarme mañana por la mañana. Fuí al cine. Cuando regresé a la casa, Gómez ya estaba durmiendo. Al día siguiente, día 16, cuando Gómez se estaba vistiendo me desperté y le dije: -¿Porque no me has llamado? -Y él me respondió: - Hoy voy a ir con Medina de observador. Tú has volado ya mucho y quiero desquitarte algunas horas. - Bien -le respondí-. Seguiré durmiendo en la cama y dentro de un rato me levantaré para veros despegar. Cuando oí que salían las tripulaciones para los autocares, me vestí rápidamente y alcancé a Gómez antes de que saliese en su automóvil ligero. (Medina había salido ya con el autocar.) Durante el trayecto al aeródromo, me dice Gómez: - Hoy vamos a hacer un servicio difícil. Vamos a bombardear La Cenia, base de la Legión Cóndor. Si no te importa, y aunque ya le he dicho a Medina que volaría conmigo y que estará esperándome en el avión, iremos juntos. Otro día me desquitaré de las horas que me llevas de ventaja. Llegamos al aeródromo y nos acercamos a nuestro avión. Medina ya estaba preparado con todo su equipo puesto y le digo: - Quítate el paracaídas y dame los datos y cálculos, a mí ya no me quedaba tiempo para hacerlos. Me pongo mi equipo que ¡por fin! y después de absurdas demoras, que nos hacían llorar de dolor al subir a más de 6000 metros sin oxígeno ni calefacción y bajar violentamente a ras del suelo, tenía las botas y los guantes con calefacción eléctrica e instalado ya el servicio de oxígeno, Medina me estaba ayudando a vestirme y le digo: - Pon mis zapatos debajo del asiento (en vez de dejarlos, como teníamos por costumbre, al pie del avión). - ¿Por qué? -me pregunta. Y le contesto muy decidido. - Hoy no volvemos a este campo -Al mecánico le pido prestado dinero, me entrega 100 pesetas y me pregunta: - ¿Para qué diablos quieres el dinero allá arriba? - Hoy nos derriban -le respondí-, y voy a necesitar dinero para tomar algo, si me apetece. No volveremos a este campo. Seguro que nos quedaremos en algún otro aeródromo por ahí. Cogí mi documentación. Como el paracaídas ya se lo había puesto Medina y estaba.ajustado a su medida (es más bajo que yo), al ponérmelo, no me lo ajusté bien, por suerte o por desgracia, como más adelante se verá. Despegamos los cinco aviones que teníamos disponibles en la escuadrilla del campo de Figueras, donde estábámos. En Bañolas, dos de nuestros aviones se agregaron de puntos a Mendiola, jefe del grupo 24. La primera patrulla era la de Mendiola, la segunda la mandaba el capitán Gómez, con quien iba yo, y la tercera la completaban los aviones de Celrá. Entramos en La Cenia por Vinaroz a 7500 metros y fuimos descendiendo hasta los 3500 metros, altura determinada para bombardear. Cuando faltaban escasos segundos para lanzar las bombas, explotó un nutrido fuego antiaéreo delante de nuestro avión y exactamente a nuestra misma altura. Por el visor de bombardeo veo los disparos de los cañones y pienso: - Esos pepinos vienen directamente para nosotros. -Así fue. Una violenta explosión sacude nuestro avión e inmediatamente entra en acentuado picado, rectamente hacia tierra. Llamo a Gómez y al ametrallador y no me contesta nadie. Por la trayectoria de un trozo de metralla que entró en mi cabina deduzco que la explosión debió efectuarse en el lado izquierdo del avión, ligeramente más alta que ésta y casi encima de la cabina del piloto. Sin duda, la explosión dio de lleno al piloto y al ametrallador. Los dos motores del avión rugían al máximo de sus evoluciones, pero no ví humo por ninguna parte. Al quedar herido gravemente el piloto, debió quedar su cuerpo encima de la palanca de mando y originó la inmediata caída del avión en picado: digo herido porque estando ya a poca altura del suelo el avión se enderezó, voló un corto trecho horizontalmente y seguidamente se estrelló contra el suelo explotando los depósitos de gasolina. También es posible que el piloto se deslizase a un lado liberando de la presión,de su cuerpo a la palanca de mando, e inmediatamente el avión recuperó su posición de vuelo horizontal, pero, sin mando, se estrelló contra el suelo. Mientras descenda en acentuado picado no cesaba de llamar al piloto y al ametrallador. Tiré las bombas. Cerré el depósito de oxígeno. Desconecté los cables de la calefacción. Abrí la puerta inferior de salida y lancé al airé el visor de bombardeo. Intenté lanzarme en paracaídas pero no pude salir de cabeza: estaba firmemente pegado al respaldo. Saqué los pies y la succión tiró de mí saliendo despedido al exterior, pero antes me dí un fuerte golpe entre ambas cejas con la abertura de salida y perdí momentáneamente el conocimiento. Lo recuperé pocos segundos después: lo primero que vi fue mi paracaídas plegado por encima de mí. Recojo las ataduras y se coloca el paracaídas a mi altura. Tiro de la anilla y siento un golpe brutal en el brazo izquierdo . . . Maniobro con las cuerdas del paracaídas y evito caer encima de un árbol: dí contra el suelo sobre un montón de piedras con el consiguiente daño momentáneo. Desde que la explosión nos derribó hasta mi llegada al suelo tardo más en contarlo que en realizarlo. Fue todo tan rápido que aun hoy día no me explico cómo pude realizar tantas cosas puesto que también me dio tiempo, en los breves segundos que duró mi descenso en paracaídas, a sacar la pistola y cargarla poniendo una bala en la recámara mientras pensaba: -Si me reciben a tiros, a tiros contesto. Según decían, los observadores de los Katiuska tenían pocas posibilidades de saltar del avión teniendo el paracaídas puesto, ya que debido a la posición que llevábamos, cuando efectuábamos el bombardeo se tenían las ametralladoras con las manos o estábamos agarrados al visor, y con el paracaídas tapábamos prácticamente la puerta de escape. Además íbamos casi de rodillas y nosotros, parodiando la frase de Dolores Ibarruri, -"Más vale morir de pie que vivir de rodillas"-, decíamos: -Más vale vivir de pie que morir de rodillas. El caso es que ese mismo día y de otro Kati derribado por los Messers también se salvó el observador, lo mismo que yo, creo que del piloto Ricondo y supongo que recordaría la célebre frase. Para mejor conocimiento de los hechos vamos a intercalar en este relato la declaración de Jaime Mata, jefe de la 4ª escuadrilla, participante en este mismo servicio, pero antes indicaremos la ubicación de las escuadrillas: el jefe del grupo, teniente coronel Leocadio Mendiola y su E.M. estaban en el aeródromo de Bañolas, posiblemente con sólo uno o dos aviones: La 1ª escuadrilla al mando del capitán Francisco Gómez, con Ballester de observador, estaba en la base de Figueras; y Mata al mando de la 4ª en Celrá (Gerona). Sigue el relato de Mata: |